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domingo, 11 de enero de 2015
¿Podemos fiarnos de la progresía intelectualista?
Respuesta al cuestionario de once
preguntas del colectivo venezolano Pasajeros del Sur, a raíz del X
Congreso de Intelectuales y Artistas en Defensa de la Humanidad, celebrado en
Caracas.
-Pregunta No 1- ¿Cuál es el papel del intelectual en este momento histórico
que vive la humanidad? ¿Cuál es el intelectual necesario, es decir, qué es un
intelectual y para qué sirve en el siglo XXI?
-Lo primero que debemos dilucidar es el concepto de «intelectual», no
vaya a ser que en realidad pensemos cosas opuestas aunque creamos que hablamos
de lo mismo. Siempre es bueno empezar por la ideología dominante, la burguesa,
porque nos permite saber qué camino no debemos seguir. La Enciclopedia editada
por Salvat-El País en 2000, tenida como una de las menos reaccionarias en
lengua española, define al intelectual así: «Perteneciente o relativo al
conocimiento. Espiritual o incorpóreo. Dedicado preferentemente al cultivo de
las ciencias y letras». La idea está clara: el intelectual es una persona
dedicada, si no a la contemplación pasiva o a la elucubración abstracta, sí al
cultivo de un pensamiento bastante separado de las mundanas prácticas sociales,
del sucio barro de la realidad.
La definición aquí presentada choca de pleno con la dialéctica de la
praxis que presenta Marx en sus Tesis sobre Feuerbach, punto de
arranque de cualquier reflexión seria sobre el eterno problema del «papel de
los intelectuales», que a lo sumo se han dedicado, y se dedican, a interpretar
el mundo cuando lo que hay que hacer es transformarlo. Choca frontalmente, por
tanto, con su concepción --y con la de Engels-- sobre el contenido
ético-político, «subjetivo», de la filosofía marxista, en la que el llamado
«criterio de la práctica» no sólo determina el proceso de pensamiento y de
avance en la verdad como fuerza revolucionaria, sino además, y precisamente por
eso, como exigencia ineludible para la coherencia lógica del proceso de
pensamiento: el «criterio de la práctica», en el sentido dialéctico de
«negatividad absoluta» con todo dogma, muestra que no existe ni puede existir
«verdad» alguna que sea reaccionaria, conservadora o reformista, sino que la
verdad siempre es revolucionaria.
Es por esto, que desarrollando las tesis escritas en la Ideología
alemana, los intelectuales son presentados al desnudo en el Manifiesto
Comunista como ideólogos de la clase burguesa que propagan su cultura
e ideología. Ahora bien, en períodos de crisis, una pequeña porción de ellos
puede tomar conciencia de la realidad, porque «se han elevado hasta la
comprensión teórica del conjunto del movimiento histórico». Esta minoría ha
tenido que superar inmensas barreras internas porque ha sido educada para
fortalecer y expandir la cultura capitalista, o sea, «La cultura, cuya pérdida
deplora (la burguesía), no es para la inmensa mayoría de los hombres, más que
el adiestramiento que los transforma en máquinas». La intelectualidad del
sistema es, así, una máquina cultural que fabrica máquinas humanas.
Emanciparse de esta realidad y ascender al nivel intermedio de
intelectual progresista como antesala de la persona revolucionaria que milita
en la lucha teórico-cultural, esta desalienación y superación práctica del
fetichismo y de la escisión entre el trabajo intelectual y el trabajo manual,
es una tarea titánica que logran contados intelectuales progresistas. Varias
veces a lo largo de su obra, ambos amigos revolucionarios insisten en que,
según las circunstancias, sectores de «ideólogos», de pequeño burgueses y hasta
excepcionalmente de burgueses avanzan en un proceso de desalienación hacia
integrarse completamente en la clase trabajadora: de hecho ellos y otros
revolucionarios son un ejemplo vivo de «traición de clase», en el buen sentido
humanista y emancipador.
Inmediatamente después de la radical y por ello cierta definición de
cultura burguesa ofrecida por Marx y Engels, ambos amigos vuelven a marcar
distancias absolutas con la intelectualidad oficial: «Mas no discutáis con
nosotros mientras apliquéis a la abolición de la propiedad burguesa el criterio
de vuestras nociones burguesas de libertad, cultura, derecho, etc. Vuestras
ideas mismas son producto de las relaciones de producción y de propiedad
burguesas, como vuestro derecho no es más que la voluntad de vuestra clase
erigida en ley; voluntad cuyo contenido está determinado por las condiciones
materiales de existencia de vuestra clase».
La incompatibilidad entre los y las revolucionarias que militan en la
lucha teórico-cultural, política en esencia, y la intelectualidad oficialmente
definida, es decir, capitalista aunque «progre», como veremos luego, esta
incompatibilidad aparece nítidamente expuesta en el párrafo citado arriba: no
se puede abolir la propiedad burguesa aplicando el derecho, la libertad, la
cultura, etc., capitalistas porque estos y otros conceptos emanan directamente
de esa propiedad privada, es especial el derecho que es la voluntad y la
necesidad del capital hecho ley. En la medida en que la intelectualidad
progresista no rompa con la ideología burguesa, en esa medida seguirá siendo
capitalista.
En el Manifiesto Comunista se hace un devastador
estudio de las diversas ideologías políticas, de las formas de intelectualidad
existentes en 1848: por un lado el «socialismo reaccionario» dividido en
«feudal», «pequeño burgués», y «alemán o verdadero», y por otro lado el
«socialismo conservador o burgués». No hay duda de que bastantes de las tesis
ideológicas del «socialismo reaccionario» de la época han subsistido adaptadas
a las necesidades presentes de sectores específicos del imperialismo y de las
diversas burguesías locales; pero es en el «socialismo burgués» en donde en
donde Marx y Engels descubren lo que será el núcleo de la intelectualidad
«progresista» en el capitalismo de comienzos del siglo XXI:
«A esta categoría pertenecen los economistas, los filántropos, los
humanitarios, los que pretenden mejorar la suerte de las clases trabajadoras,
los organizadores de la beneficencia, los protectores de animales, los
fundadores de las sociedades de templanza, los reformadores domésticos de toda
laya (…) quieren perpetuar las condiciones de vida de la sociedad moderna sin
las luchas y los peligros que surgen fatalmente de ellas. Quieren perpetuar la
sociedad actual sin los elementos que la revolucionan y descomponen. Quieren la
burguesía sin el proletariado (…) no entiende, en modo alguno, la abolición de
las relaciones de producción burguesas --lo que no es posible más que por vía
revolucionaria--, sino únicamente reformas administrativas realizadas sobre la
base de las mismas relaciones de propiedad burguesas, y que, por tanto, no afectan
a las relaciones entre el capital y el trabajo asalariado, sirviendo
únicamente, en el mejor de los casos, para reducirle a la burguesía los gastos
de requiere su dominio y para simplificarle la administración de su Estado».
Aunque con los años Marx y Engels profundizaron y enriquecieron sus
concepciones teóricas siempre sobre la base prácticas desarrolladas en la lucha
de clases, siendo así, sin embargo dejaron escrito lo esencial de su crítica de
la intelectualidad en sus primeros textos. Desde entonces, la postura ante la
propiedad privada de las fuerzas productivas ha sido la que rompe de raíz toda
ilusión sobre una posible concordancia entre la intelectualidad «progresista» y
la praxis revolucionaria que se ejerce en el área de la lucha teórico-cultural:
«…los comunistas apoyan por doquier todo movimiento revolucionario
contra el régimen político y social existente. En todos estos movimientos ponen
en primer término, como cuestión fundamental del movimiento, la cuestión de la
propiedad, cualquiera que sea la forma más o menos desarrollada que esta
revista (…) Los comunistas consideran indigno ocultar sus ideas y propósitos.
Proclaman abiertamente que sus objetivos sólo pueden ser alcanzados derrocando
por la violencia todo orden social existente. Las clases dominantes pueden
temblar ante una Revolución Comunista. Los proletarios no tienen nada que
perder con ella más que sus cadenas. Tienen, en cambio, un mundo por ganar».
Defender siquiera indirectamente la propiedad capitalista o luchar por
la propiedad comunista, esta y no otra es la contradicción irresoluble que
enfrenta a todo intelectualismo reformista con la praxis revolucionaria
dedicada a la lucha teórica, cultural, ética, filosófica…. Desde que Engels y
Marx escribieron el Manifiesto Comunista, esta diferencia
insuperable ha sido asumida y practicada de un modo u otro por las y los
marxistas posteriores, hasta la actualidad, cuando todavía adquiere más
vigencia ya que, por un lado, la burguesía necesita imperiosamente imponer la
total mercantilización de la vida y de la naturaleza, es decir, privatizarlo
absolutamente todo, mientras que por el lado opuesto, la humanidad explotada
necesita reinstaurar la propiedad comunista, colectiva, comunal, común, pública
o social, al margen ahora de mayores precisiones, en el planeta entero.
-Pregunta No 2- En el contexto de la Revolución Bolivariana, ¿qué
aportes ha dado Venezuela para repensar el nuevo orden social?
-Ciñéndonos al tema específico que ahora tratamos, el del papel de los
intelectuales, la revolución bolivariana y Venezuela en concreto, han aportado
una cosa básica que debemos explicar en tres grandes áreas. La lección básica
no es otra que confirmar la valía de lo expuesto en el punto anterior sobre las
diferencias entre la intelectualidad en su definición genérica, dominante y
oficial, y la praxis revolucionaria de militantes por el socialismo que superan
cualitativamente la estrechez de miras del intelectualismo. Pongo el caso de
Hugo Chávez como ejemplo de tantos otros ejemplos prácticos.
Cuando estalló el Caracazo, sublevación en masa contra el
neoliberalismo, el 27 de febrero de 1989 el grueso, por no decir la totalidad
de la llamada élite política e intelectual fue cogida por sorpresa, e incluso
muchas fuerzas revolucionarias que debieran conocer al menos lo básico de la
dialéctica entre espontaneidad de masas y organizaciones de vanguardia
anduvieron a la deriva por entre las masivas protestas populares y la feroz
represión estatal que antes había debilitado a las izquierdas con persecuciones
varias. Pero la fuerza política que mejores lecciones extrajo de aquella
sublevación ahogada en sangre fue la dirigida por Hugo Chávez que supo
insertarla en el largo proceso de lucha por la independencia verdadera de la
Patria Grande soñada por Bolívar: el bolivarianismo tuvo una de sus primeras
apariciones públicas en el pequeño video del 4 de febrero de 1992 en el que
asumía personalmente toda la responsabilidad por el fracasado golpe militar que
él había organizado y dirigido.
Recuperar y actualizar el contenido de emancipación social de Bolívar,
este acierto, sólo podía lograrse desde parámetros teóricos y culturales
esencialmente arraigados en la memoria y cultura populares de las masas
venezolanas y latinoamericanas; no podía realizarse desde el intelectualismo
academicista y eurocéntrico formado en el desprecio racista a «todo lo indio».
La actualización de Bolívar era el paso previo necesario para la recuperación
en 2005 del concepto de socialismo tras tantos años de olvido y tergiversación
sistemática. La fusión de ambos términos, bolivarianismo y socialismo, permite
llegar a la raíz del problema de los intelectuales en las América, o sea, la
raíz doble de la primera emancipación criolla contra la ocupación española, el
bolivarianismo inicial, amputado y traicionado por las burguesías una vez
conquistado su poder; y la segunda independencia, la socialista, la del pueblo
trabajador sobre el capitalismo como síntesis de todos los pueblos explotados
desde la invasión europea.
La teorización de la lucha socialista contra la propiedad privada
burguesa tal cual se presenta en 2014 en las Américas, una de las tareas
decisivas de la praxis revolucionaria en el área de la lucha contra la
ideología imperialista, adquiere así su pleno sentido con la fusión del
bolivarianismo y del socialista lograda inicialmente en 2005. A raíz de este
logro, sobre su base, se levantan otras tres dinámicas que pueden llegar a ser
decisivas en la llamada «lucha de ideas», nombre algo equívoco porque puede
sugerir cierta desconexión entre las «ideas» y los «hechos».
Una es el de la potenciación por el gobierno bolivariano de la cultura
crítica, revolucionaria, generalmente emergida desde las experiencias de las
masas populares del continente, y en este sentido tiene un mérito decisivo el
complejo audiovisual de TeleSur y de otros sistemas de creación y divulgación
cultural, en un contento internacional casi monopolizado por la industria
político-mediática imperialista, por su cultural mercantilizada. Sin duda, es
desde el mal llamado «Norte», desde la izquierdas y pueblos oprimidos en la UE
y los EEUU, desde donde más fácil y rápidamente valoramos el potencial
emancipador de estos y otros medios de creación teórica y cultural solamente
asequibles mediante el poder estatal del pueblo.
Otra, relacionada con la anterior pero que debemos reseñar por sí misma
es la política de impulso de los poderes comunales, de las experiencias de
empoderamiento popular en barrios y pueblos, allí en donde realmente la clase
explotada, el pueblo trabajador, está en condiciones materiales directas de
elaborar su propio pensamiento, su teoría emancipadora basada en la praxis de
lo comunal, de lo colectivo. Al margen de las deficiencias y limitaciones que
sufran estas experiencias, su valor liberador es incuestionable, tanto más en
el área de la cultura popular, del pensamiento crítico de las masas para saber
emanciparse de la ideología del derecho burgués de la propiedad privada de las
fuerzas productivas, de los bienes comunes, para llevar la batalla al centro
vital: la (re)conquista de la propiedad comunal.
