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miércoles, 5 de julio de 2017

Despidiendo a Luis Hurtado: luchador social, revolucionario

El pasado domingo 2 de julio falleció Luis Hurtado Rousseau, destacado militante de la izquierda revolucionaria y activista de movimientos sociales.


Lo conocimos participando en el Foro por la Democracia, en los años 1998-2000 en el accionar común en apoyo a las demandas del movimiento mapuche. Varias organizaciones populares de base formamos en octubre de 1998 el Consejo Amplio por la Nueva Relación con el Pueblo Mapuche, que actuaba conjuntamente con el Foro. Lucho Hurtado apoyó la causa, al igual que su tocayo Lucho Vitale, historiador, el doctor Patricio Cid, que dirigía el Foro, el Teo (que partió en septiembre de 2009), el peñi Pablo Vira Millahual, el profesor Francisco Manquelipe y muchas otras compañeras y compañeros.

Entrando a este siglo, desde el 2000, el compañero Hurtado no cesó de ser parte de los movimientos sociales en los que creía, alimentado con el ejemplo de Miguel Enríquez y de Salvador Allende, creyendo que todas las fuerzas de la historia nos llevan al cambio social, historia que la hacen los pueblos. Por eso mantuvo siempre su arraigo popular.
En su sector, el poniente de Santiago, concibió con otros compañeros, la idea de crear una biblioteca popular, y así surgió la biblioteca y centro cultural Grandes Alamedas, que funciona en Cerro Navia. Lucho fue uno de los fundadores de este Centro. Aquí nos volvimos a encontrar cuando con el recordado peñi Guillermo Lincolao, coordinamos un taller de historia y cosmovisión mapuche en 2011, y un taller de idioma mapuche en 2013-2014, realizados en el Grandes Alamedas. Lucho asistió a ambos talleres, realizado con calidad y rigor académicos (el segundo comprendió 16 sesiones de dos horas cada una, es decir 4 meses, como suelen durar los cursos universitarios). Las imágenes adjuntas lo muestran en una de las sesiones y al concluir el primer taller en junio de 2011.

Como creemos que la acción más necesaria es hoy propiciar el trabajo de base, en los territorios populares, incluimos dos enlaces, el primero a una publicación anterior, relativa al trabajo territorial como desafío para la izquierda del presente, y otro donde se reseña el Centro Cultural Grandes Alamedas.

Poniendo énfasis en la necesidad de realizar este trabajo de base, como supieron hacer el Teo, el peñi Lincolao, Lucho Hurtado y otros que nos han dejado este ejemplo, rendimos homenaje al compañero que nos acaba de dejar, esperando mantener esta consecuencia y dedicación, con ese ejemplo que nos dejaron ellos y  el de muchas y muchos que ya han partido.
Carlos Ruiz R.

EL TERRITORIO COMO ESPACIO EMANCIPATORIO:


Abriendo las Grandes Alamedas


CENTRO CULTURAL GRANDES ALAMEDAS
TALLER DE HISTORIA MAPUCHE EN SESIÓN
LUIS HURTADO, AL FONDO.

CEREMONIA DE CIERRE DEL TALLER DE HISTORIA
Y ENTREGA DE CERTIFICADOS.
LUIS HURTADO, de pie a la derecha.
Al centro, de pie, Guillermo Lincolao y Armando González,
Coordinador del Centro.


domingo, 3 de febrero de 2013

El territorio como espacio emancipatorio


Raúl Zibechi



Los movimientos de base territorial, rurales y urbanos, integrados por indígenas y afrodescendientes, campesinos y sectores populares, jugaron un papel decisivo en la resistencia y deslegitimación del modelo neoliberal. Desde sus territorios lanzaron formidables ofensivas que abrieron grietas en el sistema de partidos sobre el que se asienta la dominación y modificaron el escenario geopolítico regional. De modo directo e indirecto, influyeron en lo local, lo nacional, regional y global.

Han jugado y jugarán también un papel decisivo en la construcción de un mundo nuevo. Si ese mundo, como señala Immanuel Wallerstein (La Jornada, 12 de enero de 2013), será el resultado de una infinidad de acciones nanoscópicas, las pequeñas mariposas capaces de construirlo habitan territorios en los que resisten y en ellos pueden construir relaciones sociales diferentes a las hegemónicas. No es con manifestaciones ni declaraciones, por más masivas y necesarias que sean, como se crea el socialismo, sino con prácticas sociales en espacios concretos. Territorios en resistencia que son a la vez espacios en los que va naciendo lo nuevo.

