- La vertiente de la izquierda allendista, representada por su madre Mónica Quezada.
- El pensamiento crítico y analítico, con formación matemática, representada por su padre y madre.
- La corriente Punk.
- La corriente anarquista.
- La identidad ancestral y las tradiciones entregadas por su laku, abuelo paterno, Valentín Catrileo, mapuche pikunche.
- El rakiduam mapuche, adquirido en un proceso, acaso de varias vertientes en que confluyen las ideas y vivencias transmitidas por sus padres, el colegio Puelche, amigos mapuche y sus parientes políticos Mariman Catrileo, sus compañeros del curso de mapuzugun del profesor Juan Minchiqueo en 2002.
- El pensamiento crítico y ambientalista anticapitalista, entregado por su profesor Rubén Carrillo, ex-mapucista, director de la Escuela de Agronomía de la Universidad de La Frontera, 2005.
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lunes, 13 de agosto de 2018
Matías Catrileo y el MAPU
Fuente de la imagen: www.unidadmpt.wordpress.com
El pensamiento social y
político de Matías Catrileo, podemos pensar que se formó a partir de varias
vertientes, según se puede seguir en la biografía que escribió Fernando
Pairicán:
“El pensamiento ácrata fue
otra de las matrices de las cuales bebió Matías durante su adolescencia. Como dice
Víctor Muñoz, a partir de la década de los 90’ comenzó ‘un nuevo anarquismo’,
el que se nutrió de diversas fuentes, como las subculturas y el mundo punk, los
grupos armados como MIR, FPMR, MJL, movimientos indigenistas y ecologistas”[1].
“Rubén Carrillo era el
director de la Escuela de Agronomía de la Universidad de La Frontera en el año
2005, impartía el curso Recursos Naturales y Desarrollo Sustentable durante el
primer semestre, convirtiéndose en un curso troncal y casi el manifiesto social
dela carrera. Para sus cercanos, fue uno de los profesores que marcó a Matías
durante esos primeros meses en Temuco. Ex militante del Movimiento de Acción
Popular Unitaria (MAPU), Carrillo era un pedagogo crítico al modelo económico y
sobre todo al modelo extractivista implementado por las forestales bajo la
dictadura militar. Bajo los gobiernos de la Concertación, no tan solo se
prolongó este modelo, sino también se expandió hacia nuevos espacios
territoriales”[2].
“La subordinación de la
naturaleza al desarrollo económico fue uno de los principales temas que se
abordaban en sus clases, complementadas por terrenos en granjas experimentales
de la Universidad de La Frontera. Mario Catrileo, plantea que esto último fue
lo que inclinó a Matías por optar a la UFRO en vez de la Universidad Católica
de Chile, la puesta en práctica de la teoría universitaria desde el primer año.
El docente no quedaba suscrito solamente a la teoría universitaria, su historia
de militante, seguramente atrajo a Matías. Carrillo perteneció a la fracción más
rupturista al interior del MAPU, encabezada por Óscar Guillermo Garretón, que
luego del quiebre de 1971, agregó el subtítulo de Obrero y Campesino. Con la
misma convicción que defendió el ala rupturista de la revolución chilena al
socialismo, discrepa con el camino que tomaron algunos de los liderazgos de su
partido, en especial Garretón, José Miguel Insulza y Enrique Correa. El primero
renovado al punto de ser uno de los empresarios más exitoso luego de la
revolución capitalista decretada por la dictadura militar, el segundo, Ministro
del Interior del gobierno de Ricardo Lagos, y el tercero un lobbyista”[3].
“Para muchos no era
entendible ese giro, más allá de que esa opción sea reprochable, es que muchos
murieron con las banderas del MAPU siendo torturados para defender otro tipo de
discursos”, señaló Carrillo a Pairican. Sigue éste, “No obstante, rescata la
formación intelectual de los miembros del MAPU como una de las características
de este partido de cuadros”[4].
“Uno de los aspectos que
sorprendió a Carrillo de Catrileo eran sus capacidades intelectuales, su
perspectiva crítica, así como sus reflexiones sobre la sociedad, algo novedosas
en la carrera y en la generación de Matías, ‘una postura crítica pero que iba
más allá de lo que eran los partidos políticos’, dice su docente. Esto generaba
discrepancias en sus compañeros e inclusive en algunos profesores dela carrera
que encontraban a Matías ‘radical’”[5].
Pairican comete errores al
reseñar al MAPU. El quiebre del MAPU en dos fracciones tuvo lugar en marzo de
1973, y Garretón se mantuvo al mando del sector que conservó el nombre
original, siendo el otro sector, conducido por Jaime Gazmuri, el que habiendo perdido
el conflicto judicial por el nombre del Partido, llevado ante el servicio
Electoral, tuvo que modificar el nombre, al que agregaron “Obrero y Campesino”.