Y tres, la política de alfabetización y escolarización masiva del
pueblo, que este año de 2014 ha logrado un nuevo record y que muestra cómo es
imprescindible disponer de un suficiente poder estatal para luchar contra el
analfabetismo capitalista. Desde el primer socialismo utópico se supo que la
educación popular es un decisivo instrumento de liberación humana; pero uno de
los grandes méritos del socialismo marxista fue, en este caso, unir esa educación
popular con una pedagogía socialista destinada a devolver la supremacía a la
praxis revolucionaria sobre el intelectualismo abstracto vencedor desde la
contrarrevolución idealista simbolizada en el platonismo.
Los tres avances concretos –con sus limitaciones y contradicciones-- de
la revolución bolivariana en lo relacionado con la cultura libre y popular
chocan frontalmente con la estrategia imperialista de privatizar el pensamiento
humano.
-Pregunta No 3- Luis Britto García, intelectual venezolano, citado por
Julio Cortázar, a propósito del quehacer del intelectual en América Latina,
llevaría a la reflexión:“servirse de los medios de comunicación de masas aún
en los países en los cuáles no hay perspectivas revolucionarias inmediatas.
Posiciones muy respetables han afirmado el derecho del creador a desligar su
obra de toda militancia en favor del contenido estético. Pensamos, por el
contrario, que la urgencia de la hora impone al intelectual una triple
militancia: la de la participación en las organizaciones políticas
progresistas; la de la inclusión del compromiso en el contexto de su obra, y la
tercera militancia y batallar por la inserción de su obra, en el ámbito real de
los medios masivos de comunicación, anticipándose así a la revolución política,
que concluirá por ponerlos íntegramente al servicio del pueblo. Porque mientras
la política no asegure la liberación cultural de Nuestra América, la cultura
deberá abrir el camino para la liberación política” ¿Qué piensas de
este planteamiento trayéndolo a la actualidad?
-Estando totalmente de acuerdo en las tres decisiones que ha de tomar el
intelectual, sin embargo pienso que Luis Britto García se limita al concepto
progresista y en cierta forma «neutral», positivista, de intelectual, a la
versión democraticista de la definición de intelectual dada por la Enciclopedia
de Salvat-El País arriba presentada. Con esto no quiero decir que no tenga
razón, la tiene y toda, pero siempre que entendamos por «intelectual» a una
persona que piensa que vive separado de la miseria social. Acotado el debate a
estos límites, es incuestionable que el intelectual que va tomando conciencia
de la explotación debe estrechar cada vez más sus lazos vivenciales con las
clases y pueblos oprimidos, con los colectivos explotados.
Resulta muy aleccionadora aquí la introducción de Engels a su magistral
obra de 1845 La situación de la clase obrera en Inglaterra, en la
que explica cómo vivió muchos meses totalmente inmerso en la realidad de la
clase trabajadora para conocerla desde dentro. Engels, desde luego, no era un
intelectual sino un revolucionario, lo que le facilitó sobremanera llegar a
fundirse con el proletariado y escribir esa imprescindible obra que aún hoy nos
aporta lecciones necesarias.
Del mismo modo, si Lenin no hubiera vivido dentro de las clases
explotadas rusas, muchas veces en la clandestinidad, durante finales del siglo
XIX y comienzos del XX, no hubiera podido escribir el ¿Qué Hacer?,
obra que, entre otras cosas, revela un conocimiento exhaustivo y experimentado
de la realidad de clase, al igual que Mao no hubiera podido realizar sus
investigaciones sobre la composición de clase de China sin el contacto diario
con las masas campesinas. Podríamos seguir citando casos idénticos que nos
llevan a uno de los dos pasos sin vuelta atrás al que se debe enfrentar todo
intelectual si quiere llegar a ser un revolucionario: fusionarse con la
humanidad explotada. El otro paso es una continuación lógica del anterior: el
Che le dijo una vez a Nasser lo que sigue:
«El momento decisivo en la vida de cada hombre es el momento cuando
decide enfrentarse a la muerte. Si la enfrenta, será un héroe, tenga éxito o
no. Puede ser un buen o mal político, pero si no se enfrenta a la muerte, nunca
será más que un político».
Naturalmente, el Che se refería al «hombre nuevo», que va desalineándose
a la vez que se convierte en revolucionario. Sus palabras valen tanto para el
político como para el intelectual, progresistas los dos, pero que dudan y
retroceden en el momento crítico de poner en práctica lo que escriben, de hacer
lo que dicen. Hugo Chávez no era un intelectual, era un revolucionario porque
afrontó conscientemente la muerte para hacer lo que decía, sabiendo que la
simple palabra se queda en nada si no es realizada en la práctica, en la acción
revolucionaria que la materializa como fuerza objetiva de liberación. La
mayoría inmensa de intelectuales y políticos no se atreven a dar ese salto
cualitativo, quedando en simples «escribidores».
-Pregunta No 4- ¿Cuál es el papel de los movimientos sociales en la
coyuntura actual?
-Siempre dentro de la cuestión que nos atañe ahora, el papel de la
intelectualidad, hay que decir que los movimientos sociales y populares, sobre
todo el movimiento obrero y el feminista, cumplen la función decisiva de
escuelas de aprendizaje e inserción de la intelectualidad dentro del conjunto
del pueblo trabajador, definición a la que volveremos posteriormente.
Una dificultad creciente de los movimientos populares es que cada vez
necesitan más conocimientos concretos, saberes específicos en sus áreas de
intervención debido a la complejización, diversificación e interacción de las
diversas problemáticas del capitalismo. El incremento de las dificultades de
todo tipo que lastran la realización del beneficio, ralentizan la rapidez del
ciclo entero de obtención de plusvalía, lo que obliga al capital, entre otras
cosas, a buscar nuevas ramas económicas que aceleren el proceso a la vez que
aumenta las presiones y ataques a las masas trabajadoras. Los colectivos
sociales que se enfrentan a la multiplicación de las opresiones e injusticias
han de adquirir cada día más y más conocimientos de toda índole para responder
a esa complejización acelerada. Por ejemplo, los movimientos barriales y
vecinales deben estudiar además de las nuevas leyes municipales también las
nuevas propuestas sobre un urbanismo social y democrático que se realizan en
otros países para elaborar alternativas populares a los planes de urbanización
burguesa.
Lo mismo ocurre con la salud, la educación, el medioambiente y la
socioecología, el llamado ocio, la explotación asalariada, la opresión
patriarcal, la defensa de los derechos democráticos, la lucha contra el racismo
y el fascismo, etc.; en estas y otras áreas de resistencia social, los
colectivos han de estar siempre a la altura de los cambios introducidos por la
clase dominante, también de las lecciones que se pueden extraer de luchas
idénticas en otros lugares y, sobre todo, han de disponer de medios para
elaborar alternativas concretas que demuestren en la experiencia diaria del
pueblo que es posible ganar batallas tácticas locales, parciales, orientadas
mediante una estrategia revolucionaria hacia los objetivos socialistas
irrenunciables.
Los intelectuales progresistas, que todavía no se han desalienado del
todo, tienen en los movimientos sociales un espacio insustituible en el que
aplicar sus conocimientos y en el que aprender a la vez según la filosofía de
la praxis expuesta en las Tesis sobre Feuerbach: el educador ha se ser educado,
la transformación personal es parte de la transformación colectiva, interpretar
el mundo es parte de la acción revolucionaria…., siempre dentro de una
estrategia orientada a la superación de la propiedad privada y a la
instauración de la propiedad colectiva.
No descubrimos nada nuevo diciendo lo que decimos aquí, sólo adecuamos
al presente lo que ya está pensado desde los primeros años de disputa teórica
entre el socialismo utópico y el marxismo. Una lectura de las críticas de Marx,
Engels, Lenin, Rosa Luxemburgo, etc. a los ideólogos democraticistas de su
época, por ejemplo a Proudhon en lo negativo y a Dietzgen en lo positivo, nos
lleva exactamente a las mismas conclusiones básicas arriba planteadas. Pero
veamos cuatro ejemplos prácticos: uno, el papel de maestros y maestras en el aprendizaje
del primer movimiento obrero inglés, así como de intelectuales europeos
emigrados en las Américas.
Otro, la política bolchevique hacia los técnicos, intelectuales,
economistas e incluso mandos militares para que ayudasen a la revolución en sus
peores momentos. Además, la política cubana de facilitar los debates sobre
estrategia socioeconómica, cultural y democrático socialista con las
principales corrientes del socialismo internacional. Por último, la experiencia
venezolana y latinoamericana de TeleSur como punta de iceberg de un proyecto
global.
Desde luego que en estos cuatro ejemplos hubo y hay errores y
contradicciones, decisiones injustas y hasta retrocesos graves, como en
absolutamente todas las luchas de liberación, pero nada de ello anula el deber
de estudiar lo positivo de esas y otras experiencias en las que fracciones de
ideólogos de la clase dominante «desertaron de su clase» y se integraron en el
pueblo trabajador. El capitalismo actual complejiza al extremo las relaciones
sociales de producción y reproducción, a la vez que aumenta el analfabetismo
funcional y la ignorancia global de la fuerza de trabajo directa o potencial,
formándola sólo en aquellas tecnologías necesarias para una producción
altamente segmentada y simplificada en la casi totalidad de los procesos
productivos.
Por un lado, una población inculta relativa e incluso absolutamente en
muchas cuestiones; por otro lado, una tecnocracia y fuerza de trabajo altamente
cualificada ideológicamente fiel al capital, y en la mitad sectores
intelectuales progresistas que apoyan parcialmente al pueblo en muchas luchas
pero que no se atreven, o no quieren, integrarse en él porque, al final, saben
que su calidad de vida depende de los salarios relativamente altos que pueden
seguir cobrando si se dejan explotar por el capital.
-Pregunta No 5-¿Qué llamado le harías a la “intelectualidad” que no está
de acuerdo con el encuentro de los pensadores anticapitalistas?
-Por desgracia, no estoy al tanto de estos debates; desconozco qué
argumentos tienen para no acudir quienes se han negado a hacerlo y; también
ignoro quienes han sido. No se qué razones aducen en esa discusión los que sí
han participado en el evento. Dicho esto, y moviéndome con la precaución
necesaria, sí pienso que en las condiciones mundiales y latinoamericanas
actuales, en medio de las presiones imperialistas contra Venezuela, en
concreto, y desde la perspectiva de las necesidades de la izquierda independentista
vasca en la que milito, desde esta perspectiva general y a la vez particular,
era necesario acudir y ha sido positivo hacerlo.
La lucha teórico-política, cultura y ética entre el capitalismo y la
humanidad explotada está entrando en un punto decisivo porque todos los
indicadores de las crisis parciales que se fusionan en una sola, muestran que
nunca antes se han conjugado tantos y tan graves problemas de supervivencia.
Podríamos comparar, salvando todas las distancias y sin entrar en detalles, el momento
y las necesidades presentes con los contextos que propiciaron la creación de
las Internacionales obreras, incluida la Cuarta, y los debates sobre una
hipotética Quinta Internacional, así como los diversos movimientos de los No
Alineados, por la paz mundial, los sucesivos Foros Sociales, etcétera, así como
los nueve Congresos anteriores de esta Red de Intelectuales y Artistas, para
comprender la importancia de multiplicar los eventos en los que las diversas
corrientes teóricas podamos contrastar nuestras opiniones sobre la agudización
de las contradicciones estructurales del capitalismo, sobre todo sus nuevas
formas de manifestación y en especial sobre las «nuevas» contradicciones que
enfrentan irreconciliablemente a la propiedad privada burguesa con la vida
humana y con la naturaleza.
En mi experiencia particular, limitada, pero también en la más amplia
elaborada por otros y otras asistentes, este encuentro ha sido positivo porque,
entre otras cuestiones, ha dado nuevos bríos a planes concretos de futuro,
sobre los que no me voy a extender porque ya están saliendo en prensa. No hay
que olvidar, sin embargo, que ha habido determinadas cuestiones urgentes que no
se han debatido con la profundidad necesaria, pero debemos comprender las
limitaciones del congreso. Personalmente estoy muy satisfecho de haber acudido.
-Pregunta No 6-¿Se puede ser un intelectual más allá de las academias,
de los títulos universitarios?
-Sí, no hay duda, pero precisando que los «traidores a su clase», los
intelectuales progresistas que van acercándose al pueblo trabajador hasta
integrarse en él, sufrirán rechazos crecientes, aislamiento y hasta represiones
en la medida en la que se independicen de sus cadenas burguesas materiales y
mentales, económicas y psicológicas. Hay mucha mitología interesada sobre la
«neutralidad» de la academia, sobre la «libertad de cátedra», sobre las
posibilidades casi inagotables que ofrece la Universidad para elaborar un
pensamiento revolucionario, pero la realidad es mucho más dura, pese a lo cual siempre
ha habido, hay y seguirá habiendo revolucionarias y revolucionarios que
trabajan asalariadamente en la Universidad pública y hasta privada, y que a la
vez son militantes organizados en grupos de vanguardia incluso ocultando esa
militancia en su puesto de trabajo por razones obvias.