Hasta ahí, son temas que hemos venido debatiendo en los últimos años. El capitalismo puede ser derrotado si somos capaces de expropiarle los medios de producción (y de cambio) en un largo proceso. Pero la cuestión no se agota allí. El sistema aprendió a desorganizar, diluir, cooptar y aniquilar por la fuerza (todo junto, no una u otra acción) a los sujetos nacidos y arraigados en la resistencia territorial. La combinación de fuerza bruta (militar y policial) con políticas sociales para combatir la pobreza es parte de esa estrategia de aniquilación.

Ante esta situación compleja y difícil, crece la tentación de replegarse de los territorios en los que nacieron múltiples sujetos colectivos, buscando lugares más propicios donde seguir creciendo. A veces se apuesta por lo sindical, otras a lo estudiantil y en otras por lo electoral. Un debate de este tipo atraviesa sobre todo a movimientos en Argentina, Chile, Paraguay y Perú, aunque está presente en casi todos los países.

Es cierto que lo territorial por sí solo no alcanza. Que debe incluir formas diferentes de hacer política donde la gente común decida y ejecute; que hace falta crear formas de poder distintas a las estatales; que para garantizar la autonomía territorial es imprescindible asegurar la sobrevivencia material, o sea salud, educación, vivienda y alimentación para todos y todas.

Pero no podemos olvidar que los territorios son claves para la lucha por un mundo nuevo por dos razones, digamos, estratégicas: se trata de crear espacios donde podamos garantizar la vida de los de abajo, en todas sus multifacéticas dimensiones; y porque la acumulación por despojo o guerra ?que es el principal modo de acumulación del capitalismo actual? ha convertido a los movimientos territoriales en el núcleo de la resistencia. La mutación del capitalismo que conocemos como neoliberalismo es guerra contra la vida.

A ellas se podría agregar un tercer argumento: sólo es posible resistir en las relaciones tejidas en torno de valores de uso, ya sean materiales o simbólicos. Si sólo nos movemos en las esferas de los valores de cambio, nos limitamos a reproducir lo que hay. Cerrados los poros de la vida en las fábricas por el posfordismo, es en los territorios, barrios, comunidades o periferias urbanas donde aun esos mismos trabajadores se vinculan entre sí en formas de reciprocidad, ayuda mutua y cooperación que son relaciones sociales moldeadas en torno del intercambio de valores de uso.

No es una cuestión teórica y por lo tanto sólo se puede mostrar. Se conoce y se practica, o no se entiende. Resistir hoy es proteger la vida y construir vida en territorios controlados colectivamente. El punto es que si abandonamos los territorios, ganaron los de arriba. Y en este punto no hay dos caminos. Sólo queda hacerse fuertes y autónomos allí, neutralizando las políticas sociales que quieren destruir lo colectivo salvando al pobre individualmente.

El pueblo mapuche resiste desde hace cinco siglos aferrándose a sus territorios. Así derrotaron a los conquistadores españoles, y en ellos se repusieron de la derrota que les infligió la República criolla en la guerra de exterminio conocida como Pacificación de la Araucanía en la segunda mitad del siglo XIX. En sus territorios aguantaron el diluvio de la dictadura pinochetista y las políticas antiterroristas de la democracia, debidamente condimentadas con políticas sociales para someter con migajas lo que no pudieron con palos.

No es la excepción sino la regla. Chiapas, Cauca, Cajamarca donde se resiste el Proyecto Conga, Belo Monte, El Alto o el conurbano de Buenos Aires, entre muchos otros, muestran que la combinación de guerra y domesticación son los modos de esterilizar las resistencias. Lo que diferencia esos territorios es que allí existen los modos de vida heterogéneos sobre los cuales es posible crear algo distinto a lo hegemónico. No nos engañemos: esa posibilidad no existe hoy ni en las fábricas ni en los demás lugares donde todo son valores de cambio, desde el tiempo hasta las personas.

Por eso las políticas sociales se han territorializado, porque los gestores del capital percibieron que allí venían perdiendo pie ante el nacimiento de sujetos integrados por los que no tienen nada que perder: mujeres, hombres y jóvenes sin futuro en este sistema, aquellos que por el color de su piel, su cultura y su modo de ser no tienen cabida en las instituciones, ni siquiera en las que se reclaman de izquierda o defensoras de los trabajadores. Allí sólo existen como representados, o sea como ausentes.

No hay alternativas al trabajo territorial, ni atajos para hacer más corto y soportable el camino. La experiencia reciente muestra que es posible doblegar el cerco del sistema contra nuestros territorios, superar el aislamiento, sobrevivir y seguir adelante. Persistir o no, es una cuestión de pura voluntad.


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  • FOTOS:
     Trabajo de base en territorios populares. Taller de Historia Mapuche, actividad del Centro Cultural Grandes Alamedas (Cerro Navia), en unión con el Centro Mapuche de Estudio y Acción.