Este aditivo aun en el presente genera confusión entre la gente, que cree que
el PMOC, por ser “Obrero y Campesino”, sea más radicalizado y proletarizado que
el MAPU.
El autor de la biografía de
Matías analizó correctamente la influencia que tuvo un mapucista en la opción
revolucionaria del joven mapuche. Tiene el mérito de que no invisibiliza al MAPU,
sino que lo menciona con todas sus letras, a diferencia de lo que hace la
seudointelectualidad postdictatorial, que omite hablar del MAPU. Hay sólidos
indicios de que hay una censura tácita de los poderes fácticos en contra del
hecho de mencionar a este Partido: una acción planificada para intentar
borrarlo de la memoria de las clases y de los pueblos oprimidos por el
capitalismo.
Podemos imaginar que el
nombre del Partido, con su doble significado y su historial de lucha por la
tierra, por los indígenas y por el campesinado, y su figura icónica, Lautaro,
han sido para varias generaciones de jóvenes populares, un símbolo de
resistencia y de lucha contra la figura de un imperio opresor. Lamentablemente,
la reconstrucción del MAPU, emprendida en un primer ciclo, 1999-2001, y
reemprendida en forma sostenida desde noviembre de 2007, llegó demasiado tarde
para haberse constituido en alternativa de militancia para un joven como Matías
Catrileo, quien asumió su participación en la Coordinadora Arauco Malleko en el
mismo año 2007.
Han pasado más de diez años
desde la muerte de Matías y desde el inicio de la reconstrucción del MAPU.
Creemos que el tiempo seguirá corriendo en contra del proyecto de organización
del anticapitalismo en la perspectiva de dejar la defensiva y pasar a la
ofensiva, si no hay una fuerza anticapitalista con voluntad de hacerlo y además
con suficiente arraigo en las clases populares y movimientos sociales
contrarios al modelo capitalista y dependiente, que impera en el país. El MAPU
debe ser parte protagónica de ese proceso, debe considerarse un destacamento
proletario con raíces originarias y multiculturales, integrado al conjunto de
fuerzas que tienen un objetivo común, el mismo por el que cayeron antes de ayer
Lefxaru y Miñchemapulongko, ayer Lincoyan Huenul y en nuestros días Lemun y
Kaxilew.
Las madres de Ariel Antonioletti, de los hermanos Vergara Toledo y de Matías.
Son un ejemplo para much*s compañer*s
que a los 50 se van a sus cuarteles de invierno y "no quieren más guerra".
Fuente de la imagen: www.unidadmpt.wordpress.com
[1]
Pairican, p. 87. Cita a Víctor Muñoz Cortés, Sin Dios ni patrones. Historia,
diversidad y conflictos del anarquismo en la región chilena (1890-1990).
Ediciones Mar y Tierra, pp. 6 y 87.
[2]
Pairican, p. 116.
[3]
Ibíd., 116-117.
[4]
Ibíd., 117. En la cita de Carrillo, transcrita por Pairican, parece haber algún
error de sintaxis, pero se entiende la idea de la inconsecuencia entre los
traidores, agravada por la consecuencia de los que murieron por defender las
mismas ideas.
[5]
Id., ibíd.
domingo, 29 de julio de 2018
La Asamblea del Pueblo en Concepción
Carlos Ruiz
El 27 de julio de 1972 se realizó en la ciudad de
Concepción, la Asamblea Popular convocada por el MIR y los partidos de la
Unidad Popular, a excepción del PC.
Esta iniciativa buscaba sumar apoyo popular a las
transformaciones que trataba de hacer la Unidad Popular desde el gobierno.
Este no es el espacio para evaluar lo correcto o incorrecto
de la decisión de la izquierda radicalizada y comprometida con el ejercicio del
poder popular, pero está siempre vigente el debate sobre si dejar las
decisiones de cambio en manos delas autoridades públicas o asumir actos de
ejercicio de la soberanía popular en forma autónoma y ordenada.
Se debe valorar la iniciativa, como una acción que buscaba
apoyar ese proceso desde la base misma popular. Un gobierno popular necesitaba
apoyo popular. Rodrigo Ambrosio había planteado la tesis de que el poder debe
funcionar como una tijera: cortar con dos hojas que se sincronizan.
Dentro del MAPU, desde mayo de 1972 hubo debate acerca de
las movilizaciones que realizaban en Concepción, el MIR y una parte de la UP,
que el 12 de dicho mes trataron de hacer una marcha y enfrentar a otra
convocada por la derecha golpista y disfrazada de democrática (DC incluida). No
hubo marchas, pero hubo agitación en las calles y un joven del PC murió de un
disparo hecho por alguien del MIR (que a su vez sería asesinado por los
militares tras el golpe de 1973).