No son en absoluto «intelectuales progresistas» son revolucionarios que
trabajan en un medio hostil, explotador, como una obrera sindicalizada lo hace
en una gran transnacional. He intentado definir arriba las diferencias
cualitativas entre ambos extremos. Personalmente me siento orgulloso de ser
amigo de militantes de esta tremenda categoría humana.
La experiencia histórica muestra que las obras teórico-políticas
decisivas para la lucha revolucionaria se han gestado en un medio no sólo
exterior a la academia, sino en un medio social enfrentado a los valores que
sirven de excusa al sistema universitario capitalista. Que esta experiencia
histórica sea así no resta importancia en modo alguno a la necesidad de un
pensamiento racional sistemático, coherente, elaborado en base a las reglas de
la lógica formal y de la lógica dialéctica, especialmente. Recordemos la
autoexigencia de Marx y de Engels hacia el rigor analítico y las precauciones
metodológicas que tomaban para proceder luego a la síntesis.
Recordemos también la inicial crítica de Engels a Kautsky por su
ligereza en la selección de datos, referencias, bases históricas…, por citar
algunos casos. Ahora bien, el sistema académico burgués rechaza la dialéctica
marxista como la mente sumisa rechaza la creatividad crítica, aunque se
«enseñe» eso que llaman «filosofía marxista» en algunas clases de filosofía
oficial, como se «enseña» a Marx en algunas clases de economía y de sociología.
Precisamente es este contexto negativo el que multiplica el mérito de las
revolucionarias que dentro de la academia o en cualquier otro medio intelectual
burgués elaboran buena teoría crítica y la divulgan entre el pueblo.
El sistema educativo es una poderosa arma burguesa, controlada
directamente por su Estado y por su «libertad de mercado», de manera que sus
recursos fundamentales siempre están en manos del capital. Un ejemplo
aplastante lo tenemos en la perversa capacidad de la academia para subsumir e
integrar el marxismo intelectualista en la parte progresista de la ideología
dominante. Ya en vida de Marx y Engel quedó claro cómo universitarios
progresistas licuaban la dialéctica del pensamiento de ambos amigos hasta
forzar a Marx a decir que si esa tergiversación era «marxismo», entonces él no
era «marxista». Poco después Engels criticaba ásperamente la cómoda vagancia de
los universitarios que despreciaban la historia real de la lucha de clases, a
la vez que, poco más adelante, denunciaba a los intelectuales que perdían el
tiempo escribiendo tonterías en los periódicos de la socialdemocracia alemana.
Lenin fue un irreconciliable crítico del «marxismo legal», académico,
tolerado por la dictadura zarista mientras reprimía sin piedad al marxismo
vivo, crítico, clandestino. Gramsci tuvo que lidiar con el intelectualismo
idealista de Croce para recuperar la dialéctica del marxismo, y luego, con las
dificultades asfixiantes de la censura carcelaria, tuvo que dejar algunas
imprecisas pero valiosas pese a ello aportaciones sobre la cuestión de los intelectuales,
del papel de la cultura popular-nacional en la lucha por la hegemonía, etc.
Luego vendrían los años dorados del teoricismo marxista fabricado en las
universidades durante el keynesianismo y bajo el astuto y omnipresente control
invisible del llamado «Estado del bienestar» allí donde estivo activo en
Occidente. Además de la plomiza dogmática stalinista aún vigente en aquellos
años, otra razón de la derrota de la oleada prerrevolucionaria de entre finales
de la década de 1960 y comienzos de la de 1980, con sus altibajos, fue
precisamente la pobreza del marxismo teoricista elaborado en las universidades
europeas en aquellos años, salvo brillantes excepciones.
El eurocomunismo fue masivamente aceptado y divulgado por la
intelectualidad progresista universitaria, al igual que lo sería la denominada
«tercera vía» y todas las modas post sin olvidarnos de otras modas blandas como
la del decrecimiento, el buen vivir, la economía social, los feminismos
reformistas varios y un largo etcétera, hasta concluir por ahora en la vacuidad
de Podemos. De alguna forma sucedió algo parecido en bastantes
lugares de las Américas. El «marxismo» rusocéntrico y eurocéntrico estaba
umbilicalmente unido a los aparatos académicos y universitarios oficiales en
aquellos sistemas, con excepciones admirables y dignas de revolucionarios y
revolucionarias que, como hemos indicado, mantienen su independencia teórica y
política militando en el seno del pueblo explotado a pesar de ser asalariados
de la industria académica en Occidente, y del poder académico en la URSS y su
área de influencia.
-Pregunta No 7-¿Cuál es el papel de la juventud en la producción de
conocimiento?
-He escrito y debatido en varios lugares sobre el poder adulto como
fuerza productora de una juventud dócil y fiel al sistema, una juventud que
refuerce los pilares del sistema patriarco-burgués y que luego, cuando llegue a
la edad adulta, los reproduzca de manera ampliada. Lo primero que debemos tener
en cuenta en la respuesta a esta pregunta es que la institución familiar
patriarco-burguesa, sin mayores explicaciones ahora, es una trituradora del
potencial praxístico inherente a la especie humana-genérica.
El poder adulto tiene uno de los recursos más efectivos de perpetuación
en la fábrica de obediencia intelectual que es la universidad, sobre todo la privada,
pero su baza fundamental se encuentra en la institución familiar que es la que
ancla las cadenas de la sumisión y del miedo a la libertad y al placer en la
estructura psíquica infantil durante la decisiva fase de la primera
socialización. Según la política pedagógica que determine y oriente los valores
que se introyectan en la primera infancia, en mayor o menor medida se
determinará la posterior capacidad creativa de conocimiento crítico juvenil.
Durante la segunda socialización las presiones para reforzar la mentalidad
sumisa serán más fuertes porque en esta fase algunos sectores de la juventud
empiezan a desarrollar pensamientos propios que chocan y hasta pueden
enfrentarle al poder adulto.
Quiero decir con esto que para saber qué papel juega la juventud en la
producción de conocimiento antes que nada debemos saber cómo el poder adulto
previamente ha castrado el potencial crítico de la mayoría de esa juventud. Por
tanto, la pregunta debe ir más a la raíz: ¿qué debe hacer la izquierda para
acelerar la emancipación juvenil del poder adulto como requisito para acelerar
su crítica intelectual? Mientras que amplísimos sectores juveniles acepten
activa o pasivamente el poder adulto, sin cuestionarlo de ningún modo, será muy
difícil lograr que desarrolle su innegable creatividad crítica.
Teniendo esto en cuenta, la izquierda como mínimo ha de hacer tres
cosas: una, agudizar la lucha teórica y práctica contra el poder adulto; la
segunda, batallar por una nueva pedagogía que incentive el pensamiento juvenil
independiente; y la tercera, admitir e impulsar la autoorganización
independiente de la juventud concienciada, dentro de un modelo organizativo más
amplio en el que las experiencias de los y las revolucionarias de más edad
ayuden a la juventud, que ha de aprender por sí misma.
Dentro ya de esta dinámica, la juventud concienciada tiene un cuádruple
papel: uno, preguntar a los adultos, a sus padres, a los militantes mayores,
qué hicieron y qué no hicieron en el pasado, si lucharon o no, su aceptaron o
no la dominación; otro, avanzar en su autoorganización y en una forma de vida
independizada del poder adulto, en comunas y locales en los que vivir según sus
ideales; además, en base a esto crear redes y medios de debate y pensamiento
colectivo juvenil en los que participen militantes de más edad pero respetando
la independencia juvenil autoorganizada; y por último, conectar esta praxis con
las necesidades futuras de las fuerzas revolucionarias para que se realice con
normalidad el paso de la juventud a las organizaciones adultas de vanguardia.
Las cuatro tareas inciden simultáneamente sobre la producción teórica de
izquierdas, multiplicándola.
-Pregunta No 8-¿Qué retos y desafíos tiene la intelectualidad ante la
debacle capitalista y la reacción imperial ante el viraje del timón mundial
hacia la visión multipolar?
-El principal desafío que tiene la intelectualidad progresista en estos
momentos es el de atreverse a ser coherente con lo que dice en determinadas
situaciones y escritos. Todo depende para este sector de la intelectualidad de
si está dispuesta a asumir los riesgos socioeconómicos y políticos que surgen
de la práctica de algunas de los principios que defiende. Por ejemplo, la
cuestión del acaparamiento de tierras, su compra y privatización por grandes transnacionales
y/o Estados imperialistas o subimperialistas; la privatización de la guerra y
de la represión; la cuestión del rearme mundial y de la proliferación de
sofisticadas armas inteligentes; los crecientes ataques a los derechos
democráticos elementales y el reforzamiento de leyes represivas; el acelerón de
las presiones para patentar y privatizar la vida, desde el conocimiento hasta
el genoma; el avance del fundamentalismo religioso y del terrorismo patriarcal
y racista…, estas y otras dinámicas en ascenso exigen respuestas prácticas de
masas que van más allá de las simples declaraciones bienintencionadas. Pero
muchas burguesías no ven con buenos ojos que los intelectuales «se metan en
política».
Para la intelectualidad progresista, la debacle actual del capitalismo
se expresa en forma de tres grandes problemas que le quitan el sueño:
Uno, la tendencia a la industrialización y privatización del
conocimiento y de la cultura, o sea, las presiones de la industria
político-cultural para imponer la propiedad burguesa del pensamiento humano, lo
que le va presionando cada vez más para que opte por la comodidad económica o
por el riesgo de la coherencia.
Dos, la tendencia a la supremacía de lo político sobre lo cultural, a la
conversión de la cultura burguesa en arma opresora, lo que reduce aún más el
margen de despiste neutralista, de si-pero-no, del depende-de, de
no-existen-condiciones-objetivas…, excusas tópicas que le permiten nadar y
guardar la ropa.
Y tres, la tendencia a la radicalización y extensión del incuestionable
principio humanista y comunista de la prioridad del pensamiento colectivo que
se practica como valor de uso, sobre el pensamiento privado fabricado como
mercancía con valor de cambio en la industria cultural y en el capital
constante que vertebra la tecnociencia capitalista.
Las tres tendencias presionan en la dirección única de reforzar la
naturaleza asalariada y mercantil del trabajo intelectual, y en especial, de
poner al intelectual progresista ante el abismo de tener que decidir entre, por
un lado, aceptar se un esclavo asalariado del capital, fuerza de trabajo
compleja y cualificada que produce una mercancía «simbólica» e «inmaterial» en
su forma pero material en sus efectos sociales, sujeta a la incertidumbre del
mercado; y por el lado opuesto, optar por la militancia revolucionaria
volcándose en la lucha teórica y práctica contra la propiedad imperialista,
praxis arriesgada y sujeta a la incertidumbre de la represión. Las
contradicciones del imperialismo y su relativo debilitamiento frente a lo que
se denomina «multipolaridad», que no es sino un reflejo más de la crisis
geopolítica mundial, multiplican las presiones sobre la progresía
intelectualista que se tiembla nerviosa ante las atrocidades del imperio que no
se atreve a condenar por las razones arribas vistas.
-Pregunta No 9-Históricamente, el marxismo ha definido que existe un
sujeto histórico de transformación social que es el obrero, se puede ver, que
desde la ortodoxia se asume que siempre será así ¿crees que ese sujeto se amplía,
recordando el planteamiento del Comandante Chávez: que el sujeto histórico de
transformación es el Pueblo organizado, movilizado y consciente?
-El Comandante Chávez estaba en lo cierto, y su planteamiento respecto
al «Pueblo organizado, movilizado y consciente», se mueve dentro de los
parámetros marxistas, al menos tal cual yo los expongo en el texto Clases
y Pueblos. Sobre el sujeto revolucionario de febrero de 2014, a libre
disposición en Internet. La teoría marxista de las clases integra dos niveles
en uno: el genético-estructural de la contradicción irreconciliable entre
capital y trabajo, antagonismo básico permanente al margen de sus intensidades
y formas; y el histórico-genético que expresa las múltiples formas concretas en
las que esa unidad y lucha de contrarios entre capital y trabajo se materializa
en las formaciones económico-sociales particulares. El Capital y
los textos mal llamados «económicos» se mueven a primera vista en el lado
genético-estructural del método marxista, los textos mal llamados «políticos»
lo hacen en el otro lado, el histórico-genético, y los mal llamados
«filosóficos» simultanean los dos.
Varios investigadores marxistas han hablado del «solapamiento de
conceptos» que existe en el método dialéctico de ambos amigos, que les permitía
moverse con agilidad entre los más densos problemas, y profundizar hasta sus
raíces contradictorias. Así se comprende que junto al nivel
genético-estructural se permitan en El 18 Brumario de Luís Bonaparte de
1851-52, realiza impresionantes análisis detallados de las diversas clases y
fracciones de clase, para luego no tener problema alguno en recurrir al término
de «nación trabajadora», como síntesis de muy diversas masas explotadas,
oprimidas y dominadas, y además lo enfrenta antagónicamente con el concepto de
«nación burguesa».
