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jueves, 1 de mayo de 2025

Saludo del MAPU a las y los trabajadores en el 1° de mayo



 El Movimiento de Acción Popular Unitaria MAPU rinde homenaje a las y los trabajadores de todos los tiempos, tanto a los que cayeron demandando justicia y dignidad, como a quienes hoy sufren la explotación del capital en manos de unos pocos que acumulan el poder y las riquezas, producidas por manos proletarias.

Llamamos a seguir la senda de Recabarren, de Teresa Flores, de Clotario Blest, de Carlos Alcayaga, de Elizabeth Rekas, de Rodrigo Cisternas,  de María  Eugenia Gálvez, en cuyos nombres simbolizamos a much*s más de nuestra clase, de ayer y de siempre. 

A unirnos más,  a organizar a la clase explotada, hasta vencer y construir el Chile Popular. 

MAPU

Comisión Política

lunes, 16 de febrero de 2015

El “show” de las reformas laborales

http://www.elciudadano.cl/2015/02/15/147009/el-show-de-las-reformas-laborales/

Con un histrionismo a la altura de las compañías que se presentan por estos días en el Festival Santiago a Mil, los actores políticos y gremiales iniciaron el lanzamiento de la agenda laboral del segundo mandato de Michelle Bachelet. Una agenda centrada en reformas a los derechos colectivos del trabajo, pieza angular de la institucionalidad que enmarca las relaciones laborales, pero cuyo objetivo no es otro que limar asperezas formales del Código del Trabajo, para ponerlo más a tono con las normativas que imperan en los países de la OCDE. El ángulo teatral de la presentación deriva de la pretensión de hacer creer al público que estas reformas supondrán una superación radical de la herencia pinochetista en esta materia y restablecerán en plenitud los derechos a sindicalización, negociación colectiva y huelga en Chile.
Los mencionados derechos colectivos, que están regulados por los libros III y IV del Código del Trabajo([1]), se establecieron originalmente en Chile y en el mundo luego de décadas de luchas de la clase obrera, desde fines del siglo XIX y principios del siglo XX. Fueron no sólo una conquista de los trabajadores, sino que una concesión de las clases dominantes de entonces, para asegurarse canalizar dentro de la ley una conflictividad social que de otro modo podía tornarse abiertamente subversiva del orden político-económico prevaleciente.
Los términos en que se establecieron esos derechos respondieron al consenso alcanzado de que sólo a través de ellos se podría configurar legalmente un equilibrio en las relaciones laborales. Esto es, se entendió que sólo garantizando la unidad organizada de los trabajadores, su derecho a negociar colectivamente y el derecho a una huelga que conllevara la efectiva paralización de las faenas productivas y/o de servicios, se podría enmarcar una relación laboral en condiciones de igualdad de las partes. De otro modo, la voluntad de los empleadores no tendría un contrapeso real para establecer las “reglas del juego” en materia laboral.
Luego de seis años de interdicción de toda la legislación laboral -y de represión brutal del movimiento sindical-, la dictadura de Pinochet dio a luz el llamado Plan Laboral, del cual es hijo directo el actual Código del Trabajo. Las múltiples reformas parciales que se le han introducido desde entonces, no han cambiado en un ápice su naturaleza esencial. En materia de derechos colectivos, estos quedaron establecidos desde entonces en términos que desnaturalizan su sentido y aplicación, porque están supeditados al “predominio de la voluntad individual de las partes”. Como si los contrayentes del contrato de trabajo tuviesen la misma igualdad y libertad para contratar que tienen los que hacen un negocio cualquiera, un arriendo o una compra-venta. Es este predominio de la voluntad individual de las partes el que una vez más impera y se respeta cuidadosamente en la agenda laboral que se nos presenta en el proyecto de ley que moderniza las relaciones laborales. Veámoslo en detalle.
LA VERDAD DEL PROYECTO
En materia de sindicalización, el proyecto nada establece que permita, ni menos garantice, la unidad organizada de los trabajadores que dependen de un mismo empleador. Bajo la promesa de que se restablecería la “titularidad sindical”, la ministra del ramo, Javiera Blanco, asustó inicialmente a las cúpulas patronales que vieron en ese anuncio el fantasma del retorno de la sindicalización automática y -peor aún-, la imposición del sindicato único por empresa. Y clamaron desde sus tribunas que ello sería un atropello a la libertad sindical y daría paso a un temible y monopólico poder de los sindicatos, amenazando así la autoridad sin contrapeso que los empleadores ejercen al interior de sus empresas.