Rodrigo Ambrosio falleció inesperadamente el 19 de mayo y la
izquierda perdió a uno de sus más lúcidos dirigentes. La Comisión Política,
presidida ahora por Jaime Gazmuri, censuró al Regional Concepción por sus
declaraciones y acciones de mayo, y volvió a hacerlo a partir de la Asamblea
del Pueblo de julio. La Copol dirigía y “apaciguaba” al Partido, para
mantenerse en una posición gradualista, pero el debate acerca de la
construcción del poder popular ya había ganado espacio; en diciembre ganaría la
tesis del Poder Popular en el 2º Congreso del MAPU y el principal sostenedor y
teórico de esta tesis, era Eduardo Aquevedo, sociólogo, Secretario Regional del
MAPU de Concepción y miembro del Comité Central.
La dirección regional de Concepción firmó los documentos relativos
a esta línea, junto con las direcciones del PS, Izquierda Cristiana, Partido
Radical y el MIR. Entre otras declaraciones, firmó el “Documento de Concepción”.
Cuando se convocó la Asamblea para el 27 de julio, el MAPU “coge con entusiasmo dicho llamado y expresa su resolución de impulsarla y
apoyarla con todas sus fuerzas, en la medida que tal asamblea expresa de
una manera justa y adecuada la impostergable
voluntad de las masas de integrarse y movilizarse resueltamente a favor del Gobierno
Popular” (En diario El Sur, martes 25 de julio de 1972, p. 14).
La
Asamblea se desarrolló en el Teatro
Concepción. Fue un acto público y masivo, con participación de organizaciones
populares de base. Al final hubo una marcha, que se desarrolló sin desórdenes.
Dentro de los oradores estuvo Enrique Torres del MAPU, Ramón Riquelme presidente del
Instituto Chileno-Cubano de Cultura;
Ricardo Bozzo de la Izquierda Cristiana; Humberto Bravo del Partido
Radical; Manuel Vergara por el MIR y Manuel Rodríguez, regidor socialista y presidente de la FEC. La asamblea finalizó con
algunas mociones, una de ellas presentada por el dirigente nacional y miembro de la comisión política del MAPU
Eduardo Aquevedo, quien a nombre de los partidos Socialista, Radical, Izquierda
Cristiana y MAPU, señaló que “ninguna
acción parlamentaria o de cualquier índole será acatada, si pretende devolver
cualquiera de las conquistas logradas”. A
lo cual recalcó la necesidad de organizar a las masas, en las fábricas, en las poblaciones, con la respectiva “defensa
de las industrias y los fundos en manos de los trabajadores, para lo cual se
debía asumir las formas de lucha que sean
necesarias” (El Sur,
viernes 28 de julio de 1972, p. 7), por
medio del respaldo de los partidos políticos de izquierda, eliminando todo tipo
de sectarismo. En clara alusión -una vez más- a la postura comunista, que se
habían marginado de
dicha actividad. Terminada la asamblea los asistentes procedieron a desfilar
por las calles de Concepción.
Queremos hacer memoria sobre la iniciativa y rendir homenaje
a quienes la llevaron a efecto. Es cierto que el propio compañero Presidente no
estuvo de acuerdo con esta acción, que consideró que fue un acto divisionista y
que favorecía a la derecha: el gobierno pretendía mostrarse ejecutor de la
legalidad y no acelerar el proceso más allá de la medida de lo posible. Pero
también los organizadores buscaban que en las calles se expresase esa voluntad
de cambio y demostrar a la derecha que había un pueblo organizado dispuesto a
defender sus conquistas y al gobierno popular.
En las elecciones de marzo de 1973, se demostró que la
Unidad Popular no perdió apoyo, antes bien obtuvo mucho más del que tenía cuando
el 4 de septiembre las fuerzas populares dijeron querer a Allende como
Presidente y apoyar un programa que incluía establecer una nueva
institucionalidad, reemplazando al parlamento de dos cámaras por una sola, que
se llamaría precisamente Asamblea Popular.
El MAPU recibió suficiente apoyo en esas elecciones, las
últimas en democracia, y fue elegido su candidato al parlamento por Concepción,
Oscar Guillermo Garretón.
Los hechos posteriores pueden decirnos que no se podía
confiar ni en la posesión del gobierno ni en la voluntad de las masas
desfilando. Tampoco se podría confiar en traidores que se fueron “renovando”,
es decir pasándose a las filas de los que tienen el poder: el lado oscuro. Pero
siempre se podrá confiar en volver a comenzar, con la misma fe en Chile y su
futuro que expresó el 11 de septiembre el Presidente en la Moneda y centenares
de combatientes populares en las fábricas, los centros de estudio y las
poblaciones.
Fuentes:
Danny Gonzalo Monsálvez Araneda. “La Asamblea del Pueblo en
Concepción. La expresión del poder popular” (Magíster en Historia, Universidad
de Concepción. Profesor de Historia de Chile en el Departamento de Ciencias
Históricas y Sociales, Universidad de Concepción).
Vivencias personales.