Y es que su método no es neutral ni positivista, sociológico, sino
crítico y revolucionario a la vez que procesual y relacional, lo que les
permite marcar siempre el movimiento de la contradicción interna en todo lo
real. También en 1852 Engels recurrirá al término de «las grandes masas de la
nación» refiriéndose a toda la población explotada por la clase dominante. Que
este es el método de Marx y Engels lo comprobamos en El papel de la
violencia en la historia de 1887-88, en donde por un lado Engels
recurre al concepto de «pueblo trabajador» como aglutinante de los y las
explotadas, mientras que, por otro lado, disecciona con el mismo rigor que Marx
las clases sociales concretas existentes en ese momento de la historia: los
grandes propietarios de tierras y burgueses, la pequeña burguesía, el
campesinado y los obreros.
La lista de ejemplos es inagotable porque surge del método empleado, tal
como lo comprendió Lenin desde sus primeros textos al recurrir a la unidad
entre lo general y lo particular, lo abstracto y lo concreto, de modo que
integraba diversos niveles de conceptualización para mostrar los diversos
niveles de un mismo problema, según las necesidades teóricas del momento. Es
así como se explica que simultaneara el concepto esencial y básico de trabajo
contra capital con otros como clase obrera, masas explotadas, masas campesinas,
llegando al empleo del de «pueblo trabajador»como en 1900 cuando estudió la
invasión zarista de China. Lenin comprendió que la teoría del concepto es clave
para el marxismo, una vez depurada de las limitaciones de Hegel, y sus agudas
anotaciones sobre la flexibilidad del pensamiento en los Cuadernos de
filosofía de 1914-15 son una de las bases sobre las que se sustenta el
proceso posterior de enriquecimiento teórico en lo que ahora nos concierne, la
interacción entre clase trabajadora y pueblo.
Con la dialéctica del pensamiento abierto, móvil y flexible, Lenin y los
bolcheviques elaboraron entre otros muchos, tres documentos fundamentales: la Declaración
de derechos del pueblo trabajador y explotado, de enero de 1918; La
patria socialista está en peligro, de febrero de 1918, y Una gran
iniciativa, de julio de1919. Hubo muchos más, pero los tres resumen
perfectamente cómo el método marxista puede y debe concatenar en un mismo
proceso de pensamiento unitario conceptos específicos que van desde pueblo
trabajado y explotado, a la definición canónica de clase social de
1919, tan repetida y aceptada, pasando por el de patria socialista.
Desde la lógica formal y la ideología burguesa, estos aparentes saltos
conceptuales extremos entre clase obrera, pueblo trabajador y patria
socialista, son inaceptables; desde la lógica dialéctica y la teoría marxista
son coherentes y necesarios.
Son tan necesarios y coherentes para la praxis revolucionaria, que es de
lo que se trata en definitiva, que prácticamente todos los procesos de
liberación nacional de clase y antipatriacal los emplean, utilizan el método
dialéctico de concatenación conceptual según lo exige el movimiento de las
contradicciones. Sería excesivo resumir ahora siquiera lo elemental de la larga
experiencia histórica hasta el presente, por lo que voy a centrarme en un
término brillante e imprescindible para comprender qué sucede hoy mismo en el
mundo: en su obra de 1966Neocolonialismo, última etapa del imperialismo,
K. Nkrumah, revolucionario africano que dirigió luchas de liberación nacional
antiimperialista empleó el concepto de «Pueblos militantes» para designa
r a los
pueblos explotados que se enfrentaban al neocolonialismo.
El término de «pueblo militante» viene a decir lo mismo que el empleado
por Hugo Chávez, y lo mismo que el de «nación-pueblo» utilizado a comienzos de
2013 por G. López y Rivas para reflejar la cohesión interna que subyace bajo
una multicolor diversidad se colectivos aparentemente inconexos. En enero de
2014 M. Aguilar Mora, tras repasar lo acaecido en 2013 en México, no dudaba en
afirmar que ese fue «un mal año para el pueblo trabajador». A mediados de
diciembre de 2014, F. Aguirre ha escrito una historia de las agresiones
norteamericanas a Cuba desde la conquista de su independencia real y efectiva
en 1959. El autor no duda en emplear el concepto de «pueblo obrero y campesino»
para referirse a la nación cubana en los peores momentos del cerco imperialista
yanqui, a partir de 1962.
El empleo por Hugo Chávez del término de «Pueblo organizado, movilizado
y consciente» se inscribe dentro de la corriente teórica que aplica el método
dialéctico descrito. La definición del Comandante Chávez es especialmente
valiosa en las condiciones venezolanas y de cualquier otro pueblo oprimido
sometido a agresiones como las que sufre Venezuela. Más aún, un ejemplo de la
validez teórico-política de este concepto lo tuvimos en la contraofensiva
popular para derrotar el golpe fascista de 2002 y en la evolución posterior de
los acontecimientos. Si sólo empleáramos el concepto estricto de clase obrera
productora de valor como único sujeto consciente y activo de la lucha
bolivariana, no entenderíamos nada de nada de lo que sucede aquí, en Nuestra
América y en otros continentes machacados.
La clase obrera es el cerebro y el centro de pueblo organizado,
movilizado y consciente, pero no es el único sujeto social. Como lo previeron
Marx y Engels en su última etapa, desde 1871 en adelante, la revolución ha
estallado y se ha sostenido largo tiempo en los países en los que el
proletariado en su sentido tradicional, la clase obrera «clásica», era
cuantitativamente minoritaria pero cualitativamente dirigente, capaz de
aglutinar alrededor suyo al pueblo trabajador, al pueblo militante, al pueblo
trabajador y campesino, a la nación-pueblo, a la nación-pueblo, etc., o para
acabar con Marx: la clase obrera vertebra a la nación-trabajadora. Sin duda, Chávez
estaría de acuerdo.
-10- ¿Cuál es el papel de la mujer en la actualidad, en el marco de la
lucha de clases?
-La progresía intelectual feminista lleva realizando buenas aportaciones
parciales desde hace varias décadas, cumpliendo el mismo papel que el realizado
por una parte del marxismo académico, dicho a grandes rasgos. Pero, como este
último, se detiene ante el muro práctico y teórico, material y moral, de la
propiedad, en este caso de la propiedad patriarcal sobre la mujer. Sin embargo,
cualquier reflexión sobre el papel de la mujer en la producción de pensamiento
y en la lucha de clases que no parta de la existencia objetiva de la propiedad
patriarcal, nunca supera el límite del reformismo.
La mejor definición que he leído sobre qué es la mujer en el capitalismo
es la que ofrece el Manifiesto Comunista: para la burguesía la
mujer es un «instrumento de producción», es decir, un medio de trabajo en manos
del hombre con conciencia burguesa. En 1884 en su obra El origen de la
familia, la propiedad privada y el Estado, Engels demostró que la mujer fue
derrotada socialmente con la implantación de la propiedad privada patriarcal,
siendo desde entones un muy especial instrumento de trabajo adaptado a los
sucesivos modos de producción dominantes. Semejante derrota fue la primera
explotación de un colectivo humano por otro, bien pronto le seguiría la
invasión, derrota, esclavización o exterminio de un pueblo por otro, y sobre
esta experiencia se asentaría después la explotación de clase dentro del mismo
pueblo. Las formas de propiedad --patriarcal, tribal/étnica/nacional, y de
clase-- se fueron fundiendo en diversas aleaciones según los modos de
producción dominantes y según las formaciones económico-concretas dentro de
cada uno de ellos.
La propiedad capitalista se sustenta sobre el sistema patriarco-burgués
y su poder adulto, de manera que son sus relaciones sociales de explotación las
que subsumen y determinan a las formas de explotación específicas del
patriarcado y del poder adulto. Naturalmente, esta complejidad
genético-estructural de la propiedad capitalista adquiere múltiples formas
concretas, histórico-genéticas, según las necesidades de la producción en
situaciones particulares y fundamentalmente de la reproducción de la vida
explotable, tema en el que no podemos extendernos ahora.
La verdad del feminismo socialista, del marxismo como su matriz, radica
en que es el único sabe, quiere y puede luchar por la destrucción histórica de
la propiedad capitalista, con su forma patriarcal y adulta incluida. El error
insalvable del feminismo reformista radica en que ni quiere ni puede ni sabe
enfrentarse a la propiedad capitalista en su complejidad, limitándose sólo a y
con mejoras democrático-funcionales e integradas en el sistema. La mentira del
feminismo explícitamente burgués radica en que quiere mantener la propiedad
capitalista en sí compatible con la «liberación» de la mujer.
El feminismo socialista o mejor las revolucionarias marxistas, aportan a
la lucha de clases la visión programática más radical y decisiva sobre la
emancipación histórica humana. Y lo hace porque sólo ese feminismo dice y
practica la verdad concreta: la mujer es un instrumento de producción en manos
del hombre. Un instrumento único porque, además de plusvalor mediante la
explotación asalariada, produce muchas cosas más mediante la explotación
doméstica y otras explotaciones privadas y/o públicas. Hablamos de explotación
porque hablamos de un instrumento de producción sometido a las relaciones
sociales de explotación capitalista, sean asalariadas o no. Desde la creación
de vida que puede llegar a ser fuerza de trabajo y su formación posterior,
hasta la producción de placer machista y de «trabajado de cuidado afectivo»,
pasando por la producción de trabajo social no mercantilizado en la unidad
familiar y en las redes sociales cotidianas, y así un largo etcétera.
Lo que determina a estas y todas las restantes explotaciones concretas
de la mujer por el hombre es el hecho de que ella es un instrumento de trabajo
en propiedad de él, que hace con ella lo que quiere y como quiere, buscando su
máxima rentabilidad económica, sexual, afectiva, cultural… Y lo hace porque la
propiedad privada burguesa tiene un componente patriarcal esencial, tomado y
transformado de la propiedad patriarco-feudal para adecuarlo al capitalismo, de
forma parecida a como la propiedad feudal absorbió y transformó para sus
necesidades la propiedad patriarco-esclavista. El hilo inhumano que recorre
esta cruel historia no es otro que el de la propiedad privada. La civilización
del capital se yergue en parte sobre el patriarcado, pero es una parte esencial
por los ingentes beneficios de toda índole que le produce, y la civilización
del capital oculta esta sobreexplotación generalizada recurriendo al mito del
«amor».
Por tanto, el feminismo marxista y las mujeres revolucionarias son una
fuerza directriz insustituible en la lucha contra la propiedad en general y
contra todas sus variadas expresiones particulares. Dado que la ideología del
capital se sustenta en el derecho burgués a su propiedad privada, la crítica
práctica y teórica del feminismo marxista da en el clavo de dicha ideología
porque saca a la luz la históricamente primera forma de propiedad privada, y
muestra cómo esa forma ha ido siendo adaptada a y subsumida por los sucesivos
modos de producción, hasta llegar al capitalista.
La lección teórica es innegable: sólo mediante la socialización de la
propiedad capitalista y por tanto de la propiedad patriarco-burguesa, se
liberará la mujer y a la vez la humanidad entera porque sólo así se llega a la
raíz histórica de todas las opresiones y explotaciones, la que surgió con la de
la mujer por el hombre. Las consecuencias teóricas, filosóficas, intelectuales
y ético-morales de esta visión de largo alcance no escapan a nadie, pero tampoco
escapan sus muy presumibles consecuencias prácticas ya que más temprano que
tarde la clase dominante reprime a quien lucha contra su propiedad privada.
Las advertencias, presiones, amenazas y represiones machistas hasta
culminar en el terrorismo patriarcal, surgen casi de inmediato cuando la mujer
quiere independizarse, ser propiedad de ella misma, dejar de ser propiedad
ajena, del hombre. El feminismo reformista, y en especial su componente
académico e institucional, ha reducido su «estrategia» al simple marco de los
«derechos de género», marco necesario `por cuanto democrático-formal pero
asumible en gran medida por las instituciones burguesas. El feminismo
reformista no avanza hasta el punto crítico de no retorno: el ataque a la
propiedad, lo que le garantiza mucha tranquilidad económico-laboral, política e
intelectual.
No sucede así en el feminismo marxista, sobre todo cuando es practicado
en su praxis más consecuente: las especiales torturas sobre las revolucionarias
que luchan en la liberación nacional de clase y antipatriarcal de sus pueblos
trabajadores oprimidos. Sin llegar a estos extremos tan frecuentes pero
silenciados, cualquier mujer sindicalista de izquierdas está de acuerdo con lo
dicho por Marx de que el empresario, aparte de la explotación asalariada,
considera su fábrica como su «harén» particular, de igual manera en que
frecuentemente la institución familiar actual encubre un «harén» privado. La
lectura del impactante libro de Bebel La mujer y el socialismo de
1880, obra maestra en su época, sigue descubriendo las constantes del sistema
patriarco-burgués, por cierto: este libro fue publicado en la clandestinidad
debido a la represión antisocialista en Alemania.
Las feministas obreras, populares, campesinas, sindicalistas,
culturalistas, políticas y militantes revolucionarias, etcétera, saben por
experiencia lo que es realmente el poder patriarco-burgués en su cotidianeidad
y si bien apoyan las reivindicaciones democráticas tal cual las expresa el
feminismo reformista por cuanto necesarias, advierten que el problema es mucho
más profundo y grave porque forma parte de las raíces de la civilización del
capital, de la síntesis social del modo de producción capitalista. La
conclusión definitiva que podemos extraer de la mujer en la lucha de clases es
que ella expresa mejor que cualquier otro colectivo el antagonismo
irreconciliable entre liberación humana plena, comunista, y propiedad
capitalista.
-11- A modo de conclusión y consideración final, si tuvieses la
oportunidad de hablar con cada persona del mundo ¿qué mensaje le darías?