El proyecto, finalmente, no contempló siquiera eliminar por completo la figura de los grupos negociadores, ni establecer al sindicato más representativo como único negociador colectivo frente a un empleador, cuestiones que se propuso en los meses precedentes. Como mucho, el proyecto establece que habrá derecho a formar grupos negociadores allí donde no exista un sindicato (sic); que los trabajadores que se afilien a un sindicato recibirán automáticamente los beneficios del contrato colectivo acordado por ese sindicato; y que el empleador no podrá extender unilateralmente los beneficios de un contrato colectivo a los empleados no sindicalizados, salvo acuerdo con el sindicato (sic).
Se mantiene incólume la “libertad” de los trabajadores de afiliarse o no a un sindicato, a dividirse en cuantos sindicatos por establecimiento quieran formar, a formar incluso grupos para el solo efecto de negociar y luego disolverse… Es decir, hay libertad de dividirse a merced de los incentivos que las empresas aplican para mantener a raya la organización de los trabajadores e impedir su unidad total. Terminó siendo, el derecho a sindicalización, materia de las modificaciones más intrascendentes que se proponen.
A resultas de esta “libertad” que a Hermann von Mühlenbrock, presidente de la Sofofa, le resulta tan esencial, el panorama actual de la sindicalización en Chile([2]) da cuenta de la existencia de 6.739 sindicatos de empresa o establecimiento, que agrupan a 665.582 trabajadores sobre un total de 4.621.650 asalariados en el sector privado, es decir, solo un 14,4% de sindicalización con derecho a negociación colectiva, a los que hay que agregar 200.621 funcionarios públicos, agrupados en asociaciones que negocian de hecho. Se llega así a un total de 866.203 trabajadores con capacidad de negociar sobre un total de 5.481.144 asalariados; es decir, un 15,8% como tasa de afiliación.
En sindicatos independientes, interempresa y transitorios se suman otros 273.932 trabajadores. Se llega así a una cifra de población sindicalizada total (a fines de 2013) de 940.222 trabajadores y de 1.140.843 trabajadores organizados en sindicatos o asociaciones. Sólo como referencia histórica, téngase en cuenta que la población sindicalizada en Chile hacia 1973 llegaba al millón de trabajadores, sobre una fuerza de trabajo total de tres millones de personas. La fuerza de trabajo hoy supera las 8.200.000 personas.
En materia de negociación colectiva, el proyecto no alteró ningún parámetro que pueda hacer de ella un mecanismo efectivo para incidir en la distribución del ingreso y de los excedentes generados por el trabajo, que se concentran abusivamente en las grandes empresas que operan en Chile. En efecto, el proyecto no avanzó hacia un restablecimiento legal de la negociación supraempresa; ni por rama, ni por holding, ni por grupo empresarial, ni por tamaño o volumen de operaciones, ni por unidad económica o sector geográfico.
Siguió circunscribiendo la negociación colectiva al ámbito de la empresa individual, ahora que las empresas individuales en Chile presentan la mayor heterogeneidad de toda su historia y los grandes capitales han organizado sus negocios en decenas o centenares de empresas filiales -y sus respectivas contratistas y subcontratistas-, para eludir controles estatales y tributos, al mismo tiempo que les permite disolver contablemente sus utilidades y el poder negociador de los trabajadores organizados.
NEGOCIACION COLECTIVA

La negociación colectiva hoy dista de ser en Chile un mecanismo eficaz para alterar la muy desigual distribución de los ingresos. Entre los años 2012-2013, se suscribieron poco más de 5.700 convenios o contratos colectivos, que involucraron a un total de 632.000 trabajadores asalariados([3]); es decir sólo a un 13,7% de los trabajadores asalariados del sector privado en ese periodo[4]. Siendo un derecho que se ejerce fundamentalmente por los trabajadores en el ámbito de las grandes empresas (80,4% de los involucrados en 2013), la verdad es que rara vez se trata de negociaciones a nivel de empresa y las más de las veces se trata de negociaciones por establecimiento, por división o estamento de una determinada empresa. Así ocurre, por ejemplo, en Codelco, la mayor empresa del cobre del país.