Imagen: afiche de foro debate en Valparaíso, 2009. Foto histórica de marcha años 1971-1973
Funerales de Eladio Caamaño, muerto en Concepción el 12 de mayo de 1972
Cita de Rodrigo Ambrosio
Militantes del MAPU marchando por la Alameda (años 1971 - 1973)
Visita de Fidel a Concepción, 17 de noviembre de 1971
Se ven banderas del MAPU y otros partidos.
Visita de Fidel a Concepción, 17 de noviembre de 1971
miércoles, 25 de abril de 2018
MEMORIA: LA HISTORIA DE LA PRIMERA NOTICIA PERIODÍSTICA DEL CASO LONQUÉN
PUBLICADO POR CRÓNICA DIGITAL EL 4 DE ABRIL DE 2016
Trabajaba en el Departamento de Prensa de Radio
Chilena, cuando el día lunes 4 de diciembre de 1978, mientras preparaba mi
grabadora para dirigirme a reportear a los Tribunales de Justicia, Guillermo
Hormazábal, director de Prensa, me comunica que mi pauta noticiosa incluye
entrevistar al presidente de la Corte Suprema, Israel Bórquez Montero. El
propósito era preguntarle acerca de una solicitud de investigar presentada a
dicho tribunal, – según dijo – por una comisión de “Hombres Buenos“,
tras comprobar la existencia de una pila de cuerpos sin vida al interior de
unos hornos de una mina abandonada de Lonquén.
Radio Chilena, reconocida como “La voz
de los sin voz“; de propiedad de la congregación Salesiana y
Arzobispado de Santiago, siguiendo las directrices del cardenal Raúl Silva
Henríquez y su ardua tarea humanitaria en defensa de los perseguidos y
promoción de los derechos humanos, condenaba la represión de la dictadura
militar y no se sometía a la censura. Sus servicios informativos difundían lo
que la mayoría de los medios de comunicación callaban.
En la fotografía, cubriendo una conferencia de
prensa presidida por la doctora Paz Rojas, directora del Departamento de
Investigación y Tratamiento de la Tortura del Comité de Derechos del Pueblo,
Codepu.
Por las banderas de la verdad
Al llegar esa tarde a los Tribunales, me encontré
con los periodistas, Miguel Yunisic y Víctor Hugo Albornoz, de los diarios “El
Mercurio” y “La Tercera de la Hora”. Ambos estaban sentados en uno de los
escaños del pasillo principal del palacio como lo hacían siempre. Era su
cocinería periodística judicial que lograba convertir en grandes titulares de
portadas y de la crónica roja las sentencias condenatorias destinadas a los
autores de espeluznantes crímenes pasionales, y los casos de excarcelaciones de
narcotraficantes y estafadores de cuello y corbata.
Estos
temas no eran de interés para la radio, pero me reunía con ellos porque
dicha repartición no disponía de una sala de Prensa, ni encargado de
Relaciones Públicas y por ello enfrentábamos muchas dificultades para acceder a
una información. La más a mano era una pizarra que publicaba la tabla de vistas
que serían abordadas en cada una de las respectivas salas de la corte Suprema y
de Apelaciones. Si no entrábamos a escuchar los alegatos de los abogados había
que esperarlos largas y eternas horas o leer fallos y y recursos escritos en
unos enormes libracos y gruesos expedientes, cuyas hojas los oficiales cosían
unas a otras, pasando una aguja con un cordel de cáñamo.
Pese
a las diferencias de líneas editoriales y de propiedad de nuestros respectivos
medios de comunicación, según los temas, a veces reporteábamos juntos y nos
apoyábamos mutuamente. Según esta lógica, los invité a solicitar una
audiencia al presidente de la Corte Suprema, Israel Bórquez. No quisieron
acompañarme, señalando que a nivel de pasillo, los rumores circulando indicaban
se trataba de osamentas de antigua data. Nadie quería decir nada.
Tampoco
nada pude explicar. Y es que no portaba fotocopias de la denuncia, solo sabía
lo que me había dicho mi jefe: el escrito firmado por el obispo Enrique Alvear,
el vicario Episcopal de la Solidaridad, Cristián Precht y los abogados Máximo
Pacheco y Alejandro González, pedía iniciar a una investigación.
– ¡Sígame por aquí!, me dice el secretario
del presidente del tribunal supremo, guiándome hacia el despacho del
magistrado. Recuerdo que su apellido era Peña y que los periodistas más
antiguos le llamaban “Peñita”, reconociendo su buen trato y amabilidad para con
ellos durante la solemne ceremonia que daba el vamos al Año Judicial y en la
que hasta los días de hoy la más alta autoridad de la judicatura rinde cuentas
del quehacer de la justicia y da a conocer los lineamientos a seguir.