-Siguiendo el objetivo del cuestionario, el consejo que les daría es que
debatan la larga y esclarecedora experiencia acumulada desde hace décadas sobre
el papel de la intelectualidad progresista en las revoluciones. Este
aprendizaje debe realizarse en función de las actuales necesidades de los
pueblos bajo el imperialismo contemporáneo, por ejemplo: además del problema de
la propiedad intelectual burguesa y de su industria cultural, también la
naturaleza capitalista de la tecnociencia y el choque frontal entre las
constricciones burguesas al potencial crítico del método científico, y la
necesidad perentoria que tiene la humanidad explotada de multiplicar
exponencialmente los avances científicos liberadores, o para decirlo en
términos marxistas, expandir la ciencia como fuerza revolucionaria.
Sin embargo, históricamente los «ideólogos» como grupo social
específico, casta o élite preclasista que surgió con la privatización
patriarcal de la cultura oral y de la primera escritura, en simbiosis con las
castas de comerciantes y guerreros bajo la centralidad de los Estados
tributarios, se han caracterizado más por la defensa de sus intereses
corporativos y sectarios que por el impulso progresista y revolucionario. Es
lógico que así sea porque el saber generado por ese entramado de poder es un
saber jerarquizado, privado, excluyente y defensor tanto de sus intereses
corporativos como de los de las clases dominantes. Las burocracias religiosas
son un ejemplo de la adaptabilidad y eficacia de los «ideólogos» para
reproducirse absorbiendo las mejores mentes de su época, como denunció Marx
refiriéndose a la Iglesia medieval, cooptándolas, sobornándolas y pudriéndolas.
Salvando todas las distancias, la industria de la educación burguesa y la
integración del saber y de la tecnociencia en el capital constante, hacen otro
tanto.
La intelectualidad progresista se enfrenta en esta cuestión decisiva a
una tarea que le desborda ampliamente. Y es aquí en donde deben intervenir las
organizaciones revolucionarias facilitando puntos de encuentro y colaboración,
de fusión en la práctica cotidiana, entre el pueblo explotado y la
intelectualidad progresista, impulsando el avance de esta hacia su conversión
en militancia revolucionaria que ejerce el grueso de su praxis en el campo de
la lucha teórica, científica, cultural, filosófica, ética, estética…. En cada
uno de ellos y en su conjunto, las organizaciones de vanguardia han de resaltar
el problema de la propiedad privada como el nudo gordiano que, unido al del
Estado burgués, ata y centraliza la totalidad de formas en las que actúa la
explotación capitalista.
Especial trascendencia adquiere la recuperación de los «bienes comunes»,
colectivos y comunales, relacionados con las condiciones de pensar y hacer, de
vivir en suma, de los pueblos; y muy especialmente con el complejo
lingüístico-cultural, con la lengua como forma de expresión del ser-comunal que
habla por sí mismo, de la cultura popular como la producción y distribución
colectiva de los valores de uso. La desmercantilización del saber, su
desalienación con respecto al dinero y al valor de cambio y su victoria sobre
el fetichismo de la mercancía, supone, desde esta visión comunista, además de
la reinstauración de la unidad mano/mente también y por ello mismo la extinción
histórica del intelectualismo y por tanto de los intelectuales por muy
progresistas que digan ser.
Por tanto, la pregunta es: ¿cuántos intelectuales progresistas intuyen
que la libertad plena, el comunismo, conlleva su extinción como élite, y
cuántos están dispuestos a impulsar su autoextinción ya desde ahora mismo? Más
aún ¿qué deben hacer los y las revolucionarias que militan en la lucha teórica,
cultural, filosófica, etc., para acelerar e intensificar esta desalienación y
liberación de las y los intelectuales progresistas?
Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante
una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para
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martes, 21 de enero de 2014
"El marxismo es un universo abierto". Entrevista a Néstor Kohan.
Entrevista a Néstor Kohan
por Salvador López ArnalMiércoles, 08 de Enero de 2014 03:53
El marxismo es un universo abierto, probablemente el más interesante y sugerente de nuestra época, donde a contramano de la mediocridad actual, cada uno puede encontrar su propio camino y “elegir su propia aventura”. Es decir, encontrarle un sentido a su propia vida.
Entrevista a Néstor Kohan sobre «Nuestro Marx – Fetichismo y poder en Marx»
—Salvador López Arnal: Su último libro recientemente publicado en el estado español lleva por título Nuestro Marx. ¿Nuestro? ¿El de quién, el de quiénes?
—Néstor Kohan: Ese título lo elegí principalmente por dos razones. En primer lugar, a modo de homenaje a Antonio Gramsci. El 4 de mayo de 1918 el gran revolucionario italiano escribió un artículo titulado “Nuestro Marx”. Allí intenta rescatar al autor de El Capital como un historiador que se opone tanto al misticismo del culto a los héroes de Thomas Carlyle como a la metafísica positivista y evolucionista de Herbert Spencer. En el mismo movimiento Gramsci lo reivindica como “maestro de vida espiritual y moral”. Pero lo más interesante es que ese joven y entusiasta militante comunista, gran admirador de la revolución bolchevique y de Lenin, con ese artículo y otros de la misma época (como “La revolución contra «El Capital»”) se animó a discutirle a las “grandes autoridades” marxistas de su tiempo. Grandes popes prestigiosos que por entonces monopolizaban los saberes y las ortodoxias, las lecturas oficiales y canonizadas, convirtiendo a Marx y El Capital en algo completamente inofensivo frente al orden establecido. Algo no muy distinto de lo que ocurre hoy en día. Gramsci se anima a patear el tablero esforzándose por recuperar el espíritu radical del marxismo. Por eso con ese título quise homenajear al Gramsci revolucionario y su espíritu iconoclasta y desobediente frente a “sus mayores”.
En segundo lugar, el título hace referencia a la pluralidad de tradiciones dentro de la familia marxista. Aunque por economía de lenguaje hablemos y escribamos en singular, en realidad existen muchos marxismos. Y de hecho hay muchos Marx. Debemos reconocerlo sin sonrojarnos ni avergonzarnos. El nuestro es, o al menos pretende ser, un Marx posible, no el único, sino el nuestro. Es el Marx del marxismo revolucionario, interpretado desde América Latina y el tercer mundo, desde el mundo periférico y dependiente e interpelado desde una nueva generación que aspira a retomar en el mundo contemporáneo la ofensiva política, ideológica y cultural por décadas abandonada en función de derrotas y fracasos ajenos, suspiros y nostalgias que no nos pertenecen. Ya es hora de dejar de suspirar “por los buenos y bellos tiempos que se han ido y no volverán”. Ya es tiempo de dejar atrás los complejos de inferioridad y las bienintencionadas pero inoperantes “defensas del marxismo” (como si este corpus teórico y político fuera un barco que va a naufragar, una fortaleza sitiada o una ciudad en crisis que se apresta a enfrentar una invasión) para retomar la ofensiva ideológica. Que se defiendan nuestros enemigos. Hay que quitarle la iniciativa al enemigo. Nuestro Marx es entonces un Marx que pretende ser contemporáneo y al ataque.
—S. López Arnal: Belén Gopegui [escritora y novelista] prologa la edición española de su libro con un texto (hermosamente brechtiano) que titula “Ni la verdad ni la razón se abren camino a solas”. ¿Cómo se abren entonces, en qué compañía, con qué esfuerzos?
—N.K.: El título elegido por Belén para su prólogo es acorde al fragmento de la obra Galileo Galilei de Brecht que abre todo el libro. En ella un monje del Vaticano pregunta “¿Y usted no cree que la verdad, si es tal, se impone también sin nosotros?”. Entonces Brecht le hace responder a Galileo que la verdad jamás se impone sola, por sí misma: “No, no y no. Se impone tanta verdad en la medida en que nosotros la impongamos. La victoria de la razón sólo puede ser la victoria de los que razonan”. Esa obra de Brecht la leí en una traducción de Osvaldo Bayer [escritor argentino] hace muchos años cuando estudiaba filosofía. La pusieron dos veces en teatros argentinos y llevé a varios adolescentes de la escuela donde yo daba clases a verla. Todos quedaban maravillados. Creo que con ese pasaje Brecht desplumaba muchos debates de la filosofía académica (que discute si existe la verdad o no, pero siempre al margen de la historia y de los conflictos sociales) y al mismo tiempo ponía en discusión la pasividad de la intelectualidad enamorada de sus propias ideas que se muerde la cola y gira, eternamente, sobre su propio circuito. Por eso me gustó tanto ese pasaje y, por lo visto, también le gustó a Belén. Porque nos invita a intervenir, a participar, a luchar por lo que creemos verdadero, justo, digno, genuinamente valioso. No basta decir “estoy indignado” porque me doy cuenta que me están mintiendo. Tampoco alcanza con gritar “que se vayan todos” ante cada farsa o manipulación de los poderosos. ¡Hay que hacer algo!
Y hay que hacerlo colectivamente y en forma organizada a partir de una estrategia. No a partir del enojo individual o la ira espasmódica (que puede ser muy ruidosa o escandalosa pero dura poquito tiempo y luego se diluye sin pena ni gloria), sino desde una estrategia colectiva, organizada y a largo plazo. Nosotros somos de los que creemos que sí existe la verdad y que vale la pena luchar por ella.
Recuerdo una vez una profesora de guión, excelente persona, pero muy seducida por las modas académicas del giro lingüístico y el posmodernismo, que insistió durante meses con que “todo es relato y no existe la verdad”. La escuché en silencio durante meses. Hasta que un día no pude más, levanté la mano y le pregunté “¿Yo quisiera saber si los desaparecidos [los 30.000 secuestrados y desaparecidos de Argentina en tiempos de la dictadura militar] están muertos o están paseando por Paris [relato oficial del general Videla]? ¿Están desaparecidos de verdad o es solo un relato?”. Allí se acabó la discusión. Esta compañera, sin palabras, admitió que están desparecidos, están muertos y eso es una verdad trágica pero irrebatible. ¡Lograr que se aceptara esa verdad histórica, la desaparición de 30.000 compañeros y compañeras, fue producto de una larga y esforzada lucha social! Existe la verdad. Nunca se impone sola, al margen de la lucha de los pueblos, al margen de la práctica. Aunque enfrente nuestro haya miles y tal vez millones de personas creyendo que Hitler es un patriota, que el general Franco defiende la familia, que el general Videla garantiza los derechos humanos o que la tortura sistemática que ejercen los militares norteamericanos es sinónimo de civilización, democracia y pluralismo, debemos aferrarnos con uñas y dientes a la verdad, debemos abrazarnos a la verdad y luchar junto a ella y por ella. Sople para donde sople el viento. Al menos eso aprendí al estudiar a Marx, sus Tesis sobre Feuerbach y tantos otros textos.
—S. López Arnal: En los anexos de su obra figuran tres epílogos. El primero es de Toby Valderrama, el texto de presentación de la edición venezolana de su obra. ¿Qué representa Venezuela para usted?
—N.K.: La primera edición de este libro vio la luz precisamente en Venezuela. Una edición muy bonita, absolutamente gratuita (de carácter “artesanal” ya que no fue distribuida en librerías), dirigida a la clase trabajadora y los militantes revolucionarios. Se presentó junto a los trabajadores y trabajadoras de la industria petrolera. Hubo encuentros muy interesantes ya que pudimos conversar con estos compañeros y compañeras vinculando la teoría crítica de Marx con intentos concretos de iniciar la transición al socialismo. Recuerdo que en aquellas presentaciones se discutió, además de los temas tradicionales de El Capital, el vínculo entre marxismo y cristianismo revolucionario. Un trabajador venezolano del petróleo, marxista y cristiano al mismo tiempo, nos sugirió que la definición de Marx acerca del comunismo, las necesidades y las capacidades, coincide textualmente con un pasaje del libro La Biblia.
En Caracas, también participaron de la presentación antiguos militantes de la insurgencia venezolana de los años ‘60 y ‘70, respetados, queridos y admirados por varias generaciones nuevas de militantes. Fue realmente muy emotivo. Incluso se cantó “La Internacional”. Yo creo que en Venezuela se está dando una de las batallas más duras y más agudas contra el imperialismo. El presidente Hugo Chávez, antes de morir (¿de ser asesinado?), logró reinstalar en la agenda de los movimientos sociales el debate del socialismo, horizonte ausente durante dos décadas que ya no era ni siquiera mencionado en el lenguaje del mundo progresista y revolucionario. La socialdemocracia, por ejemplo, abandonó hace largo tiempo hasta la sola mención del socialismo. En Europa occidental y también en América Latina. Por eso se incomodó tanto con la insolencia y la rebeldía de Hugo Chávez. Creo que volver a traer al presente y reinstalar el debate por el socialismo fue uno de los grandes aportes a escala mundial del proceso bolivariano de Venezuela. Y en ese debate El Capital de Marx resulta fundamental...
Tan fundamental como la reflexión de Ernesto Che Guevara sobre la transición al socialismo y la ley del valor. En ambos casos el marxismo revolucionario pone en discusión la posibilidad de salir del capitalismo y comenzar la transición al socialismo de la mano del mercado. No hay un “capitalismo bueno” y un “capitalismo malo”. No existen los “empresarios socialistas”. El pensamiento marxista tiene mucho que aportar en estos debates pendientes.