Si esto ocurre en las grandes empresas que no sólo generan más del 80% del PIB sino que se llevan más del 90% de los excedentes, ni hablar del margen de negociación real que puede estar en juego en las negociaciones colectivas de empresas de menor tamaño. En definitiva, el mayor horizonte al que está circunscrita la negociación colectiva en Chile es a una incidencia relativa en el mejoramiento de las condiciones de trabajo y de las remuneraciones de los trabajadores sindicalizados, dentro de parámetros definidos a nivel del “mercado” por los competidores conocidos de cada rama de actividad.
Esta realidad esencial no será modificada por las iniciativas que el proyecto de ley contiene. Dentro de ellas, la extensión del derecho a negociar a los trabajadores por obra o faena (que actualmente muchas veces lo hacían de hecho). Los empleadores no podrán incluir en sus propuestas condiciones inferiores al contrato colectivo vigente, sin la reajustabilidad ni los bonos de término -un piso de negociación que actualmente ya está resguardado por el artículo 369 inciso 2 que se reitera de alguna manera-. Hay apoyo técnico a la negociación en empresas de menor tamaño, derecho a información sobre diferencias de sueldo entre hombres y mujeres e incorporación obligatoria de las mujeres a las comisiones negociadoras, ampliación del derecho a información específica y reservada para la negociación (financiera y contable, estructura, dotación y costos de personal); y, ampliación de las materias a negociar, incluyendo pactos especiales sobre jornada laboral, acuerdos de conciliación de trabajo y responsabilidades familiares y planes de reconversión productiva e incrementos de productividad -lo que recoge demandas más del empresariado que de los trabajadores-.
Con todo, sin duda, es en esta materia -negociación colectiva- donde se propone mayores cambios, dentro de los límites que ya se han señalado.

