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domingo, 18 de mayo de 2014
CONMEMORAMOS 45º ANIVERSARIO DEL MAPU
Ayer sábado 17 de mayo, los colectivos de Santiago, realizamos la romería al Cementerio
General en recuerdo de nuestros compañer«s asesinad«s y desaparecid«s durante la dictadura (y también después).
Un pequeño grupo de militantes y amig«s visitó el Memorial de los ejecutados y
detenidos desaparecidos. Carlos señaló que la memoria de nuestr«s compañer«s caíd«s nos impulsa y alienta a seguir la lucha por la
que cayeron: principios que nos llevan a luchar por una sociedad mejor, objetivos
anticapitalistas y antiimperialistas, un proyecto de país y mundo al cual no
hemos renunciado.
Estuvimos en la tumba del Presidente Mártir, Salvador Allende, donde
dijimos que el MAPU había nacido en 1969, luego del fracaso del reformismo democratacristiano,
que había prometido una “revolución sin sangre” y a cambio había derramado
sangre sin revolución. Dijimos que el MAPU nació con un nombre con doble
significado: “fue como mágico”, nos dimos el nombre de la Tierra y nos
comprometimos en la lucha por que la tierra fuese para l«s que la trabajan, chilen«s, mestiz«s y mapuche. Hoy agregamos a este ideario,
la lucha por defender la Madre Tierra – Ñuke Mapu – Pacha Mama, algo que hace
45 años no estaba tan claro y hoy forma parte de nuestra razón de existir.
Recordamos que el MAPU trabajó desde su nacimiento por la unidad de las fuerzas
de izquierda y estuvimos entre l«s que conseguimos el triunfo popular del 4
de septiembre de 1970. El gobierno popular lo vimos como una vía para construir
el poder popular, con el objetivo final de la sociedad socialista.
Seguimos el recorrido hacia la tumba de nuestro principal constructor,
Rodrigo Ambrosio, pasando por la del padre del proletariado de Chile, Luis
Emilio Recabarren, cuya memoria también recibió nuestro homenaje.
La actividad principal se realizó ante la tumba de Rodrigo y el memorial de
nuestr«s ausentes-presentes. Tod«s tuvimos la oportunidad de expresar nuestras
posiciones y sentimientos. Estuvimos acompañad«s por herman«s de la nación mapuche, Izquierda
Revolucionaria, Humanistas, de la Alternativa Revolucionaria Comunista –ARCO- y
de la Unión Bicentenaria de los Pueblos, Capítulo de Chile. Se habló de la
unidad y la fraternidad, que se expresa y manifiesta principalmente a través de
la acción en tareas comunes, como las que hemos venido realizando con tod«s ell«s.
Concluimos con un almuerzo fraternal, donde se reforzaron las expresiones a
favor de la unidad de l«s populares y de seguir en la lucha común
de l«s que no hemos claudicado las posiciones
socialistas y el objetivo central de alcanzar la sociedad sin clases. La
actividad, la presencia de militantes y herman«s, nos da nuevas fuerzas para seguir en este
empeño porfiado y en nuestro itinerario revolucionario.
Nelson (Coordinador General):
Algunos neoliberales han hecho correr en estos días una invitación a un
acto que dice que el MAPU fue resultado del accionar de un grupo de “locos y
soñadores”. No es así, la fundación del MAPU fue resultado de un largo proceso
de toma de conciencia y generación de rebeldía, de un análisis científico de la
realidad, de la coyuntura, el MAPU se insertó en la larga historia de las
fuerzas populares y proletarias que venían luchando por largo tiempo por
alcanzar el gobierno y el poder, por conquistar y defender derechos para las
clases populares.
La pequeña burguesía suele ver las luchas populares como obra de “idealistas”
cuando tienen un sustento concreto, en el accionar de las clases populares que
son las mayorías. Era muy ajustado a la realidad proponerse crear un nuevo
destacamento proletario, en un sentido unitario, y sumarse a este proceso
ascendente de luchas populares.
No solo proveníamos de la Democracia Cristiana, también de otros partidos y
organizaciones.
Esta lucha fue contra el imperialismo, las transnacionales como las grandes
empresas mineras, contra el latifundio, etc.
Buscamos la unidad, la Unidad Popular no existía como tal. El concepto de
Unidad Popular lo acuñó Radomiro Tomic pero la izquierda lo asumió más tarde.
El MAPU fue importante en la generación de la UP y en la designación de
Allende como candidato presidencial único de la izquierda. El MAPU fue el
primero en bajar su candidatura en apoyo de la de Allende, y después otros
hasta que se logró la candidatura única.
Nos pusimos a luchar de inmediato. Allende ganó por más de 30.000 votos y
el MAPU tenía unos 35.000 miembros y votantes por el año 1970.
También los pequeños burgueses han dicho que el MAPU no existe. Es cierto
que no hay un Partido MAPU inscrito, pero se mantienen los principios, los
objetivos. El MAPU es parte de nuestra cultura, de nuestro ser. Para los
militantes, es algo que llevamos muy dentro. Es posible una sociedad mejor, y
el proletariado puede constituirla. Estamos convencidos: el MAPU puede ser
existente mientras haya luchas para que Chile sea una sociedad socialista, más
justa.