—S. López Arnal: En aquella primera edición de distribución gratuita se incluyen a modo de prólogos otros dos trabajos de presentación escritos por dirigentes de la insurgencia latinoamericana. ¿Por qué vincular a Marx con la insurgencia?
—N.K.: Esos otros dos prólogos o presentaciones del libro generaron un revuelo propio y tuvieron consecuencias políticas directas. En concreto, diversos organismos represivos de América Latina vinculados a la inteligencia militar comenzaron el hostigamiento a través de páginas de internet acusándome con nombre, apellido y fotografías mías (trucadas) de ser algo así como el guía inspirador de las insurgencias latinoamericanas. ¡Un delirio paranoico absoluto! Un relato tirado de los pelos que no resiste el menor análisis serio. Incluso las fotografías mías que utilizaron en ese hostigamiento estaban trucadas. Tomaron las fotos de una conferencia que di en Compostela, Galicia, en un seminario teórico público del año 2008, le cambiaron el fondo reemplazando los símbolos y banderas, pretendiendo convertirme en un “adoctrinador” de revolucionarios latinoamericanos. Una operación burda. Pero que no dejó de preocuparme porque las instituciones militares y paramilitares que la llevaron adelante tienen muchísimos intelectuales asesinados en la espalda. Profesores, periodistas, abogados, maestras, sociólogas, historiadores, etc. ¡Muchos muertos, muchas asesinadas en nombre de la “seguridad democrática”! A los que no logran asesinar, los encarcelan, los persiguen, los demonizan, los “marcan”, los amenazan de muerte, aunque vivan incluso fuera de América Latina.
Esos organismos de inteligencia militar y paramilitar continúan formándose en pleno siglo XXI —bajo directa influencia de los militares norteamericanos e israelíes— en la perspectiva anticomunista de la guerra fría, sólo que ahora han reemplazado el fantasma gótico del “comunismo” y la “subversión” que provenía de la fría nieve soviética por el fantasma tropical y caribeño del “narco terrorismo”, pero la matriz ideológica macartista es exactamente la misma. A cualquiera que piense diferente hay que eliminarlo. Y si es marxista... ¡mucho peor!
Yo creo que esos otros dos prólogos molestaron tanto y generaron semejante reacción desmesurada principalmente por dos motivos. En primera instancia, porque mostraban al público lector que la militancia revolucionaria e insurgente de América Latina no constituye una banda de forajidos y bandoleros desquiciados, que buscan adrenalina transpirados y babeando ni viven al ritmo enloquecido de la cocaína, sino que la insurgencia se basa en una detallada y meditada lectura de Marx, reflexiva, rigurosa y serena. Esos textos demostraban que no hay ninguna “irracionalidad” en las rebeldías latinoamericanas. Por eso generaron tanto enojo de parte de las fuerzas represivas.
En segundo lugar, esos textos publicados “a modo de prólogos” que celebraban explícitamente nuestro intento de repensar a Marx y El Capital nos permitían comenzar a retomar un vínculo durante muchos años perdido y olvidado. Aquel que une la reflexión de la teoría crítica marxista con la militancia revolucionaria. Una tradición de pensamiento que en los años ’60 y ’70 habían desarrollado, entre muchos otros nombres célebres, Frantz Fanon en el caso de la revolución de independencia de Argelia, la revista cubana Pensamiento Critico, las propias intervenciones teóricas del Che Guevara en el debate cubano de 1963 y 1964 sobre la teoría del valor, los escritos del pensador brasilero Ruy Mauro Marini que unían su teoría marxista de la dependencia con la militancia en la insurgencia chilena, etc.etc. Cuando en sus libros Consideraciones sobre el marxismo occidental y Tras las huellas del materialismo histórico el historiador británico Perry Anderson se queja de ese divorcio entre marxismo universitario-académico y militancia social está hablando precisamente de este problema. Retomar ese hilo rojo, perdido y olvidado, donde marxismo teórico y militancia práctica son dos caras de la misma moneda sigue siendo una tarea pendiente.
—S. López Arnal: Me ha pasado lo mismo que a Belén Gopegui: me he emocionado con su dedicatoria. La solidaridad, la generosidad, la amistad, la lealtad, el compañerismo, el estímulo moral, el hacer lo que se debe sin medir ni calcular… esos valores, esa ética, señala, pregunta usted, ¿no es acaso el corazón del marxismo y el antitodo frente a tanta medriocridad? ¿A qué mediocridad hace referencia? ¿El marxismo es entonces el desarrollo de una ética humanista?
—N.K.: Esa dedicatoria del libro está dirigida a mi padre, ya que lo terminé de redactar y corregir en su última versión cuando mi padre estaba agonizando por un cáncer. Por suerte lo pudo ver antes de morir. Estoy más convencido que nunca que el proceso por el cual una persona se hace revolucionaria, socialista o comunista, es mucho más complejo que aquella imagen tradicional, simple e ingenua, de notable impronta iluminista, donde la mera lectura de un texto toca como una varita mágica a alguien y a partir de allí cambia súbitamente todo en su vida. No creo que las cosas sucedan de ese modo. Los libros son fundamentales para construir la conciencia de clase y una identidad personal revolucionaria, pero son solo un aspecto. Central, pero no único. En la vida real de la gente las variables son múltiples y los aprendizajes también.
Sospecho que antes de incursionar en El Capital las personas se nutren de los valores solidarios del marxismo y es ello lo que los mueve a rebelarse, a leer, a estudiar, a militar de manera organizada, etc. Esa dedicatoria está dirigida a mi padre porque a través suyo y de sus amigos de militancia yo me vinculé al marxismo. Fueron esos valores solidarios que usted menciona y que están en la dedicatoria —valores que me fueron transmitidos familiarmente desde la niñez por mi madre y mi padre en tiempos de la dictadura sangrienta del general Videla— los que me llevaron a identificarme con los rebeldes, con los explotados, con las humilladas, a despreciar el dinero como rey absoluto de nuestra sociedad, a odiar a los torturadores y represores, a sentir asco y repulsión, incluso física, frente a la injusticia, a rechazar la mediocridad que han pretendido instalarnos como horizonte insuperable de nuestra época.
Creo que ese proceso de enseñanza-aprendizaje junto al ejemplo cotidiano de mis padres fue prioritario. Las lecturas de Marx vinieron después a legitimar algo previo ... El marxismo, al menos para mí, ha sido y es una concepción del mundo, de la historia y de la sociedad que le dio sentido a mi vida, que me permitió comprender —a escala universal— lo que yo sentía e intuía. Pero esos sentimientos, esos valores, esas enseñanzas estaban desde antes y venían de la niñez. Sospecho que a muchos compañeros y compañeras les ha pasado lo mismo en sus vidas. Por eso la niñez, época de la vida cuando se aprenden los valores y se “maman”, como una ética vivida y pretéorica, incluso como una estructura de sentimientos, constituye un terreno de disputa formidable. Tradicionalmente la Iglesia católica, por ejemplo, ha defendido a capa y espada sus escuelas primarias... ¿Por qué? ¿A qué edad un niño va al catecismo? En Argentina a los ocho años... Hoy en día el mercado también ha avanzado sobre la niñez. Las series de Disney Channel apuntan a ese público infantil inoculando los valores del american way of life. Mucho antes de leer un libro entero los valores del mercado o de la religión ya moldean la personalidad. Los marxistas no podemos desconocer ese proceso de constitución de la personalidad, central en lo que después Marx denominará “la conciencia de clase” de cada individuo. Entre otras razones, por eso creo que la ética y los valores constituyen un eje fundamental del marxismo, no sólo a nivel teórico y reflexivo sino en sus batallas políticas cotidianas por conquistar la hegemonía y la subjetividad de las grandes masas populares. Una batalla que empieza mucho antes de leer un texto o una revista marxista. Esta lucha comienza en la niñez. Nuestros enemigos lo tienen claro.
Demás está decir que descreo de las lecturas positivistas, estructuralistas o weberianas, “neutralmente valorativas” que pretenden construir una ciencia social al margen de la ética y los valores. Eso no es la teoría social y eso no es El Capital. Si el reformismo evolucionista y kantiano de Eduard Bernstein pretendió convertir al marxismo simplemente en una ética y al socialismo en un mero imperativo categórico eso no implica que los marxistas revolucionarios abandonemos la ética. Sería un gravísimo error teórico, epistemológico y político. Los valores de la ética comunista que pregonaba el Che Guevara son los mismos que guiaron a Marx en su redacción de El Capital. Creo que allí hay un tesoro inmenso, todavía inexplorado, que puede servir de antitodo frente a la mediocridad perversa y monstruosa en la que pretenden hundirnos el capitalismo y los valores del mercado.
—S. López Arnal: Distingo Marx del marxismo. ¿Cómo concibe usted este segundo? ¿Cómo una teoría creativa, como una praxeología transformadora, como una tradición revolucionaria?
—N.K.: Para nosotros el marxismo constituye una concepción materialista de la historia, una teoría crítica de la sociedad capitalista, una filosofía de la praxis, una teoría política de la revolución y la hegemonía, un método dialéctico, crítico y revolucionario y en última instancia, una filosofía de vida. Creo que el marxismo tiene esa multiplicidad de dimensiones, de niveles y de “escalas”. Quedarse únicamente con una dimensión implica castrarlo, mutilarlo, convertirlo en una caricatura. Lamentablemente en muchas ocasiones se ha hecho esa operación para tratar de clasificarlo, intentando introducirlo a la fuerza en el lecho de Procusto de las disciplinas universitarias, en la parcelación del saber social tal como hoy lo conocemos (una filosofía, una sociología, una economía, una antropología, una historiografía, una psicología, etc.). Creo que el gran desafío actual consiste en restituirle al marxismo su carácter totalizante, completamente a contramano de los saberes fragmentados que expresan la concepción social esquizofrénica del conocimiento, típica del capitalismo tardío y posmoderno. Ese desafío debe venir acompañado de una batalla por la vida cotidiana. De nada servirá el marxismo si no afronta la pelea por transformar la vida cotidiana. Por eso considero que el marxismo, además de una gran teoría, todavía inigualada, constituye una filosofía de vida, muy superior a las filosofía de la autoayuda, al modo de vida que nos proponen las religiones y absolutamente superador de las mediocridades inherentes a la vida del mercado y de los shoppings.
—S. López Arnal: En sus agradecimientos — “A quienes nos enseñaron” —, perdóneme la mirada un tanto provinciana. no cita usted a ningún marxista hispánico (dejando aparte a Adolfo Sánchez Vázquez, un exiliado republicano). ¿Por qué es tan débil el marxismo en España? ¿Existe alguna excepción en su opinión?
—N.K.: Quizás fui injusto en los agradecimientos al no incluir a mucha otra gente. Puse a quienes tenía en ese momento más en mente, a quienes conocí personalmente y de los que aprendí en forma directa, pero seguramente uno se ha nutrido de muchos compañeros y compañeras que una mera lista no agota. Dada la crisis editorial argentina y el vaciamiento ideológico, yo me he formado leyendo literatura marxista editada principalmente en México, en Madrid y en Barcelona. Editoriales que hoy ya no existen o que han cambiado patéticamente su signo ideológico...
Si tuviera que mencionar otros compañeros, sabiendo que usted es un especialista en la obra del pensador marxista catalán Manuel Sacristán Luzón (que no incluí en mis agradecimientos ya que nunca lo conocí personalmente, aunque he leído muchos de sus libros) quisiera mencionarle una anécdota. Haciendo memoria, mi padre me trajo de regalo aproximadamente en 1990 varios tomos de cubiertas verdes de una obra de Manuel Sacristán. Se titulaban Papeles de filosofía. Panfletos y materiales [Barcelona, Iacria, 1984] Allí leí una defensa de Engels muy inteligente y sutil, trabajos de lógica matemática además de un prólogo muy pero muy valiente a la revolucionaria alemana Ulrike Meinhof que poca gente se hubiera animado a escribir.
Por supuesto he leído la antología sobre Gramsci de Sacristán. También conseguí en un viaje al estado español que hice hace pocos años una compilación de sus escritos, prólogos y prefacios a El Capital titulada Escritos sobre «El Capital» (y textos afines) [Madrid, El. Viejo Topo, 2004]. Como todo salía tan caro para los latinoamericanos el de Sacristán fue el único libro que me pude comprar en ese viaje. Valió la pena. Pero la anécdota que le quería contar sobre la influencia de Manuel Sacristán es muy anterior a todas estas lecturas, pertenece a la niñez. Resulta que cuando yo tenía trece años y comenzaba la escuela secundaria comenzó a difundirse en Buenos Aires una enciclopedia de conocimientos generales titulada Universitas [Zaragoza, Salvat, 1979]. Eran varios tomos, creo que diez o doce de tapas naranjas. Mi padre me la regaló cuando era un niño. En la escuela la profesora de latín, furiosamente anticomunista y apologista del terrorismo de estado, que expresaba en clase su odio contra el Che Guevara cada vez que podía (eran tiempos de la dictadura militar del general Videla y en mi escuela desaparecieron diez estudiantes), recomendó calurosamente esa enciclopedia. Quizás los militares permitieron su circulación sin haberla leído.