LA HUELGA, SAGRADO DERECHO
Finalmente, en materia de huelga, el proyecto sigue resguardando espacios para que la misma no cancele la posibilidad de la empresa de mantener la continuidad de sus operaciones. En concreto, si bien se prohíbe reemplazar a trabajadores en huelga, se consagra el deber de los sindicatos de proveer personal para cumplir los “servicios mínimos” que eviten daño actual e irreparable a los bienes materiales, instalaciones o infraestructura de la empresa. Para ello, sindicato y empresa deben ponerse de acuerdo en quiénes integrarán los equipos de emergencia que realizarán estos trabajos, lo que puede acordarse antes del proceso de negociación colectiva o al inicio de éste, para evitar que se establezcan en el momento de mayor conflictividad del proceso. Los desacuerdos en este ámbito serán resueltos por la Dirección de Trabajo y objetables ante los tribunales del Trabajo.
La autorización legal de reemplazantes, que no existe en ningún otro país del mundo, no es el único obstáculo que enfrentan los trabajadores que se ven en la disyuntiva de iniciar una huelga. El primer problema a resolver es el congregar la unidad total de los trabajadores dependientes del mismo empleador a la hora de enfrentar el conflicto. Y allí se topan con que existen trabajadores no sindicalizados o sindicalizados en otra organización que no siempre negocia al mismo tiempo o en coordinación y unidad para este momento decisivo. Amén de los trabajadores que las empresas contratan en vísperas de una negociación como parte de su plan de contingencia, y que no se consideran reemplazantes. El segundo problema es que la huelga tenga la efectiva capacidad de obligar a la paralización total de las faenas y de poner al empleador en la incapacidad de seguir operando en el mercado. Los grandes empresarios tienen más de una empresa o filial para cubrir sus operaciones en un mercado, o acuerdos entre ellos para cubrirse unos a otros en momentos de esta naturaleza. De modo que no es fácil ni seguro que una huelga afecte realmente la voluntad de un empleador, ni doblegue su intransigencia en estas instancias.
Como consecuencia, las huelgas que se han efectuado bajo el actual Código del Trabajo y desde sus inicios en dictadura, en su inmensa mayoría han terminado en trágicos fracasos al menos en sus resultados económicos. Y si bien el número de huelgas y de trabajadores involucrados en ellas viene en sostenido ascenso desde 2009 (llegando en 2013 a 832 conflictos legales, con 110.929 trabajadores involucrados)[5], ello es más reflejo de una creciente disposición de lucha por mejoras salariales sustantivas que otra cosa.
En conclusión, la agenda laboral de la presidenta Michelle Bachelet no abrirá paso, bajo las circunstancias actuales, a una recuperación del movimiento sindical como un actor de cambio ni siquiera en el ámbito limitado de la lucha económico-reivindicativa. Menos aún, en otros terrenos que el sindicalismo dejó de transitar desde el término de la lucha antidictatorial y que son fundamentales para que los trabajadores organizados asuman el rol histórico que su situación estructural en el capitalismo imperante en Chile les impone.
Es hora de que los sindicatos rompan con un quehacer limitado al ámbito de los muros de la empresa, e irrumpan en las calles de Chile para ponerse a la cabeza de los cambios sociales y políticos que las amplias mayorías del país reclaman. Que asuman como norte político el cambio radical del sistema de dominación político y económico consagrado por la actual Constitución y la superación del capitalismo neoliberal que ha barrido con tantos derechos desde su imposición a sangre y fuego, hasta el presente.
Ello requiere que una nueva ética emane desde sus liderazgos y les permita despertar e irradiar la mística colectiva imprescindible para constituirse en una fuerza social y política más allá de cualquier coyuntura, desde la base hasta el nivel nacional. Algo que, por cierto, nada tiene que ver con los liderazgos prevalecientes en la CUT y que sí ha empezado a asomar en algunas movilizaciones como las de los trabajadores portuarios de inicios de 2014 y en otras movilizaciones de trabajadores, en que los principios de solidaridad, unidad, democracia y autonomía, han vuelto a brillar, por encima del miedo, del endeudamiento, del individualismo y del consumismo que atrapa aún las conciencias de amplios sectores de asalariados y asalariadas, más concentrados en ganar plata a costa de su salud, de su dignidad y de su vida.
por Manuel Hidalgo (*) en Punto Final
(*) Economista-asesor sindical.
 (Publicado en “Punto Final”, edición Nº 821, 9 de enero, 2015)
Notas:



[2] Estadísticas sobre sindicalización año 2013 (último año disponible), véase http://www.dt.gob.cl/documentacion/1612/articles-99379_recurso_1.pdf. Las cifras sobre asalariados se basan en estadísticas del INE, www.ine.cl
[3] Estadísticas sobre negociación colectiva año 2013 (último año disponible), véase en http://www.dt.gob.cl/documentacion/1612/articles-99379_recurso_2.pdf
[4] Estadísticas sobre ocupados por categoría ocupacional, véase: http://www.ine.cl/canales/chile_estadistico/mercado_del_trabajo/nene/series_trimestrales_2011.php
Otras informaciones en El Ciudadano:
POLÍTICA