Los pequeños burgueses tratan de hacerse los simpáticos y han hecho bromas
que sólo reflejan su mal gusto y mala intención, demuestran lo que son.
No somos “locos” ni “soñadores”. Es muy pequeñoburgués creer que uno sueña,
es algo “romántico”. Pero ellos no rinden homenaje a nuestros caídos. Ellos no murieron
solamente por la “vuelta a la democracia” sino por un cambio revolucionario.
Rodrigo Ambrosio, cuando era Secretario General (y pese a que teníamos
varios ministros y subsecretarios), decía que nuestra meta no era el gobierno,
que tenemos que ser un Partido Proletario, que tenemos que estar dentro de la
masa proletaria. Enfocó la tarea del MAPU en lograr una presencia importante
entre los trabajadores sindicalizados en la CUT. Ambrosio se dedicó por entero
a construir el MAPU, no quiso cargos de gobierno ni de parlamentario.
En ese empeño, de vuelta de la proclamación de nuestros candidatos a la CUT
en Valparaíso, sufrió el accidente en que curiosamente fue el único muerto.
Nuestro secretario general viajaba en un Fiat 600, muchos de nosotros usábamos autos
más grandes y seguros.
Ambrosio nos ha hecho mucha falta, era nuestro gran orientador. Logró
mantener el partido unido. Después surgieron profundas diferencias sobre el
proceso de cambios.
Nosotros recordamos a nuestros caídos con respeto y afecto. Eran nuestros
compañeros de trabajo, militábamos con ellos. No vamos a dejar de venir acá.
Vamos a honrar a nuestros compañeros.
(CONTINUARÁ)
martes, 4 de enero de 2011
Rodrigo Ambrosio y la caracterización de clases sociales en Chile
1941-2011
En saludo al 70º aniversario del nacimiento de Rodrigo Ambrosio Brieva.
Carlos Ruiz
En distintos foros y congresos, hemos ido escuchando que en el Chile de hoy “hay muy pocos trabajadores”, “ya no hay obreros”. Parece absurdo, irreal, y es que lo es. Significa no saber quien es trabajador/a y quien no lo es.
También se debate a favor y en contra del papel protagónico de los “trabajadores” o de “la clase obrera”, liderando las transformaciones revolucionarias que nos han de llevar a crear una nueva sociedad, una nueva cultura.
¿Es que ya no se trabaja en Chile? ¿Vivimos como en una reducción norteamericana, de un subsidio estatal para que nos vayamos muriendo de tedio? ¿A dónde se van esos millones de personas que salen a las 6 de la mañana de la casa y no vuelven hasta las 21 horas? ¿A tirar migas de pan a las palomas, y quién paga ese pan que no va a la sopa?
Hay quienes sostienen que los movimientos sociales más dinámicos no son los trabajadores. Es cierto que ha habido movilizaciones de estudiantes, de pueblos originarios (especialmente mapuche y ahora también, rapa nui), de defensores del ambiente, y que han sido más masivas que las convocadas por las organizaciones tradicionales de los trabajadores. Pero la comparación lleva a esas conclusiones, porque el movimiento sindical se ha movido muy poco, y los mapuche un poco más. Pero no se trata de movilizaciones que puedan provocar grandes cambios. Es que el grueso de la clase proletaria no ha entrado en la pelea.
Si se emiten planteamientos tan absurdos como los que estamos escuchando, es porque se ha conceptualizado mal el término “trabajador”.
Hace 40 años, Rodrigo Ambrosio (junto a l*s verdader*s mapucistas, si bien revueltos en 1970 con algunos Judas del capital), nos enseñaba que incluso la palabra trabajadores no conceptualizaba correctamente lo que queríamos decir y ya desde entonces, los mapucistas empezamos a hablar del proletariado. Y entonces, había sectores diferentes del proletariado, a partir de su origen en la producción: un proletariado de los mineros, nacido en el norte al calor de la pampa, de los cachuchos y de la palabra de Recabarren, de ahí nació el POS y se hizo PC; otro proletariado industrial incipiente, que dio origen al PS desde los 30. Y un proletariado producto del neocapitalismo desarrollista de los 60, de donde salió el MAPU. Así, destacamentos proletarios, todos necesarios y que debían unirse, no fusionarse aun. En los nuevos sectores proletarios hay “campesinos” convertidos en obreros agrícolas, trabajador*s temporer*s del campo y la ciudad, oficinistas, intelectuales dependientes de un patrón, el "proletariado de cuello y corbata"(1). Junto a esta clase, existen otros sectores y clases explotadas, que son aliados estratégicos del proletariado.
El MAPU tras su Primer Congreso (noviembre de 1970, inmediato al triunfo de la Unidad Popular y en los días previos a la asunción del gobierno de Salvador Allende), y bajo la conducción de su Secretario General, Rodrigo Ambrosio, definió que la contradicción central de clases sociales, era entre la minoría del país, que eran los burgueses, y la mayoría, que éramos los proletarios, y que éstos podían aliarse con otros sectores explotados. Los documentos emanados de la Comisión Política y los escritos del compañero Ambrosio, nos aclaraban que se debía desterrar de nuestro vocabulario, categorías como “pobres” y “ricos”, y el concepto tan manoseado de la “clase media”, para usar un lenguaje acorde al instrumento de análisis de la realidad que el MAPU había aprobado, y que era el materialismo histórico, no dogmático y no excluyente. Desde entonces, tenemos claro que se puede hablar de trabajadores, clase obrera, pero hay que precisar cada concepto, y que el término real que designa al explotado/a por una empresa capitalista, es proletario.