Al llegar al despacho, el magistrado me esperaba
sentado a la mesa de su escritorio. Sin saludarme, deteniendo su mirada en
mis viejos blue-jeans y blusa tipo túnica hindú, me indica con un leve gesto un
tanto despectivo dónde sentarme y luego anticipándose a mis preguntas, medio
paternalista y bonachón, me advierte que no tiene información acerca del
cometido de la audiencia.
De inmediato respondo que no se busca conocer su
opinión sino saber el curso que se le ha dado a la denuncia de la existencia de
cuerpos sin vida en unos hornos presentada por una comisión de “Hombres
Buenos”. También le digo que tenía antecedentes de que dicho escrito mencionaba
en calidad de testigos a los directores de las revistas “Qué Pasa” y “Hoy”.
Aún no terminaba la frase – visiblemente molesto –
se levanta de su sillón e irguiéndose sobre su sólida contextura de casi dos
metros de alto, tozudamente vuelve a señalar que no tenía nada que decir y me
aconseja ir a preguntarle al cardenal Silva Henríquez y a sus curitas rojos,
pretendiendo convencerme que ellos tenían mayores antecedentes, además de
mencionar que eran los dueños de la radioemisora donde trabajaba. Quizás
pensaba, no lo sabía.
El magistrado que había asumido la presidencia de
la Corte Suprema en mayo de 1978, no se ajustaba a formalismos ni protocolos.
Era más bien un hombre de carácter rudo, explosivo. No accedía a entrevistas y
de hecho, sabíamos que para evitar el asedio de la prensa, entraba y salía de
su oficina a través de un ascensor privado y pasadizos de tránsito exclusivo
que lo conducían hacia la zona de los estacionamientos. Un par de años después,
atentaron contra su vida en dos oportunidades, quedando levemente herido.
“Los desaparecidos me tienen curco”, le respondió
el magistrado Israel Bórquez a la periodista Carmen Johns, una frase
marcada a fuego en la memoria histórica que sella el abandono de deberes de la
administración de la Justicia. En la fotografía, entrevistando a los abogados
Jaime Castillo Velasco, presidente de la Comisión Chilena de Derechos Humanos,
y Fabiola Letelier, hermana del canciller Orlando Letelier, asesinado en
Washington por agentes de la dictadura.
Para que esta verdad no muera
Sentada a la mesa de su escritorio frente a él,
asumiendo, seguiría negándose a responder, me atrevo a encauzar la pregunta
hacia la aceptación o denegatoria de investigar. Estaba muy nerviosa, casi
tiritando. Era joven, no tenía mucha experiencia en las trincheras
periodísticas, llevaba apenas dos años de ejercicio profesional y la misma suma
de años radicada en la capital, procedente de la Escuela de Periodismo de la Universidad
Católica del Norte de Antofagasta.
Sin saber que más preguntar, de repente vino a mi
mente el recuerdo de las sesiones de los alegatos en las salas de las cortes,
específicamente aquellos momentos cuando los abogados se dirigían a los
ministros, tratándoles de Usía, Su excelencia, Sus señorías, Vuestras señorías.
Este lenguaje leguleyo – a estas alturas – me resultaba un tanto familiar y
entonces, a modo de última instancia, antes de bajar mis banderas y caer
rendida frente a los innumerables intentos realizados, le hablo como si fuera
un abogado o al menos como yo creía que era. Y digo algo más o menos así:
– “Su Señoría, a nivel eclesial, ni el
cardenal como máxima autoridad, ni sacerdotes, ni curas, ni párrocos, ni la
iglesia toda, y a nivel judicial, ni el presidente de la Corte de Apelaciones,
ni magistrados, ni ministros de corte, ni relatores, ni oficiales de salas.
Nadie. Todos. Ninguno de ellos, excepto usted, sólo usted, en su condición de
presidente de la Excelentísima Corte Suprema de Justicia de Chile, puede
responder a esta única pregunta: ¿El tribunal acogió o denegó la solicitud de
investigar el hallazgo masivo de restos humanos en una mina de Lonquén?”.
Un silencio sepulcral invadía la oficina. Tal vez,
él tenía temor o una orden del ejecutivo. Estábamos frente al hallazgo del
primer cementerio clandestino, que por un lado develaba indesmentiblemente la
mano asesina del régimen militar y por otro confirmaba lo que ya muchos
sospechaban: los detenidos desaparecidos estaban muertos. Las autoridades
militares y civiles hasta entonces los negaban, decían era una farsa, un
montaje introducido al país por operadores del marxismo internacional. En 1975,
el embajador Sergio Díez, delegado de Chile ante Naciones Unidas, había dicho
que algunas personas que se reclamaban como detenidos desaparecidos no tenían
identidad legal o sea no existían. Otras explicaciones mencionaban que
algunos de ellos habían pasado a la clandestinidad y a sus esposas respondían, despiadadamente,
que habían abandonado sanos y salvos el país con otros nombres y con otras
mujeres.