domingo, 18 de enero de 2015

Pensando el Poder Popular

ELEMENTOS PARA LA
 REFLEXIÓN Y 
EDUCACIÓN POLÍTICA 
Y POPULAR

Pensando el poder popular

Más que una memoria en blanco y negro, el poder popular constituye la experiencia de ser constructores de nuestro propio destino a través del ejercicio de la democracia directa y la autonomía. Centrado en el territorio inmediato, el poder popular constituye espacios de anticipación social y política e implica asumir el potencial liberador de la propia fuerza. Un ejercicio para ensanchar el sentido común y el horizonte de lo posible.
EL CIUDADANO
Poder popular
Para muchos hoy el concepto de poder popular se presenta como una consigna trasnochada en una época de gerenciamientos, verticalización del mando en las organizaciones y la cultura de los CEO, tan promovidas por los medios del modelo neoliberal.
Pero la experiencia en Chile, sobre todo durante la Unidad Popular, y en Argentina a partir de 2001, dan cuenta que es posible pensar en formas de organización horizontales y en las que las decisiones sean tomadas por los dueños de su trabajo. Esta es una de las perspectivas que abre el libroReflexiones sobre el poder popular de Tiempo robado editoras, que reúne once artículos de diferentes autores en torno al poder popular.
La publicación que fue editada en 2007 por la editora argentina El Colectivo, fue ampliada a 11 artículos sobre el poder popular en Chile y Argentina. Si en Chile la memoria del poder popular está anclada a la experiencia de la Unidad Popular, en el país trasandino su máxima expresión se dio a fines de los años 1990 con las resistencias al neoliberalismo, cuyas políticas fueron iniciadas por el presidente Carlos Menem, que tienen su metáfora en el “que se vayan todos” y la salida de miles de argentinos a las calles para ensayar variadas formas de reorganización popular.
También en el libro se comenta que en Chile, con mayor fuerza desde el 2011, también se han venido levantando diversas formas de articulación y movilización. Por ello Tiempo robado editoras aspira a que las organizaciones y colectivos movilizados en el presente encuentren en estos textos, herramientas para su propia reflexión, debate y proyección. “El poder popular constituye espacios de anticipación social y política e implica asumir el potencial liberador de la propia fuerza”- comentan Miguel Mazzeo y Fernando Stratta, investigadores de los procesos de poder popular en Argentina.

UNA MEMORIA DEL PODER POPULAR PARA TRANSFORMAR EL ORDEN SOCIAL
En el prólogo de la publicación el investigador chileno Cristóbal Bize Vivanco se refiere a la vigencia y necesidad de las memorias del poder popular. El psicólogo e historiador comenta que el ejercicio de la memoria “no se trata de un ejercicio de denuncia de los horrores del terrorismo de Estado, o de los intersticios perversos a través de los que llegó a implantarse el modelo; sino de una búsqueda encaminada a rebasar los márgenes así impuestos y a volver fecundas sus fisuras, en vistas de las alternativas para imaginar otro Chile posible”.
reflexiones poder popular
Para el autor está en juego “permitir a las nuevas generaciones de chilenos reaperturar nuestra propia historicidad”.
Bize, quien desarrolló su análisis a partir de la experiencia de los trabajadores de la madera en Neltume, plantea comenzar a comprender la construcción del poder popular desde la noción de territorialidad. O sea, considerar los centros de la Reforma Agraria (CERA), las poblaciones y las fábricas, espacios inmediatos de control popular. “Todo indica que, en primer término, fue la vivencia concreta de control territorial; la vivencia subjetiva que miles de trabajadores (…) desarrollaron en esos espacios del habitar, lo que inscribió la sustantiva diferencia respecto de cualquier otro período histórico”. Se trató de la experiencia de ser “constructores de nuestro propio destino” a través del ejercicio de la democracia directa y la autonomía (11).

El autor destaca que la estabilidad del modelo surgido tras la dictadura hizo la ecuación de establecer una verdad para la ‘democracia protegida’ de los años 1990, la que se cimentó en la desvinculación simbólica de las luchas emancipatorias desarrolladas antes del golpe de Pinochet, lo que definió los “límites aceptables de la memoria” en las violaciones a los derechos humanos, dejando de lado sus procesos de poder obrero y campesino anteriores.
Por eso para Bize es clave el significante ‘poder popular’, ya que “opera como soporte o vehículo de un vector que tiende a reconstituir los nexos entre el presente y las experiencias previas al episodio traumático que representa el golpe de estado” (13). El rescate de dicha memoria de autoorganización popular, inédita en su época, permitiría según Bize, “instalar en el presente perfilamientos contra hegemónicos capaces de infundir, creciente y masivamente, un sentimiento de historicidad; de generar las condiciones para una disputa al nivel del sentido común que tienda a dar cabida, nuevamente, a las posibilidades de transformación del Orden social” (14). O sea, se trata de aprender de las experiencias de poder popular para “ensanchar el sentido común”.

SOCIALISMO ≠ POPULISMO
En la Introducción, los investigadores argentinos Miguel Mazzeo y Fernando Stratta proporcionan un marco conceptual para diferenciar el populismo del poder popular. Para ellos populismo y socialismo son modos antagónicos de construcción de las demandas globales. Son antagónicos en el modo de inscribir las demandas, siendo el populismo compatible con el clientelismo y el paternalismo.