Muy bien, en el tomo quinto dedicado al “pensamiento de la humanidad” había un capítulo sobre... Karl Marx. Me leí aquel capítulo Nº 22 a los trece años. En esa época seguramente debo haber entendido bastante poco. La de aquella enciclopedia fue la primera fotografía de Marx que yo vi en mi vida. En esa época nunca había visto ni siquiera una fotografía del Che Guevara, igualmente prohibido. En Argentina no había afiches, ni posters ni remeras con su rostro. Cuando los militares se dieron cuenta de que en esa enciclopedia naranja aparecía la barba de Marx... prohibieron su circulación y obligaron a retirarla de todos los kioscos de la ciudad. En la escuela se comentó esa prohibición. Si estaba prohibida... ¡más atractivo! Pero antes de la prohibición y de que la saquen de circulación algunos ya la habíamos comprado. ¿Quién había escrito ese capítulo que generó tanto revuelo? Manuel Sacristán. En esa época yo no sabía quien era, ni Marx ni Sacristán. Mi padre no me hablaba de esos temas. Había mucho miedo. Incluso me instruyó para que si en la escuela me interrogaban mis maestros o profesores yo tenía que decir que en mi familia todos creíamos en dios. El que un niño fuera ateo volvía a cualquier familia sospechosa. Así que sin saber quien era, me choqué con Marx.
Ese trabajo de divulgación de Manuel Sacristán fue lo primero sobre Marx que yo leí en mi vida, a los trece años. Aunque no lo incluí en los agradecimientos, enmiendo mi error y aprovecho esta entrevista para agradecerle a la memoria de Sacristán el haber inoculado el virus... Pocos años después, todavía bajo dictadura militar, el virus cobró nuevos bríos gracias a un librito de filosofía de Georges Politzer y unas fotocopias grises y desgastadas de Michael Löwy sobre el pensamiento del Che Guevara. De allí en adelante... de la mano de Marx, del Che y de la militancia en el centro de estudiantes, ya no hubo retorno.

Mariategui
—S. López Arnal: Marxismo, postmodernismo… ¿observa usted puntos de conciliación? ¿Por qué cree usted que una parte de la izquierda académica usamericana, por ejemplo, es tan partidaria del postmodernismo?
—N.K.: En mi opinión no creo que haya puntos de conciliación. Los marxistas coincidimos en algunos puntos con las descripciones posmodernas, no son inventos, dan en el clavo. Los fenómenos que ellos describen muchas veces son ciertos, son reales. Pero no suscribimos el balance posmoderno que termina celebrando lo que existe como el mejor de los mundos posibles. La gran falacia posmoderna consiste en pegar un salto ilegítimo entre lo que es y lo que debe ser. Habitamos la posmodernidad, es cierto que las identidades políticas están muy débiles, es verdad que debemos sobrevivir entre fragmentos deshilachados de cultura, no es falso que cada vez se lee menos y el pensamiento crítico apenas respira, que la esfera pública languidece, que el espacio plano de la imagen en video clip termina predominando sobre el tiempo profundo de la historia. Nada de eso es falso. Pero a los partidarios del marxismo, el socialismo y la revolución nos parece que esos fenómenos socio culturales constituyen retrocesos y poseen un carácter negativo. De ninguna manera nos alegramos, ni aplaudimos ni festejamos la mediocridad del reino posmoderno y su celebración del capitalismo tardío.
En mi opinión, que no es sólo mía sino de muchos marxistas, el socialismo como proyecto integral de nueva cultura y nueva civilización, ni es el simple perfeccionamiento de la modernidad (donde vendríamos a completar lo que la burguesía no hizo) ni tampoco constituye un subcapítulo más refinado de la posmodernidad. Como proyecto integral de una nueva manera de vivir y establecer nuevos vínculos humanos la revolución socialista debería apostar a la superación tanto de la modernidad como de la posmodernidad.
¿Por qué ese tipo de pensamiento posmoderno tiene tanto éxito en la Academia de Estados Unidos? No lo sé en detalle, pero me imagino como posible respuesta que eso sucede por la derrota de la izquierda radical norteamericana que fue aplastada a sangre, dinero y fuego. Con pólvora y con dólares. No debemos olvidar que allí asesinaron desde a Malcolm X hasta Martín Luther King, pasando por el aplastamiento sistemático de las Panteras Negras a las que les introdujeron de manera planificada la droga como vía de neutralización política en sus segmentos juveniles y barriales más radicales.
Muchos movimientos sociales estadounidenses contestatarios fueron reprimidos, sus dirigentes encarcelados (allí sigue todavía preso Mumia Abu Jamal, por ejemplo) y finalmente, mediante una serie interminable de mecanismos de dominación, fueron cooptados. El anticolonialismo radical y combativo de las Panteras Negras devino en la Academia norteamericana en los inofensivos “estudios poscoloniales”. La teoría crítica de la Escuela de Frankfurt (exiliada en EEUU), marxista y radical, se terminó transformando en los inocuos y asépticos “estudios multiculturales” y así de seguido. También el feminismo radical y el movimiento homosexual militante padecieron la ofensiva del estado burgués, la moderación y posteriormente la cooptación académica de la mano del posmodernismo y los “estudios de género”. No hay “democracia norteamericana”, eso es un mito. Lo que allí existe es un régimen neomacartista, opresivo y vigilante, como han denunciado desde el más intelectual Noam Chomsky hasta el más “técnico” Edward Snowden. ¿Por qué iba a quedar al margen de ese régimen de control y vigilancia la Academia estadounidense? También allí se sintió el talón de hierro del que nos hablaba Jack London...
—S. López Arnal:¿Es o no es esencial para usted la teoría del fetichismo marxiano? ¿Por qué?
—N.K.: Bueno, esa es la tesis central del libro que me costaría mucho resumir en dos renglones. La teoría crítica del fetichismo no sólo constituye el núcleo de la teoría del valor (columna central en la arquitectura lógico dialéctica de El Capital). Además sintetiza la concepción materialista de la historia, como han demostrado György Lukács en Historia y conciencia de clase o Isaak Illich Rubin en su formidable Ensayos marxistas sobre la teoría del valor. La teoría crítica del fetichismo recupera la teoría de la alienación superando cualquier posible esencialismo ahistórico por donde pudiera entrar dentro del marxismo la metafísica. Marx extiende esa explicación desde el ámbito de su crítica del mercado capitalista hacia el terreno de las instituciones políticas del régimen capitalista (en la cual la república parlamentaria resume un tipo de dominación anónima, impersonal, típicamente moderna y burguesa). La teoría crítica del fetichismo elaborada por Marx no sólo permite desanudar y desmontar los discursos de la economía política (de la clásica y científica así como también de la vulgar y apologética, desde el keynesianismo hasta los neoclásicos y neoliberales). También permite superar la crítica heideggeriana de la técnica y la crítica weberiana de la política moderna. El discurso crítico de Marx contra el fetichismo tiene un alcance explicativo muchísimo mayor que el de Heidegger, el de Weber, el de todas las variantes de la economía cuantitativa y el de la ensayística posmoderna. A partir de esa teoría crítica del fetichismo, Marx no sólo es el teórico de la explotación. También lo es de la dominación y el poder. Al menos eso intentamos demostrar en el libro.
—S. López Arnal: La Historia, en su opinión, ¿es un proceso sin sujeto ni fines?
—N.K.: En la obra de Marx se manejan varias nociones de historia según el nivel epistemológico de sus escritos y sus interlocutores. No es lo mismo cuando Marx polemiza con un político a cuando pretender hacer ciencia de largo aliento. En términos generales encontramos un primer concepto de historia como el devenir de una esencia perdida y alienada, un segundo concepto de una historia como proceso objetivo sujeto a leyes y un tercero que consiste en una concepción histórica que entiende a la historia como un proceso abierto, contingente y dependiente de la praxis y la lucha de clases. Creo que de esas diferentes nociones de historia, la que responde más fielmente al espíritu de la obra en su conjunto es esta tercera concepción, que Rosa Luxemburg resumió en una consigna extraída de Engels: “Socialismo o barbarie”. El futuro es contingente, está abierto, no está preasegurado de antemano. La dialéctica de Marx en su concepción materialista de la historia y su filosofía de la praxis no es sinónimo ni de “mito del origen” ni de teleología; es una dialéctica abierta a las contradicciones de la praxis humana y sus conflictos y a la intervención de los pueblos y clases en lucha. Las leyes que Marx describe y explica en El Capital son leyes de tendencia, campos de condicionamientos y posibilidades abiertas cuya resolución depende de la lucha de clases.
—S. López Arnal: No son pocas las páginas en las que usted se aproxima a la obra de Althusser (y de algunos de sus discípulos). ¿Qué balance hace de su obra?
—N.K.: Tengo por Althusser un gran respeto personal. Destaco algo que gran parte de sus epígonos, deudores y exegetas, habitualmente celebratorios y acríticos, curiosamente pasan por alto. Althusser fue un militante. Eso me atrae de él y me genera respeto. Creo que gran parte de sus epígonos no lo son, por eso no le llegan ni al talón. Viven de las glorias pasadas del maestro sin tener su brillo ni su profundidad. Imitan su escritura y sus giros expresivos, pero se nota a primera vista que les falta ese aliento y esa energía militante que movía internamente el pensamiento de Althusser. Al leer su autobiografía reconozco que se vuelve en un punto una persona querible. No obstante, nunca me han convencido sus tesis filosóficas, epistemológicas ni políticas. Cuanto más estudio a Marx y cuando más profundizo en el marxismo más lejos me voy de Althusser.
Este libro sobre el que estamos hablando en gran medida presupone una crítica dura del legado de Althusser, de su pretendida “filología”, que tanto prestigio le otorgó en su época pero que hoy se cae a pedazos y resulta ya insostenible si estudiamos los materiales originales de Marx tal como éste los fue escribiendo en sus varias redacciones de El Capital.
No lo que Althusser le hacía decir a Marx para “completarlo”, para darle, supuestamente, la filosofía que “le faltaba a Marx”. Althusser nunca entendió, por ejemplo, la teoría del fetichismo en El Capital. La pretendió reducir a una reminiscencia juvenil de la teoría de la alienación o a una hipótesis subsidiaria de la teoría epistemológica de la ideología.
En ambos casos se le escapaba completamente su nexo con la teoría del valor a través de la noción fundamental de “trabajo abstracto”, el gran descubrimiento teórico de Marx. Creo que al final de su vida, en un arranque de sinceridad, el propio Althusser no sólo fue tajante con su movimiento y su propia escuela a la que no dudó en criticar por sus “imposturas” sino que además, en 1988, reconoció explícitamente que Marx en toda su obra y a lo largo de toda su vida jamás se desentendió de la dialéctica... por lo tanto su famosa “ruptura epistemológica” se evaporó por arte de magia. Creo que muchos de sus discípulos han bebido y se han alimentado de sus equívocos premeditadamente antidialécticos (tanto los de juventud como los posteriores a su libro Elementos de autocrítica) y no resulta casual, como ha reconocido el profesor Emilio De Ipola (uno de sus principales epígonos y seguidores en Argentina), que de la mano de Althusser... se fueron del marxismo.
Gran parte de las metafísicas “post”, enemigas a muerte de toda concepción social dialéctica, son herederas vergonzantes del maestro, inconfesadas e ingratas por no reconocer su deuda. Pero insisto. Todas mis críticas, que son muchas y numerosas, no opacan algo que nunca dejo de reconocerle, tanto a Louis Althusser como a su principal discípula, traductora y divulgadora latinoamericana, Marta Harnecker: su carácter militante. Los voceros académicos actuales de esta escuela, ahora conocida como “post”, no lo son y si son militantes, están enrolados en causas sumamente alejadas del proyecto socialista y comunista. Usan el traje, la corbata y los zapatos prestigiosos de Althusser pero les quedan bastante mal. Parecen imitadores de barrio.
—S. López Arnal: No es que esté ausente, desde luego que no, pero déjenme preguntarle por Engels. ¿Es un segundón? ¿No hay comparación posible entre la importancia de Marx y de su amigo?
—N.K.: El mismo Engels reconoció que no alcanzó el brillo ni la genialidad de Marx. No obstante, además de tener una personalidad entrañable y en muchos casos más “moderna” que Marx (pensemos, por ejemplo, su amor con una humilde chica irlandesa, en esa época un escándalo para cualquier familia burguesa alemana o inglesa), Engels hizo aportes perdurables a nuestra tradición. Recordemos su descubrimiento de una corriente revolucionaria dentro del cristianismo, precursora de lo que hoy sería la teología de la liberación, cuando analiza las guerras campesinas en Alemania.
O sus observaciones críticas sobre la dominación patriarcal, precursoras del feminismo marxista. Sus análisis de los fenómenos de la guerra, problemática que manejaba tan bien que recibió el sobrenombre de “general” por parte de la familia de Marx.
O su fundacional análisis crítico de la economía política en su “genial Esbozo”, anterior e inspirador de la mirada crítica del propio Marx. Precisamente con Manuel Sacristán diría que gran parte de los errores y tergiversaciones que se construyeron posteriormente sobre la filosofía del marxismo, convirtiéndola en una metafísica “materialista dialéctica”, no pertenecen tanto a Engels como a la historia trágica posterior del movimiento socialista y comunista. En esa época posterior se tomaron escritos exploratorios de Engels o redactados en un tono polémico como si fueran “la Biblia” del marxismo, deshistorizándolos y descontextualizándolos. Pero eso no fue culpa de Engels.