Las categorías de ricos y pobres, según Ambrosio y la Comisión Política del MAPU, corresponden a un lenguaje que oculta el carácter de la explotación que ejercen unas clases contra otras. El uso del término “los pobres” corresponde más a la ideología cristiana que al método científico de interpretación de la economía política. El concepto de “clase media” y su variante “capas medias”, es un mito, “son en verdad nociones inventadas por la burguesía, que sólo sirve para confundir al proletariado haciéndolo creen que hay un ‘puente’, una manera de pasar de una clase a otra. El MAPU debe luchar por destruir estos mitos, y utilizar un lenguaje con contenido real”(2).
La diferencia entre burgueses y proletarios es que los primeros pueden comprar medios de producción y fuerza de trabajo, y los proletarios no pueden comprarlos, “viéndose obligado a vender su energía humana, su fuerza de trabajo, a cambio de un salario con el cual poder comprar alimentos, ropa y demás medios de consumo que necesita. Esa es la diferencia esencial y no el que unos sean más ricos y otros más pobres”(3). Sigue el documento, explicando que “hay capitalistas con mucho dinero y otros que apenas pueden mantener una pequeña empresa... Dentro del proletariado hay también trabajadores que ganan altos sueldos y otros que apenas tienen para comer, hay quienes son empleados y quienes son obreros; pero todos tienen de común el que no poseen nada que se use para la producción, no son dueños de cosas con las cuales producir y, por tanto, tienen que vender su potencialidad de trabajo a los capitalistas, que les pagan por ello”(4). Concluye el apartado, definiéndose que “por ser la única clase social que no dispone de ningún medio de producción, el proletariado es la única que no tiene ningún interés particular en mantener la propiedad privada sobre esos medios, y por eso es la única clase que puede dirigir una revolución capaz de abolir toda propiedad privada sobre los medios de producción, y por lo tanto, toda diferencia de clases, o sea, lo que se llama una revolución socialista o proletaria. Esto no impide, claro, que sectores de otras clases puedan aliarse con el proletariado en esta lucha; pero como es el proletariado el que dirige, y como el enemigo es el núcleo más sólido de la burguesía, puede decirse que la lucha consiste, en términos generales, en una lucha del proletariado contra la burguesía, una lucha que persigue la abolición de las clases sociales, la abolición del hecho de que algunos pocos puedan apropiarse de los medios de producción que debieran ser de todos, o sea, la construcción de una sociedad en que estos medios son propiedad común de todos los que trabajen, es decir, una sociedad sin clases”(5).
Situar a estudiantes (hij*s de trabajador*s), indígenas, temporer*s, poblador*s, comerciantes ambulantes, feriantes, "coler*s"(6), etc., como no trabajadores, no puede aceptarse, si nos ponemos agudos para el análisis.
Ha habido muchos cambios en 40 años, pero no ha habido un análisis que arroje luz sobre las posiciones más o menos "correctas" que debemos seguir hoy.
La pobreza dura, la desigualdad, siguen peor, según las estadísticas. Todo encubierto por la ideología, por los medios de comunicación, por la farándula, la Cuarta en reemplazo del Reader's Digest. Nuestra lucha está más vigente que nunca, pero no se conocen bien las estructuras de clase de la sociedad chilena actual, salvo estadísticas que confirman el predominio numérico de l*s explotad*s.
En estricto rigor, deberíamos hablar del proletariado, categoría científica, y no solo de trabajadores (Piñera también trabaja, a su manera, y las FFAA y los sapos igual). Estamos de acuerdo con que "la clase obrera" ha cambiado mucho y no puede reducirse al obrero industrial, minero o agrícola.
Un estudio verdaderamente acucioso (y que no podemos acabar por ahora) nos debe demostrar que hoy la producción supone que parte de proceso es llevado a cabo por temporer*s, por trabajador*s extern*s, de jornada parcial, y por un ejército de promotor*s, vendedor*s, etc., que forman parte de la cadena productiva hasta llegar al consumidor. De acuerdo a esta hipótesis, hasta el vendedor ambulante de helados, es obrero de la fábrica de helados, al que se ha despojado de su identidad proletaria, de su sindicalización, del techo de la fábrica, de los derechos laborales. El sistema presenta a este sujeto como dueño de un supuesto "capital" (a veces de 20 lucas) que día a día cambia por helados para la venta, haciendo de un explotado, un "capitalista".
(CONTINUARÁ)
NOTAS:
(1) MAPU. El carácter de la revolución chilena. Comisión Política, 1ª ed, Santiago, 1971.
(2) El carácter... 3ª edición, agosto de 1972, pp. 58-59.
(3) Ibíd., 28.
(4) Ibíd., 28-29
(4) Ibíd., 28-29
(5) Ibíd., 30-31.