En un primer momento consideran indispensable articular lo político con lo social, develando la politicidad de los conflictos, incluyendo los cotidianos (19). Esto sería una marca que diferenciaría los procesos de poder popular del populismo, que definen como una aventura vertical de poder que no crea capital social. Así, la participación popular es clave.

En el socialismo “el poder popular tiene que asumir la necesidad de ampliar la conciencia gubernamental del pueblo” (23). Si bien implica establecer una relación con el Estado y resolver el problema del poder estatal, dicha experiencia requiere “el desarrollo de formas de mando. Pero un mando horizontal, democratizado, heterárquico” (24).

Mazzeo y Stratta comentan que para el socialismo ‘pueblo’ “es la fórmula que articula pluralidades subalternas; el hilván de luchas, construcciones y resistencias de los de abajo; el nombre de un sujeto revolucionario autoconstituido en la lucha de clases” (20). Así, para ellos el socialismo es algo horizontal y cuando se le invoca desde una tarima se lo pervierte.

El poder popular constituye espacios de anticipación social y política e implica asumir el potencial liberador de la propia fuerza (23). Así desde los cordones industriales que dieron sostén a la unidad popular en el territorio mismo durante el paro de octubre de 1972 en Chile hasta las fábricas recuperadas por sus trabajadores en Argentina, como Ex Zanon en Neuquén o la fábrica Brukman o el Hotel Bauen en Buenos Aires, dan cuenta de un proceso en que los actores políticos, los trabajadores, parten en un punto que los lleva a un proceso de transformación dados por su propia fuerza.

En Argentina, tras la crisis económica de 2001, más de 350 empresas fueron tomadas para ser gestionadas por sus trabajadores, ya sea bajo la forma de control obrero o cooperativas. Llamadas fábricas sin patrones, toman decisiones en asambleas, tienen iguales salarios y sobrevivieron gracias a la solidaridad de vecinos, organizaciones sociales y legislaciones de bien común.
Otros artículos incluidos en el libro son: Poder popular y socialismo desde abajo de Omar Acha; Poder popular, Estado y revolución de Guillermo M. Caviasca; El poder popular por Rubén Dri; Gramsci en la América Latina actual: hegemonía, contrahegemonía y poder popular, escrito por Daniel Campione; Más acá del Estado, en el Estado y contra el Estado. Apuntes para la definición del poder popular, de Esteban Rodríguez; Actualidad de la revolución y poder popular por Aldo Casas; La izquierda autónoma en el laberinto: apuntes sobre el poder popular en Argentina, hecho por Mariano Pacheco y Esteban Rodríguez; Hacia una política prefigurativa. Algunos recorridos e hipótesis en torno a la construcción del poder popular, de Hernán Ouviña; Elogio de la imprudencia. Sujeto, identidad y poder popular, de Federico Polleri; y ¿Universidad +iva o universidad masiva? Construcción de poder popular en la universidad, escrito por los estudiantes organizados en el FPDS.

Mauricio Becerra R.
@kalidoscop
El Ciudadano


Peter Winn, historiador: “Los cordones industriales fueron un salto cuántico para los trabajadores”

11 September, 2009 - EL CIUDADANO


El historiador norteamericano que hizo uno de los relatos más vívidos de la Unidad Popular conversó con El Ciudadano sobre la experiencia de los cordones industriales, cuya gestión obrera superó a la administración patronal del Chile de los ’60. Su puesta a prueba en el paro de octubre de 1972 le permitió al gobierno de la UP mantener la producción y distribución de mercaderías a lo largo del país junto con empoderar a los dueños de su trabajo. 