—S. López Arnal: Le señalo una casi ausencia: Jenny Marx. ¿No es también la compañera de Marx una parte esencial de su vida, de su praxis política e incluso de su obra?
—N.K.: Es verdad que sin esa mujer entrañable que lo enamoró desde muy jovencito, que abandonó su vida burguesa para compartir con Marx toda una vida de militancia, penurias e investigación, el autor de El Capital no habría sido quien fue. Compartió y estuvo codo a codo en todas sus luchas y batallas. Desde las más “políticas” y famosas, hasta la lucha cotidiana por sobrevivir en el exilio sin un centavo en los bolsillos, con hijos que se morían y la pareja no tenía ni para comprarles un cajón, empeñando hasta las sábanas. Todas esas luchas las pelearon juntos. ¿Quién puede sobrevivir en soledad? Cuando ella se murió Marx prácticamente se dejó morir de tristeza. Fue un golpe del que no logró reponerse. Y no era un hombre viejo, recién había pasado los sesenta años. Los datos biográficos de Jenny, por lo menos en las biografías clásicas de Mehring y Riazanov, no suelen ser destacados. Recién en los últimos años han comenzado a aparecer estudios biográficos tanto de su compañera Jenny como de sus hijas. Mucho queda por investigar en esa temática.
—S. López Arnal: Para usted, desde luego, Marx no es un perro muerto. ¿Señalaría algún error en su obra?
—N.K.: El principal, desde nuestro punto de vista, su errónea apreciación de Simón Bolívar, como tratamos de analizar en Simón Bolívar y nuestra independencia (Una lectura latinoamericana). Sin duda ese trabajo de 1858 sobre el Libertador americano constituye su peor artículo en el conjunto de una obra brillante. También apuntaría su inicial eurocentrismo que no fue un “error” sino todo un paradigma de análisis, en gran medida superado a partir de la década de 1860, como intentamos demostrar en Nuestro Marx pero también en el último capítulo de Marx en su (Tercer) mundo.
—S. López Arnal:¿Cómo se relacionan en su aproximación a la obra del clásico el estudio de sus teorías y las prácticas políticas transformadoras en América Latina?
—N.K.: Toda nuestras aproximaciones a Marx y El Capital las hacemos desde las coordenadas ideológicas del marxismo latinoamericano sin por ello renunciar a lo mejor y más radical del marxismo revolucionario europeo, tanto del marxismo occidental como de obras y pensadores del este europeo, como son los casos de Isaak Rubin, Karel Kosik, Jindrich Zeleny entre muchos otros y otras. El marxismo de América Latina (no sólo el marxismo en América Latina) posee una larga historia que en tan corto espacio resulta imposible de resumir. Desde la obra de José Carlos Mariátegui hasta la teoría marxista de la dependencia en sus corrientes más radicales, como por ejemplo en los escritos y análisis de Ruy Mauro Marini. De toda esa historia los puntos más altos, sugerentes y perdurables seguramente han sido Mariátegui y el Che Guevara. Recién hoy en día estamos publicando la obra todavía inédita de Guevara, sus manuscritos de lecturas marxistas del período de Bolivia... (cuando los cuadernos se interrumpen por su asesinato). Para sintetizar le diría que en nuestro proyecto de investigación nos hemos propuesto estudiar a Marx y sus recepciones, reapropiaciones y derivaciones latinoamericanas. Son dos desafíos paralelos que nos multiplican las tareas de investigación, el tiempo de estudio y el trabajo, pero a los latinoamericanos no nos queda más remedio que encarar esa doble perspectiva al mismo tiempo.
—S. López Arnal: Habla usted en ocasiones de la lógica dialéctica. ¿Es una lógica alternativa a la lógica formal? ¿No cree usted entonces en el principio de contradicción?
—N.K.: Ese fue un largo debate de la década del ’50. A mí me sirvió mucho estudiar aquel libro de Henri Lefebvre Lógica formal, lógica dialéctica porque retomando los Cuadernos filosóficos de Lenin sobre la Ciencia de la lógica de Hegel, Lefebvre despejaba muchas incógnitas como la que usted me plantea. La lógica dialéctica no anula ni aplasta a la lógica formal (sea en su capítulo aristotélico clásico, sea en su capítulo matemático contemporáneo), sino que en todo caso delimita su campo de aplicación. En términos generales tiendo a pensar que la lógica dialéctica constituye una herramienta fundamental para los estudios sociales y para tratar de pensar los procesos históricos, sociales y políticos, repletos de contradicciones, a veces antagónicas, a veces no antagónicas. El soporte lógico de un programa de computación está articulado a partir de la lógica matemática. No me imagino cómo funcionaría una computadora violentando esa lógica binaria que excluye la contradicción. Pero a la hora de comprender las luchas sociales, los procesos revolucionarios, las contradicciones entre las clases sociales y los enfrentamientos políticos entre la revolución y la contrarrevolución, las diferencias no antagónicas entre potenciales aliados y las contradicciones insalvables e irreconciliables entre campos enemigos, la lógica matemática seguramente nos serviría de muy poco.
—S. López Arnal: Marxismo, comunismo… ¿Se puede ser comunista y no ser marxista? ¿Se puede ser marxista y no ser comunista?
—N.K.: Aquí entra en juego la lucha por el significado de las palabras. Marx y Engels denominaron al famoso Manifiesto de 1848 “comunista” porque el término comunista tenía un sabor más militante y combativo, como reconoce el historiador Cole. En aquella época había muchas sectas (quizás como ahora..., no lo sé), algunas se llamaban “socialistas”, otras “socialistas verdaderos”, otros “comunistas”. Marx y Engels se sintieron más atraídos y cercanos a los grupos de obreros militantes que a los filósofos genéricos, por eso denominaron ese texto programático (escrito a pedido de los obreros revolucionarios... como demuestra Riazanov) con el nombre emblemático “comunista”. Luego los nombres fueron cambiando. En tiempos de la segunda internacional un revolucionario radical como Lenin o una revolucionaria extrema como Rosa Luxemburg no dudaban en autocalificarse de.... ¡”socialdemócratas”! Hoy eso daría risa.
Más tarde, con la traición de la socialdemocracia durante la primera guerra mundial, el asesinato vil y bochornoso de Rosa Luxemburg a manos de los socialdemócratas alemanes, etc., el término adquirió una connotación absolutamente peyorativa. Hoy en día la socialdemocracia directamente se ha hecho neoliberal. No tiene nada de socialista, ni siquiera el nombre. ¿Qué quedó del término “comunista”? Sufrió un gran desprestigio a partir del stalinismo... las matanzas dentro de la propia familia de revolucionarios... tanto en la URSS como incluso en la guerra civil española. En el caso argentino se dio la tremenda tragedia que el partido que se llamaba y era conocido como “Partido Comunista” tuvo 106 militantes secuestrados y desaparecidos en 1976 pero a pesar de esa abnegación y esa entrega de su militancia su dirección política apoyó a la dictadura militar del general Videla. Trágico, inexplicable, delirante, loco, como quiera pensarse. Pero la apoyó. Hoy eso está fuera de discusión.
Los documentos y publicaciones de esa época son tremendos. Incluso una nueva camada de dirigentes del PC hizo en 1986 una autocrítica pública reconociéndolo. Entonces el término está cargado de connotaciones no siempre positivas. Sin embargo, en Argentina otras corrientes políticas intentaron disputar el término y el nombre. Por ejemplo, el máximo ideólogo del peronismo revolucionario John William Cooke, amigo del Che Guevara y él mismo marxista, estrecho aliado de la revolución cubana y partidario de la lucha armada, llegó a escribir “en la Argentina los comunistas somos nosotros”. Por su parte Mario Roberto Santucho, líder de la insurgencia guevarista argentina del PRT-ERP también se auto pensaba a él y su corriente política como comunista y llamaba a la unidad al Partido Comunista para que este último se incorporara a la lucha armada por el socialismo y contra la dictadura. Pero como el PC tenía otra posición política y otra estrategia, le daba la espalda... En fin. Muchas discusiones donde los nombres, símbolos y denominaciones no siempre se correspondían con las estrategias políticas. En el resto del continente, hubo “comunistas” (así se autodenominaban) que se opusieron a la revolución cubana y a la revolución sandinista...
Por eso creo que la respuesta a su pregunta debe darse históricamente. Los nombres están impregnados de debates históricos. En mi opinión Marx es un pensador comunista. Nuestro proyecto político de alcance mundial es a largo plazo y a nivel estratégico y por eso asume un carácter comunista. Pero los nombres históricos concretos y las denominaciones que adquiere ese proyecto estratégico varían de país en país, de acuerdo a las tradiciones culturales, a los debates del movimiento popular, a las polémicas... Creo que lo que hay que tener claro es el rumbo estratégico. Los nombres van cambiando... Un nombre en sí mismo no define nada. Toni Negri vive hablando de “comunismo” mientras en la vida real se limita a proponer tímidas reformas que no molestan a ningún poderoso ni le quitan el sueño a ningún empresario. Lo que queda, más allá de los nombres y las denominaciones, es el proyecto y la estrategia revolucionaria, anticapitalista, antiimperialista, por el socialismo, para intentar construir una nueva sociedad y un conjunto de comunidades libremente asociadas a escala mundial sin clases sociales ni policía o ejército, sin Estado, sin explotadores ni explotados, y donde intentaremos acabar con todas las formas de dominación. Nunca llegaremos a construirla siendo “amigos de todo el mundo”. Alguien se va a enojar... Habrá que enfrentarlo. Habrá que tener una estrategia de poder... sino volverán a ganar los Pinochet... y todo terminará en una nueva tragedia. Ese proyecto estratégico de cambios sociales radicales a escala mundial es el objetivo a largo plazo. En el medio deberemos ir luchando por iniciar la transición hacia esa superación del capitalismo. Si lo tenemos claro, los nombres y denominaciones no serán un problema.
—S. López Arnal: Marx, afirma usted, no sólo es el teórico de la explotación sino también del poder y de la dominación. ¿Nos señala algunas de sus tesis más esenciales?
—N.K.: En primer lugar, el marxismo no es una teoría de los “factores”. El factor económico, el político-jurídico y el ideológico. Ya Antonio Labriola le demostró a Aquiles Loria que marxismo y teoría de los factores son dos universos teóricos completamente distintos. La sociedad capitalista constituye un conjunto de relaciones sociales estructuradas históricamente. Marx intenta pensar la dominación en todas las relaciones sociales, no sólo en “el factor económico”. Eso en primer término. En segundo lugar, Antonio Gramsci se adelantó cuarenta años a Vigilar y castigar de Michel Foucault cuando planteó en el cuaderno Nº13 de sus Cuadernos de la cárcel que la política y el poder no son cosas sino relaciones. Pero Gramsci dio una explicación mucho más rica que la de Foucault. No sólo son relaciones “en general” sino que son relaciones de poder, de enfrentamiento y de fuerza entre las clases sociales. Bien, entonces cuando Marx, en una célebre nota al pie del capítulo 25 del tomo primero de El Capital nos alerta que todas las categorías son relaciones sociales (el valor, el dinero, el capital, etc.) lo que nos está diciendo es que son relaciones sociales de producción y al mismo tiempo de fuerza, enfrentamiento y de poder entre las clases sociales. Por lo tanto, El Capital nos habla de relaciones de producción —aquellas que nos permiten diferenciar una época histórica de otra— que al mismo tiempo son relaciones de fuerza y de poder entre las clases sociales. Por ejemplo el dinero no sólo no es un pedazo de lingote de oro alojado en la bóveda de un banco central ni un pedazo mágico de plástico de una tarjeta de crédito que por sí mismo, sin trabajo alguno, genera más dinero. El dinero expresa en realidad una relación social de producción generalizada en la cual se enfrentan clases sociales. Cuando hay inflación los ceros no suben de forma automática en los billetes por arte de magia. Lo que se expresa en la inflación, por ejemplo, es una relación de fuerzas donde una clase social pretende y se propone domesticar y dominar a otras clases sociales. De esta forma el dinero pierde su “extrañeza”, su carácter aparentemente “mágico” y se vuelve mucho más comprensible. La burbuja financiera expresa relaciones de poder y de fuerzas. No tiene nada de mágico ni de místico. El capital se mueve sin restricciones porque la clase obrera fue golpeada y derrotada en la lucha de clases. Ni el dinero ni el capital ni el mercado giran en sí mismos. No son comprensibles independientemente de la producción social pero tampoco al margen de las relaciones de poder y de fuerza entre las clases sociales. A escala nacional y a escala planetaria.
—S. López Arnal: Por último, para iniciar la lectura de Marx, ¿por dónde deberíamos empezar en su opinión?
—N.K.: En su momento escribimos Marxismo para principiantes y allí intentamos aportar distintas vías posibles de introducción a Marx, según sea el interés del lector o la lectora. Lo mismo intentamos hacer en Introducción al pensamiento marxista también publicado con el título Aproximaciones al marxismo. Habría muchas vías posibles. La única vía introductoria no es el prólogo de 1859 a la Contribución a la crítica de la economía política... Existen varios caminos alternativos. El marxismo es un universo abierto, probablemente el más interesante y sugerente de nuestra época, donde a contramano de la mediocridad actual, cada uno puede encontrar su propio camino y “elegir su propia aventura”. Es decir, encontrarle un sentido a su propia vida.
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