(6) Colero/a: comerciante semiambulante que se instala "a la cola" de las ferias libres, sin permiso municipal. Los feriantes establecidos suelen entrar en contradicción con ellos, por efecto de la ideología dominante, siendo que unos y otros son aliados estratégicos en la lucha por el derecho al trabajo que está en peligro dado el desarrollo actual del capitalismo y la competencia que les presentan los grandes supermercados y el retail.
viernes, 17 de diciembre de 2010
18 de diciembre, SALUDAMOS EL DÍA INTERNACIONAL DEL MIGRANTE
El blog MAPU EN LA LUCHA
está siendo visitado por herman«s de toda nuestra América, Abya Yala. En el día
Internacional del Migrante, enviamos un fraternal saludo a tod«s
nuestr«s
herman«s
que viven en otro país. En Chile, muy en especial a nuestr«s
herman«s
trabajadores de Perú, Ecuador, Argentina, Colombia, Haití, que laboran en
desfavorables condiciones, explotad«s por la gran burguesía
y no debidamente reconocid«s como compañer«s de clase por algun«s
chilen«s.
También un cariñoso saludo a l«s much«s chilen«s que siguen viviendo
fuera de su país.
Del Programa del MAPU, II Congreso, diciembre de 1972:
5... Es el carácter mundial del régimen
de producción capitalista, de la clase obrera, del comunismo, y de la revolución
socialista lo que constituye así la base profunda de la solidaridad
revolucionaria entre los pueblos, la base profunda del internacionalismo
proletario.
6. La revolución chilena no
puede, pues, entenderse sino como la fase chilena de la revolución socialista
mundial. De allí que la lucha de la clase obrera chilena por el poder y el
socialismo tenga que enfocarse, en primer lugar desde el punto de vista de su
ubicación en la lucha que contra el capitalismo libran el proletariado y los
pueblos de todo el planeta, y en especial de América Latina.
31
... El MAPU entiende que la única
garantía sólida del éxito de la edificación socialista en Chile es su integración
al campo económico más vasto que será abierto por la revolución socialista en
el resto del Continente. Por eso, concebimos a la revolución chilena como parte
inseparable de la revolución latinoamericana y reivindicamos el legado
bolivariano expresado en el heroico sacrificio del Comandante Che Guevara. Al
mismo tiempo, creemos que el mejor aporte que Chile puede hacer a la causa de
la revolución latinoamericana y mundial, es avanzar con decisión en Chile por
la senda de nuestra propia revolución socialista.
CONCENTRACIÓN SÁBADO 18 A PARTIR DE LAS 14:00 CALLE CATEDRAL ENTRE
PUENTE Y BANDERA
DECLARACIÓN PÚBLICA
Considerando que:
- Chile ha devenido en un país receptor de trabajadores inmigrantes, principalmente de países vecinos, y que pese a ello no existe una legislación y política migratoria que sea concordante con los desafíos que impone esta realidad. La migración es un derecho y no un delito.
- Son valores y principios fundamentales de Chile y de su pueblo, durante su historia, el de ser generosos con los hermanos extranjeros, sin distinciones y odiosidades ajenas de los reales sentimientos de solidaridad entre nuestros pueblos, siendo que es nuestro deber el fomentar y defender tales valores, los mismos que imponen a su vez el reconocimiento pleno de los derechos de todos los trabajadores y trabajadoras sin distinción alguna. El desarrollo de la humanidad y en lo específico de todos los pueblos entre ellos Chile, siempre se ha enriquecido con el aporte de las y los trabajadores inmigrantes extranjeros y a ello hay que reconocer el público compromiso que han asumido los inmigrantes en ser parte de este país.
- Resulta imperioso conjurar que se sigan cometiendo abusos y violaciones a los elementales derechos de los inmigrantes, ello sin perjuicio de la persecución y castigo a las agresiones ya concretadas.
- Tales violaciones y ataques a los derechos de los inmigrantes no solo han sido producidos por particulares, sino que institucionalmente se han concretado, que no permiten que los inmigrantes puedan contar con mecanismos adecuados y realistas que les faciliten su residencia en el país.
- La irregularidad migratoria es un mal en si misma, no solo porque da cabida a las violaciones de dichos derechos, sino porque a la vez no es conveniente para el país que se promueva el trabajo informal, se atenta contra los aportes que corresponden por salud y pensiones de tales trabajadores, se generan diferenciaciones de trato respecto a los trabajadores nacionales, se agravan y provocan múltiples problemas sociales.
- Si bien en el año 2007 ocurrió un procedimiento extraordinario de regularización migratoria, este no supo atender a cabalidad la complejidad de las situaciones señaladas, dado que no se contemplaron múltiples casos, que si bien eran urgentes de atender, se dejaron de lado, ello en particular por soberbia del diseño en escritorio, al margen de la participación de los inmigrantes y pese a que hicimos sugerencias oportunas y pertinentes que nunca fueron atendidas.
- Considerando que a raíz de los últimos acontecimientos, principalmente después de la tragedia del 27 de febrero del 2010, es conveniente contar con el apoyo de los inmigrantes en la reconstrucción del país.
- Es urgente la tramitación de una nueva ley de migraciones, la definición de una nueva política migratoria basada en la responsabilidad social, histórica y humanitaria que le corresponde a Chile en las actuales circunstancias y no en los parámetros vigentes.