Sentarse cerca de un par de gringos que andaban haciendo turismo político a principios de los ’70, le imprimió un giro al trabajo de Peter Winn. El historiador venía de Lima e iba  rumbo a Montevideo a culminar una tesis sobre la influencia británica durante el siglo XIX, pero cuando lo invitaron a acompañar a los turistas a visitar una extraña experiencia: fábricas tomadas por sus trabajadores, se vio frente a una historia con protagonistas de carne y hueso.
La visita a la fábrica de algodón Yarur, tomada por sus trabajadores en abril de 1972, lo impresionó de tal forma que decidió hacer la historia de dicho proceso recurriendo a las voces de sus protagonistas. Sin darse cuenta comenzó uno de los relatos más vívidos de aquella época que dio cuenta de las tensiones de la Vía Chilena al Socialismo entre los protagonistas obreros, la revolución desde abajo, y el proyecto político de los dirigentes de la UP, la revolución desde arriba.
Hoy el libro ‘Tejedores de la revolución. Los trabajadores de Yarur y la vía chilena al socialismo’ (LOM Ediciones), es reconocido por historiadores como Alfredo Jocelyn Holt o Gabriel Salazar como uno de los mejores registros de la historia chilena.
Winn es profesor de Historia y director de Estudios Latinoamericanos en la Universidad de Tufts, Boston. Ha enseñado en las universidades de Yale, Princeton y de Chile. También es autor de ‘Inglaterra y la tierra púrpurea: a la búsqueda del imperio económico (1806-1880) y es editor de la revista International Labor and Working Class History (ILWCH).


¿Por qué su interés por la historia oral?



– Como la mayoría de las cosas en mi vida es por pura casualidad. Yo iba rumbo a Uruguay, donde investigaba sobre un tema, pero en un viaje entre Lima y Santiago, me encontré con unos norteamericanos que estaba haciendo turismo político en Chile y visitaban a grupos activistas. Me dijeron que iban a ir al otro día a una fábrica tomada por los trabajadores y si acaso podía acompañarlos. Así llegué a la fábrica Yarur en 1972.

¿Qué te llamó la atención de dicha experiencia?



– Cuando fui con los norteamericanos me dieron ganas de quedarme unas horas más luego de que ellos se fueron. Recuerdo que pasé casi un día entero en la fábrica. Me quedé conversando con trabajadores jóvenes, viejos, militantes, interventores y opuestos a dicho proceso hablando de dicha experiencia. Salí convencido de que esa historia era la que había que hacer.

En tu obra haces la distinción entre la revolución desde arriba y la revolución desde abajo. ¿Por qué escogiste esta última?
– Porque todo el mundo en Chile hablaba de la revolución proletaria, pero nadie estaba hablando con los trabajadores, sino que el análisis era por arriba, visitando a los políticos y los dirigentes de la Unidad Popular. Los trabajadores sabían muy bien su experiencia, podían contarlo con gran elocuencia, pero lo más probables es que no llegaran a escribirla. Entonces cómo se puede concebir estas narrativas, estas experiencias desde abajo, la única forma de hacerla posible era con la historia oral.
¿Cómo partió tu primer contacto con los trabajadores de la que ya era Ex-Yarur?



– Cuando propuse hacer la historia de la experiencia de la Ex Yarur, tuve que pasar por la aprobación de los dirigentes, los interventores del gobierno y por la asamblea de los trabajadores. Les presenté mi propósito y les expliqué qué es lo que quería hacer, para conseguir su aprobación y colaboración. Les gustó la idea, así que me permitieron hacer mi trabajo.

ALLENDE: UN VIEJO POLÍTICO
Cuando en tu libro te refieres a Salvador Allende, dices que era un político viejo para una nueva política…



– Allende fue un hombre que estuvo durante toda su vida ligado a las instituciones tradicionales del poder político. Desde que fue ministro de Pedro Aguirre Cerda tuvo una trayectoria perfecta como político chileno: fue diputado, senador, presidente del Senado y cuando tiene más de 60 años se hizo cargo del proceso de la Unidad Popular, que se desbordó en lo que yo llamo la ‘revolución desde abajo’. A eso llamé la nueva política al servicio de un viejo político. No por nada siempre Allende confió en las instituciones al ser por más de 30 años parte de dichas instituciones.

¿Qué puedes decir de su trascendencia histórica? 
– Cuando entrevisté a Allende le pregunté por lo que decían en la oposición de que era ambicioso. Allende me dijo que sí, que se trataba de una ambición histórica. Su horizonte era en una sociedad con una democracia consolidada llegar al socialismo sin perder el sentido democrático.