¿El tribunal acogió o denegó investigar la
denuncia del hallazgo?, insisto nuevamente.
Regresando lentamente a su escritorio, el
magistrado por fin admite responderá mis preguntas, pero establece la condición
de apagar mi grabadora y reservar la fuente de información bajo secreto
periodístico. Obviamente apruebo de inmediato su solicitud, y acto seguido,
procede a decir lo siguiente:
– “Los ministros de la Excelentísima Corte
Suprema, reunidos en pleno extraordinario, decidieron a la fecha del 1° de
diciembre del año en curso, remitir los antecedentes al Juzgado del Crimen de
Talagante, a la jueza subrogante, doña Juana Godoy, para que instruya el
sumario“.
A continuación, dando por cerrada la audiencia,
junto con mostrarme la puerta de salida, mientras ordeno mi bolso y mi
grabadora, me amenaza de que si no respeto lo acordado me meterá de un ala a la
cárcel.
Venciendo los cercos de la censura
Abrazando mi grabadora hacia mi pecho, salgo
rápidamente de allí a la escalera de mármol rosa que conduce a la nave central
del primer piso; la de los “Pasos Perdidos”, según le llaman, considerando
conduce a todas las galerías, salas y oficinas al interior del palacio. Bajando
aquellos majestuosos peldaños, me parecía que estaba siendo seguida por una
pareja de guardias de seguridad, pensaba que traían órdenes de llevarme a los
calabozos y que quedaría atrapada en las fauces de la injusticia; la misma que
rechazaba a ojos cerrados los cientos y miles de recursos de amparo y de
protección en tiempos en los cuales dar a conocer un secuestro o una detención
resultaba algo así como un pasaporte a la vida; la misma que se negaba a
inspeccionar los lugares secretos de prisión o tortura con sus secuelas de
muerte y hacía gestos de hastío mientras los abogados batallaban
incansablemente sus defensas.
Miguel Yunisic del diario “El Mercurio”, Víctor
Hugo Albornoz de “La Tercera de la Hora” y el viejo René Escudero de la agencia
de noticias United Press Internacional, UPI, me esperaban en el primer piso
para saber los resultados de la audiencia. Por donde se le mirara, la noticia
de esta masacre de magnitud era un gran golpe noticioso y si bien en aquellos
años no tenía noción de estrategias comunicacionales, llanamente supuse que si
la dábamos a conocer todos al mismo tiempo podríamos vencer a los cercos de la
censura que se dejaba caer continuamente frente a la prensa opositora. Entonces,
sin pensarlo dos veces, decidí contarles todo a los colegas, rompiendo en el
acto lo acordado de un santiamén.
En la fotografía, cubriendo noticias del segundo
hallazgo de detenidos desaparecidos. Cuesta Barriga, Curacaví (1979).
A esa fecha, Radio Chilena no había sido silenciada
como lo fue un par de años después. Recuerdo que a las oficinas llegaban
piquetes de Carabineros a requisar sin orden judicial cintas y casetes que
contenían informaciones que daban cuenta de muertes de prisioneros ocurridas al
interior de retenes y tenencias y que casi todos los días – al cierre del
noticiario “Primera Plana”,- a las dos de la tarde, llamaban por teléfono al
director de Prensa de la Dirección Nacional de Comunicaciones (DINACOS),
presionándolo para que bajara el “tinte rojo de las noticias” y acallara
“el circo de las viejas lloronas”, refiriéndose a los familiares de
detenidos desaparecidos.
El viejo Escudero, con casi medio siglo de oficio,
comentaba que estábamos en presencia de un notición gordo que le permitía
dimensionar los alcances de la Ley de Amnistía, promulgada un par de meses
antes. Al cabo de otras consideraciones, decidimos embargar el despacho hasta
el día siguiente. Así fue como la primera noticia que informaba el hallazgo
masivo de cuerpos sin vida en Lonquén salía publicada por primera vez el 5 de
diciembre de 1978 en cuatro medios de comunicación: Diario El Mercurio, Diario
La Tercera de la Hora, Agencia UPI y Radio Chilena.
Esa noche estaba aterrorizada, me parecía más
oscura, de niebla nazi. No pude cerrar los ojos. A mi familia nada dije.
Tampoco a mi pololo. Ahora que vuelvo la vista hacia atrás, pienso, debería
haber tomado ciertas precauciones de seguridad. Al día siguiente, a primera
hora fui al kiosko de diarios más cercano de mi casa, tranquilizándome un poco
al constatar que los colegas habían respetado el acuerdo de no revelar la
fuente de información.