- Creemos que es posible y necesario el inicio de un nuevo procedimiento extraordinario de regularización migratoria que diseñado adecuadamente podría beneficiar entre 35 a 50 mil inmigrantes. El sustento de esta medida la hemos presentado a través de dos cartas al Presidente de la Republica de Chile don Sebastián Piñera el 7 de mayo y el 2 de noviembre del presente año; teniendo en cuenta que el Estado chileno debe afrontar la actual realidad migratoria y asumirla en todas sus implicancias y dimensiones en forma responsable y coherente, en cumplimiento de sus compromisos internacionales vigentes y responsabilidades económicas, sociales, políticas y humanitarias que de ella se desprenden.
Solicitamos una declaración del gobierno que respetará los derechos de los migrantes y los compromisos suscritos a nivel internacional, así como el respeto de los derechos de los refugiados mientras no se resuelvan legalmente los vacíos e incertidumbre dejados por la ley vigente
Corporación Colectivo Sin Fronteras Comité de Refugiados Peruanos en Chile Teléfono:7325006
Representantes Red de Organizaciones por los migrantes en Chile
viernes, 21 de mayo de 2010
EL LEGADO TEÓRICO DE RODRIGO AMBROSIO
MANUEL ACUÑA ASENJO
Santiago, 19 de mayo 2010
Con excepción de un libro homenaje, escrito hace algunos años, intitulado ‘In Memoriam. Rodrigo Ambrosio, constructor del MAPU’, y cuya segunda edición, corregida y aumentada saldrá publicada en Suecia, Estocolmo, durante el curso del mes de agosto, jamás he redactado un artículo en memoria suya ni he recurrido al empleo de sus palabras para argumentar en contra de las posiciones que caracterizaran a los miembros de esa organización, personajes destacados en los sucesivos gobiernos de la Concertación. Menos, aún, escribir acerca de su legado teórico, materia cuyo trato a muchos avergonzaría. Dos razones avalan esta conducta mía.
Una es, por supuesto, el hecho que Rodrigo, a pesar de ser un escritor infatigable, dejó pocos documentos suyos, la mayoría de los cuales pasó a constituir la línea teórica y programática de su partido. Los escritos de Rodrigo y su partido, pues, se confunden en una obra única al extremo que solamente avezados investigadores podrían distinguir donde empieza y termina tanto el trabajo colectivo como el suyo.
Hay, no obstante, una razón más importante que me ha hecho guardar silencio ante su figura. Esta no es otra que la misma que me obliga a callar frente al legado que deja la presencia rutilante y conmovedora del presidente Salvador Allende. Ambos son personajes históricos. No se caracterizaron por dejar un legado teórico de proporciones. Fueron líderes que construyeron patria y organización al compás de los acontecimientos. Pertenecen, por consiguiente, a su tiempo y a su historia, y obligan a formular inevitables comparaciones. Sin embargo, nada puede presumirse de ellos que no sea lo que verdaderamente fueron; la muerte, que interrumpió el flujo de sus vidas, impide suponerles conductas que no adoptaron ni podrán adoptar jamás. La muerte, por consiguiente, impide manipular sus memorias. Fueron grandes en su tiempo porque lucharon por sus convicciones y fueron capaces de crear nuevas formas de concebir la organización social con los instrumentos teóricos que poseían. No se les puede criticar porque nacieron en una época que no se corresponde con la nuestra. Al contrario: precisamente por eso ha de considerárseles grandes. Porque sin contar con el instrumental que la moderna sociedad nos entrega fueron capaces de señalar un camino y una tarea para las generaciones que habían de sucederles.
Rodrigo estudió en Francia, nación en la que ya destacaban Charles Betthelheim, Nicos Poulantzas, Étienne Balivar, Louis Althusser, entre otros, cuyas críticas al ‘socialismo real’ comenzaban a hacerse públicas, en tanto dentro de Italia y España realizaban similar labor Umberto Cerroni, Eduardo Fioravanti, Manuel Castells, también entre otros. Era una época en que se buscaba la posibilidad de instaurar un modelo socialista distinto al pregonado por la URSS, cuyas bondades muchos comenzaban a poner en duda. No por algo esos autores eran observados con sospecha por la militancia comunista, poco proclive al análisis y muy inclinada a tener fe en la sapiencia de sus líderes, defensora inclaudicable de las bondades de un modelo cuya verdadera esencia desconocía. Y es que la propaganda de la URSS era poderosa en ese entonces porque mostraba una experiencia real, un resultado (una ‘gestión’ exitosa, si empleamos las palabras de los ministros piñeristas), y no una simple elaboración teórica: podía, por consiguiente, no sólo atribuirse ser la heredera de las tesis de Lenin (que, verdaderamente, lo era), sino además de Karl Marx.
Puedo asegurar que Rodrigo no sucumbió ante la propaganda del modelo soviético; de otra manera hubiere reconocido filas en el partido comunista chileno. Pero era profundo admirador de las luchas populares, de las grandes epopeyas que hablaban de sociedades tomando para sí el control de su propio destino. Y eso era lo que había descubierto en determinados movimientos comunistas. No la forma de gobierno propiciada por ellos ni su estilo de organización social, sino el permanente ejercicio del poder de las masas, de toda una formación social en marcha hacia el encuentro consigo misma. Por eso sus tesis rebozan de confianza en las personas, en las masas, en sus organizaciones, lugares en los cuales debía radicar el verdadero poder, el control social.