EL PARO DE OCTUBRE



También sostienes que el paro de octubre de 1972 fue la hora de la puesta a prueba de los cordones industriales.
-La unidad de los cordones industriales que habían proliferado desde 1971 fue determinante para detener la ofensiva de la derecha contra el gobierno de Allende. Que se hayan juntado trabajadores de distintos oficios y fábricas significó una organización que pudo mantener la producción del país y rearticular la boicoteada red de distribución. También fue un salto cuántico en la organización, conciencia y movilización de los trabajadores.

Pese a que los trabajadores arrastraban una pesada memoria de represión patronal…
– La memoria influyó mucho con toda la carga de historias y derrotas. No se nace de un día para otro.

¿Cuál fue el rol del Gobierno frente a este proceso?
– Desde el gobierno y las instituciones, incluso la CUT, hubo un gran intento de frenar dicho paro, pero no fue suficiente. Entonces en ese contexto se apeló a la producción desde abajo, a la gente de las fábricas y los cordones industriales. A mi juicio ese fue el momento culmine de los cordones. La gente trabajaba, descargaba alimentos, se preocupaba de mantener el abastecimiento del país. La revolución desde abajo y de arriba lograron empatar a la derecha en el paro de octubre. Esa fuerza que tiró hacia el mismo lado fue fuerte.

¿Cuáles fueron las condiciones de posibilidad que hacen posible dicho nivel de organización obrera?



– Si bien tiene que ver con que había un gobierno de izquierda en La Moneda, esa condición no fue la suficiente. Mi lectura es que se necesitaban las dos cosas en sintonía.

CORDONES INDUSTRIALES
¿Cuál fue a tu juicio el rol de la CUT frente a los cordones industriales?



– La CUT, como institución y políticamente, debiera haber servido como puente entre la revolución desde abajo y la revolución desde arriba, pero los dirigentes de dicha central sindical veían los cordones industriales con algo de antagonismo y alarma. Los cordones así suponían una amenaza a la hegemonía de la CUT, al representar un proyecto de participación no partidario, sino de clase. Si hasta los trabajadores militantes de la DC para el paro de octubre desobedecieron a sus dirigentes y se unieron al trabajo de sus pares, constituyendo así una alianza de clase antes que política. La CUT y los cordones fueron  aliados y rivales a la vez. Había tensión entre los cordones y la CUT, la que es un ejemplo emblemático de la tensión entre la revolución desde abajo y desde arriba. Hubo coordinación y esfuerzos juntos, pero no dejó de haber tensión en el proceso.

¿La emergencia de los cordones qué significó desde una perspectiva histórica?



– En la historia sindical chilena los cordones fueron un intento de trascender los límites impuestos por el Código Laboral que dice que las organizaciones están ligadas a un solo territorio o un rubro determinado. Un cordón juntó a fábricas de distintos rubros y las hizo relacionarse en una misma organización.
¿Y en términos de gestión?
– El control por parte de los trabajadores fue una perspectiva muy moderna en Ex Yarur, la que sucedió a un empresariado chileno manejado entre redes familiares y con lazos fuertes en lo político. El control obrero le dio racionalidad industrial a la fábrica de Ex-Yarur. El dinamismo de dicha experiencia abarcó desde arreglos de los sistemas de ventilación, mejores beneficios para sus trabajadores, regalías y en la calidad del trabajo, incentivos a sus hijos; como en las experiencias subjetivas de empoderamiento.
¿Hubo democracia participativa al interior de las fábricas?
– Sin duda. No era del gusto de todos, pero hubo mucha participación, pese a que fue un aprendizaje en el camino porque no había modelos. Como experimento, la Ex-Yarur fue bastante exitoso, no así todas las fábricas.
¿Qué diferencias vislumbra con la situación actual de las fábricas gestionadas por sus trabajadores que hoy operan en Argentina?
– En Argentina dichas fábricas son producto de la crisis económica y el abandono por parte de sus patrones. Acá en Chile fue una toma de las fábricas por parte de sus trabajadores. En el sentido de la producción se parecen, aunque en Chile hubo cogestión junto a los interventores del gobierno. En Argentina ese apoyo del gobierno no se da.

Mauricio Becerra R.
El Ciudadano