Días después, la prensa oficialista abordaba el
caso como si se tratara de una historia netamente policial. Hablaban de
“presuntos”, decían que podría tratarse de caídos producto de enfrentamientos
armados y no la vinculaban con el drama de los familiares de los detenidos
desaparecidos ni con la Vicaría de la Solidaridad. Este tratamiento fue
moderado a partir de las declaraciones del ministro en Visita, Adolfo Bañados,
que afirmaba no se trataba de un caso policial común y corriente, que había
citado a declarar a los familiares de los quince desaparecidos de Isla de Maipo
y que siete carabineros, a cargo del capitán jefe de la Tenencia de Isla
de Maipo, habían reconocido que los prisioneros perdieron la vida durante una
balacera perpetrada por desconocidos que les dispararon durante una caminata en
búsqueda de sus armamentos y que temerosos de venganzas y represalias los
habían ocultado en los abandonados hornos.
Ni perdón, ni olvido
“Aprovechen de rezar porque los vamos a matar”,
les decían al momento de apresarlos, golpeándoles, amarrándoles para luego
dejarlos tendidos en el suelo de una camioneta de propiedad del dueño del fundo
donde trabajaban como obreros agrícolas. El administrador los había denunciado
de organizar reuniones clandestinas y que durante el gobierno del presidente
Salvador Allende, algunos de ellos habían liderado tomas de predios y tareas de
agitación política.
Muchos años después se supo que los mataron a
golpes y que no todos fueron enterrados muertos.
También se supo que este hallazgo desplegó al
interior del ejército una alerta que dio lugar a la puesta en marcha
del operativo denominado “Retiro de Televisores”, que ordenaba desenterrar
todos los cuerpos de prisioneros asesinados que permanecían ocultos para luego
lanzarlos de helicópteros al mar abierto y lograr desaparecerlos para siempre.
En septiembre de 1979, luego que los primeros
peritajes establecieron que los restos correspondían a los quince detenidos
desaparecidos de Isla de Maipo, un juez acogió un recurso y ordenó su entrega a
sus familiares para su sepultura. Familiares, vecinos, amigos, integrantes de
las agrupaciones y movimiento por los derechos humanos organizaron un funeral
masivo que saldría de la iglesia Recoleta Dominica. Yo estaba allí reporteando
cuando entre rezos, alabanzas y cantos por la vida, observé a un grupo de
sacerdotes y diáconos que hablándose al oído iban de un lado como si se
estuviesen traspasándose un secreto.
Mis sospechas de que algo grave sucedía se
dilucidaron al ver que uno de ellos se subió al púlpito para dar a conocer la
decisión de suspender los funerales debido a nuevas diligencias judiciales. Los
familiares estallaron en lágrimas, algunos con los brazos abiertos pedían
clemencia hacia el cielo, otros gritaban ¿Hasta Cuándo?, ¿Hasta Cuándo?…
otros se desmayaban.
Una iglesia, llena de bote a bote, la gente
confundida empezó a correr hacia el sector de la puerta principal y al salir
los Carabineros procedían a detenerlas. Por ello, las cerraron y del pódium llamaban
a la calma, aconsejando abandonar el recinto de manera ordenada por una pequeña
puerta lateral y regresar cuanto antes a los hogares.
Aquella tarde, me vine con mi grabadora al centro
en una micro, y de un boliche de café, en medio del asombro y estupor de los
presentes, despaché la información a la radio, vía teléfono con voz quebraba y lágrimas
en los ojos. Después se supo que el funeral se había suspendido porque la
policía civil robó a escondidas los cuerpos del Instituto Médico Legal. De
allí, los sacaron envueltos en bolsas plásticas y los arrojaron a una fosa
común del cementerio de Isla de Maipo como si nadie los hubiese reclamado.
Entre tanta crueldad suelta, muchas veces observé a
las esposas y madres de las víctimas de Lonquén llorar con la fotos de sus
seres queridos prendidas a sus ropas, incluso las vi azotar sus rostros contra
las frías murallas de los Tribunales de Justicia. Los periodistas y fotógrafos
cubríamos las conferencias de prensa de las agrupaciones de familiares en medio
de llantos y lagrimas. Lloraban ellas y nosotros, también. Hubo días que no
podía contenerme, a veces escribía las noticias llena de rabia. Estaba
destrozada. En julio de 1980 murió víctima de la tortura, Eduardo Jara,
estudiante de Periodismo que hacía su práctica profesional, ocupando todas las
tardes mi máquina de escribir. Por esos días, también mantuvieron un día entero
secuestrado al director de Prensa de la radio.
La memoria de un pasado presente
Las diligencias judiciales continuaron sobre la
marcha. Los uniformados fueron acusados, amnistiados y posteriormente vueltos a
procesar. 25 años después los restos fueron desenterrados de la fosa común y al
comprobar fehacientemente eran ellos los volvieron nuevamente a la tierra,
desde donde habían brotado, esta vez, con un funeral masivo, homenajes, actos
de honor y una liturgia nuevamente celebrada en la Iglesia Recoleta, desde
donde partió una interminable caravana fúnebre hasta Isla de Maipo.