No puede suponerse que seguiría Rodrigo siendo hoy lo que fue; tampoco puede presumirse que abjuraría de todo su pasado, como la generalidad de la membrecía del MAPU lo hizo para abrazar la causa del mercado. Rodrigo está muerto. Suponer conductas políticas actuales en quienes han fallecido es política ficción. Las personas pertenecen a un tiempo y lugar determinados, a una sociedad y a una época.
Puede, sin embargo, hacerse una breve reflexión. Rodrigo fue un sujeto autoritario; al menos, así se manifestaba. El autoritarismo es una enfermedad psíquica. Fromm la considera, junto con el conformismo y la autodestrucción, uno de los tantos ‘mecanismos de evasión’ que emplea el ser humano para superar la angustia de encontrarse inmerso en una sociedad que lo doblega. Constituye, por ende, una conducta anómala, aunque se dé en forma frecuente. El autoritarismo es típico del líder político que se impone a gritos, y emplea el desprecio y la descalificación como arma política. Es una conducta típica en el Chile de hoy.
El autoritarismo de Rodrigo era, no obstante, bastante especial. Yo no estoy seguro si puede considerársele como tal o si era una forma de imponerse a quienes mostraban claras tendencias al autoritarismo y al ejercicio del mando. Un hecho interesante que avala esta sospecha es que, durante el tiempo en que Rodrigo ejerció la Secretaría General del MAPU, la cohesión del partido adquirió rasgos monolíticos, al extremo que, cuando se retiraron las figuras más emblemáticas del partido (Alberto Jerez, Julio Silva Solar, Jacques Chonchol y Rafael Agustín Gumucio) para formar la Izquierda Cristiana, todos ellos se fueron solos, sin apoyo alguno de las bases. El autoritarismo de Rodrigo pareciera ser que se ejercía como forma de cohesionar a una base extremadamente autoritaria. Lo cual hace concluir que Rodrigo, a diferencia de quienes lo reemplazaron más tarde en la dirección de las fracciones mapucistas organizadas tras su muerte, estaba consciente de lo que hacía. Es decir, que cumplía su rol de factor de unidad. En términos vinculados a la ‘teoría de la complejidad’ (‘caos’), Rodrigo era el ‘atractor’ del movimiento social. Su factor de cohesión. Ello explica, además, que a su muerte se dividiese el MAPU, casi inmediatamente, en dos fracciones acaudilladas, respectivamente, por Oscar Guillermo Garretón (MAPU) y Jaime Gazmuri (MAPU Obrero y Campesino MOC), y que, luego del golpe militar, la primera de éstas se subdividiese en otras tres que fueron el MAPU oficial, el MAPU Partido de los Trabajadores y el MAPU Comité Central. El MAPU Obrero y Campesino, liderado por Gazmuri, no se dividió porque allí se reunieron todos los que se consideraban ‘dueños del MAPU’, los ‘patrones’, los que dieron lo que podría denominarse como ‘perfil del dirigente del MAPU’; no se dividieron, además, porque, como lo expresara brillantemente Adriana Delpiano, tenían vocación de servidores del Estado; se preparaban para asumir el gobierno del país.
Las divisiones del MAPU terminaron, finalmente, en un reencuentro de personalidades, de dirigentes que, por fin, veían aflorar sus respectivos caracteres individuales, subsumidos hasta ese momento bajo el recuerdo de la fuerte personalidad de Rodrigo. Si en algunas oportunidades emplearon la excusa de las diferencias teóricas para justificar tales divisiones, lo cierto es que, al advenir la democracia, gran parte de ellos se habían vuelto a unir, en el carácter de militantes socialistas (tanto en la llamada Convergencia Socialista como en algunas de las diversas fracciones que presentaba el Partido Socialista PS) o del Partido Por la Democracia PPD, para asumir el reto de dirigir al país. Atrás quedaban las luchas por el poder popular o por la profundización de la democracia. Obnubilados por la marea centelleante del mercado, convencidos de haber recibido la divina misión de ‘guiar al pueblo hacia su destino histórico’ sustituyeron sus principios socialistas ‘estatistas’ por el ‘socialismo de mercado’. Al amparo del Estado estaban las buenas rentas fijadas por la dictadura para tentar a los empresarios en la labor de dirigir la nación y la posibilidad de crear nuevos empresarios, nuevos negocios, nuevos lobbies. La tarea que emprendieron no fue distinta a la que guió a Pinochet en su asonada golpista: sólo haciendo más ricos a los ricos se harían ricos, también, los pobres. Como si el capital no fuese el engendro que es. Como si el capital no existiese tan sólo para acrecentarse. Semejante concepción solamente había de poner al descubierto la espantosa indigencia teórica de sus sostenedores, personajes inclinados a practicar la ‘ingeniería política’ por sobre el análisis teórico.
No debe sorprender, por consiguiente, que todos quienes se erigen hoy como organizadores del MAPU pocas veces quieran reivindicar la figura de Ambrosio y, antes bien, sientan un poco de recelo en hacerlo. Es obvio que así suceda. La figura de Rodrigo avergüenza a sus sucesores. Tal vez por eso prefieren separarse de aquella, reivindicar su rol de constructores del Chile post dictatorial y atribuir las ideas que hicieron posible la organización de ese movimiento a ‘pecados de juventud’.
Y es que Rodrigo, con todo, dejó un legado político que puede descubrirse en los documentos que escribió, en sus discursos e intervenciones públicas. De todo ese arsenal de documentos, que no es muy abundante, tal cual se ha dicho, hemos querido extraer algunas de sus ideas, tal cual lo señalamos en nuestra obra anunciada al comienzo.
Digamos, no obstante, algo previo. El basamento teórico de Rodrigo fueron las tesis propuestas por Karl Heinrich Marx y Friedrich Engels. Fue en la época que recién había Louis Althusser publicado su obra “Para leer ‘El Capital’” (1967) y Nicos Poulantzas preparaba la suya (“Poder político y clases sociales en el Estado capitalista”, 1968). Era una época en que, si bien algunos autores vislumbraban algunas innovaciones de relevancia, no era usada la interdisciplinariedad como instrumento de análisis ni, mucho menos, los espectaculares aportes de la biología, la semiótica y las matemáticas. Por el contrario. Bajo el fuerte influjo de la Unión Soviética, las tesis de Marx y Engels pasaban, necesariamente, por la exégesis leninista, stalinista, maoísta, trotskista, kimilsungista, etc. Los teóricos habían sido sustituidos por conductores sociales o estrategas; el empirismo de éstos era la teoría. Los modelos ‘socialistas’ que aparecían como triunfantes determinaban las líneas de los partidos. Marx y su teoría acerca del acopio de las disciplinas, sus concepciones acerca de la globalidad, estaban olvidadas. Y era un milagro que, en un país distante como Chile, hubiere personas como Rodrigo que se atreviesen a formular tesis que fuesen más allá de los estrechos marcos que brindaban los modelos existentes.
Concepción del Estado.
La concepción de Rodrigo acerca del Estado era, a no dudarlo, ‘instrumental’. Si bien prevenía acerca de la necesidad de distinguir entre Estado, gobierno y poder, sus ideas acerca del Estado no eran diferentes de las que sostenían las demás organizaciones políticas. Las clases postergadas debían apoderarse de esa “llave maestra del poder político”. O, empleando sus propias palabras, el Estado había de convertirse “de instrumento de dominación de la burguesía en el instrumento al servicio de los intereses de las clases populares”. Esta concepción ‘instrumentalista’ desarrollada, entre otros, por el malogrado teórico italiano Antonio Gramsci, hacía suponer que la estructura social era como un edificio o un vehículo al cual bastaba ingresar para dirigirlo u orientarlo en cualquier sentido. La teoría ‘relacionista’ del Estado, desarrollada más tarde por Nicos Poulantzas, vino a ajustarse con mayor fidelidad a las enseñanzas, no siempre claras en ese sentido, del maestro de Tréveris. Y no está claro si en el pensamiento de Ambrosio influyó o no la concepción ‘instrumentalista’ que, hasta la edición de 1985 de su obra más célebre (“Los conceptos elementales del materialismo histórico”), sostuvo la excelente teórica chilena Marta Harnecker.
Estatuto de las clases sociales.
Rodrigo redactó un verdadero estatuto de las clases sociales chilenas. Tomó en sus manos todos los conocimientos que existían en aquellos años y los plasmó en un estudio que incorporó, como ya se ha dicho, un nuevo término en el estamento proletario y que denominó ‘proletariado de cuello y corbata’, segmento social que comprendía al sector de empleados bancarios, personal administrativo de las industrias y servicios y empleados o vendedores del comercio. Todos ellos, considerados en su calidad de vendedores de fuerza o capacidad de trabajo pasaban a integrar el proletariado chileno o ‘trabajadores’, a diferencia de otros estudios que los denominaban despectivamente ‘pequeña burguesía’. Ignoro si en esta contribución estuvo presente, también, la influencia de la que fuese compañera suya durante los años de estudio, en Francia, Marta Harnecker. Lo cierto es que en la más conocida de sus obras, esta notable investigadora chilena escribe, al respecto, lo siguiente:
“[…] ello ha conducido a que muchos teóricos marxistas no incluyan en el concepto de proletariado a los trabajadores del comercio y de la banca, que son entonces considerados como ‘empleados’ (grupo social que se incluiría en el ambiguo concepto de ‘clases medias’)”.
(Harnecker, Marta: “Los conceptos elementales del materialismo histórico”, Siglo XXI Editores de España S.A., Madrid, 1985, pág. 229).
No obstante tal innovación, el propio Rodrigo incurrió al respecto en contradicciones aparentemente manifiestas. No sucedió ello en pocas oportunidades. Pero es posible suponer que esta asimilación de la ‘pequeña burguesía’ al estamento de ‘empleados’ fue hecha en referencia al denominado ‘alto personal administrativo’ de las empresas públicas, privadas o mixtas. No obstante, esta es una interpretación. No existe base ni seguridad alguna para sostenerla con certeza.
El estudio de Rodrigo, bastante más completo que los escasos intentos de los otros sectores por construir una teoría de las clases, determinaba estructuralmente tales grupos sociales. No era extraño que así sucediese. Por una parte, los estudios más acabados que existían en esa época eran los realizados por Georg Lukács. Por otra, la teoría en boga de esos años era el ‘estructuralismo’ y, aunque Rodrigo no la aceptaba, los influjos de esa tendencia se dejaban sentir fuertemente en todas las disciplinas.