Los hornos fueron convertidos en un lugar de
peregrinaje, conmemoraciones y romerías por la vida, y aunque años más tarde
los dinamitaran, hoy por hoy, en lo que eran los calabozos de la tenencia
policial, último lugar que fueran vistos con vida, ahora se levanta un memorial
al igual que el sector de la fosa del cementerio parroquial y el mausoleo de
Isla de Maipo.
Con ocasión de los funerales de las quince
víctimas: don Sergio Maureira (militante del partido MAPU y cuatro hijos,
también simpatizantes de dicha colectividad política; don Enrique Astudillo y
dos hijos; don Oscar Hernández y dos hermanos, y cuatro jóvenes, Viviana
Díaz, presidente de la Agrupación de Familiares de Detenidos Desaparecidos, comentó
que habían vencido todas las soledades y que el viento se encargaría de
marcar siempre sus nombres en los valles y montañas.
Esta memoria que se propone quedar intacta busca
entrar en la historia de aquellos que quedaron en el camino para que Nunca
Más. Lonquén significa en mapudungun En lo Bajo. Víctor Jara,
asesinado también por la dictadura militar, nació y creció en Lonquén, en Lo
Bajo. En Lo Bajo, los abajistas de abajo allí están. Vicente Huidobro, no
se equivocaba al sostener que la justicia chilena es condescendiente, blanda y
sonriente para con los de arriba, y dura, cruel e inflexible para con los de
abajo.
Sea este mi homenaje a la memoria de: Sergio
Maureira Lillo (46 años), sus hijos, Rodolfo Antonio (22 años), Sergio Miguel
(27 años), Segundo Armando (24 años) y José Manuel (26 años); Enrique
Astudillo Álvarez (51 años), y sus hijos Omar (19 años) y Ramón (27
años); Oscar Hernández Flores, y sus hermanos Carlos (39 años ) y Nelson
(32 años); Miguel Brant (22 años), Iván Ordóñez (17 años), José Herrera (17
años), y Manuel Navarro (20 años).
Myriam Carmen Pinto. Zurdos no Diestros. Historias
humanas de humanos demasiados humanos.
Marzo de 2016. Fotografías.
Archivo Fortín Mapocho; Revista Hoy; Archivo digital DIBAM; web Comité Memoria
Mapu y fotografía que muestra a Carmen Johns y Myriam Carmen Pinto,
participando en acto de homenaje a periodistas “por su compromiso con
el ejercicio de la libertad de prensa, la democracia y los derechos humanos en
tiempos de dictadura”. Universidad Central, 2013.
Por Myriam Carmen Pinto
Santiago de Chile, 4 de abril 2016
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domingo, 22 de octubre de 2017
Realizado acto de homenaje a Jenny Barra Rosales
Familiares,
amig«s y compañer«s de Jenny Barra (estudiante de enfermería en la U.C.
de Chile y militante del MIR) recordaron su detención y desaparición, sucedida el
17 de octubre de 1977, hace 40 años en la Plaza Guarello de San Bernardo.
El
acto se realizó con la presencia de la madre de Jenny, sra. Laurisa Rosales,
participante de la Agrupación de Familiares de Detenidos Desaparecidos e
incansable luchadora poro la verdad y la justicia; asimismo estuvieron el
hermano y la hermana de Jenny.
Trajeron
su arte algunos poetas y músic«s, mientras compañer«s de un colectivo pintaban un mural en la base del memorial, levantado
en el centro de la plaza.
Como
parte central de la actividad, Susana Barra leyó su testimonio acerca del
significado de su hermana mayor en su vida, compartiendo sus recuerdos y
emociones vividas junto a ella. Susana rindió un homenaje especial a su madre,
Laurisa Rosales, quien largamente luchó por saber la verdad y lograr el
encuentro de los restos de Jenny.
Finalmente
se presentó un video testimonial.
Las
intervenciones destacaron el perfil de Jenny: una estudiante sencilla, alegre,
que vivió muy joven los años de dictadura con un compromiso fuerte e
inclaudicable por la justicia social. El ensañamiento contra su persona e
incluso contra su cuerpo sin vida, demuestra la crueldad propia de mentes
enfermas, los agentes armados de la dictadura.
Jenny
fue la primera mujer detenida desaparecida cuyos restos fueron encontrados e
identificados. Su sepultación tuvo lugar el sábado 10 de noviembre de 2012, en
el Memorial del Detenido Desaparecido y del Ejecutado Político ubicado en el
Cementerio General.
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dictadura: Jenny Barra ha vuelto. Detenida desaparecida en octubre de 1977.
Prensa OPAL
Memorias sin
olvido - Jenny Barra ha vuelto
DOCUMENTAL HORNOS
DE LONQUÉN VERSIÓN COMPLETA
GALERÍA DE FOTOS:
Exposición de fotos de mujeres familiares de ejecutados y detenidos desaparecidos.
Entre otras, Elena Muñoz de Maureira y Laurisa Rosales
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