En Nicos Poulantzas, las clases sociales poseen un sentido dinámico. Se organizan en la lucha de clases, en la oposición a otras clases y/o fracciones de otras clases. Son estructuras, sí, pero tienen un carácter disipativo (si recurrimos a las expresiones de Ilya Prigogine); se organizan y reorganizan constantemente, cambian de forma y de sujetos (no de intereses).
El Frente Revolucionario.
La adaptación de una forma de vida que ha de sustituir a la actual se realiza a través de la construcción de otro sistema social que, en los escritos de Rodrigo, se llama precisamente ‘nueva sociedad’. No quiere decir eso que el dirigente mapucista abominase el término ‘comunismo’. De ninguna manera. Tan sólo buscaba distanciarse de una denominación que ya tenía una connotación ideológica. No sólo la Unión Soviética se había apropiado de aquel vocablo, sino también lo hacían aquellas otras sociedades que se habían organizado luego de alcanzar el triunfo merced a luchas populares o guerras prolongadas. Esa nueva sociedad se conquistaba a través de una estrategia que Rodrigo denominó ‘Frente Revolucionario’ o unión de las organizaciones sociales y políticas bajo la conducción de la clase trabajadora. Se apartaba Rodrigo de las concepciones vigentes en esos años del ‘Frente Popular’ (sostenida por el Partido Comunista), de la ‘guerra popular y prolongada’ (de los sectores maoístas) y de la ‘estrategia guerrillera’, apoyada por el MIR.
Etapas en la construcción de la nueva sociedad.
En la construcción de la nueva sociedad, sostenía Rodrigo la existencia de tres etapas claramente diferenciadas:
1. La conquista del poder político, que correspondería al triunfo electoral, la fase de toma del gobierno de la nación. A partir de allí había que conquistar el poder del Estado. No de otra manera se explica que sus discursos terminaran siempre con la consigna de ‘A convertir la victoria en poder y el poder en construcción socialista’.
2. La consolidación del poder revolucionario, a través de una amplia movilización popular. Y,
3. La construcción revolucionaria o Nueva sociedad.
Tareas previas a la conquista del poder.
Pensaba Rodrigo que, para llevar a cabo esa tarea, previo era la realización de dos grandes tareas políticas, a saber:
1. Política social: En esta parte proponía la organización de una Central Única de Trabajadores CUT fuerte, con todos los trabajadores integrados a ella, un Frente Campesino Único al cual confluyese todos los trabajadores del campo y una Unión Nacional de Estudiantes tanto universitarios como secundarios, y
2. Política sindical. En la concepción de nueva sociedad de Ambrosio, el poder de los trabajadores era lo fundamental. Por lo mismo, su atención siempre estuvo puesta en el fortalecimiento de la clase trabajadora y de sus organizaciones. Para ello, proponía la creación de sindicatos únicos o Federaciones por rama de actividad y su inmediata afiliación a la CUT, la presentación de pliegos únicos de peticiones y la unión de los trabajadores de las pequeñas empresas en sindicatos fuertes y cada vez más grandes.
Concepción de partido.
La concepción de partido que tenía Rodrigo era un tanto diferente a la tradicional, aunque no siempre estaba bien explicitada. Por una parte —y esa tarea la inició ya como Presidente de la Juventud Demócrata Cristiana—, quería articular un partido de cuadros. Rodrigo confiaba en la ‘clase dirigente’ y, extrañamente, buscaba la organización de un partido que no suplantase a la clase trabajadora en su rol de conductora del proceso de construcción de la nueva sociedad. Era aquella una concepción muy poco clara pues, mientras defendía la existencia de un partido ‘vanguardia’, manifestaba, al mismo tiempo su voluntad de construir una organización al servicio de las clases postergadas.
Moralidad política.
Rodrigo fue una persona fiel a cinco grandes principios en materia de moralidad revolucionaria:
1. Por una parte, austeridad en la vida privada. La vida personal de un dirigente debía caracterizarse por su extrema austeridad, una forma de existir exenta de lujos, sencilla, modesta, ejemplar. Este particular rasgo del dirigente mapucista lo llevaría a la inmolación. No insistiremos sobre el particular.
2. Desprecio a la sospecha y a la traición. Jamás tuvo Rodrigo temor a ser traicionado o a que, dentro de las masas ―e, incluso, dentro de su propia organización―, se ocultase el elemento disociador. Al contrario de muchos, que temían a la infiltración y al espionaje y descubrían en cada gesto o ademán ‘agentes de la CIA’, tenía plena confianza en el proyecto popular. Rodrigo, al igual que Allende, estaba cierto que, tarde o temprano, las grandes mayorías nacionales terminarían apoyando esa opción y, con ello, neutralizarían toda desidia. Por eso, cuando en un acto realizado en Valparaíso se le advirtió que entre los presentes se ocultaban algunos agentes de la CIA, no pudo dejar de hacer alusión en su discurso a esas denuncias.
─Sé─ dijo, con aplomo─, que entre nosotros se encuentran algunos sujetos extraños. Dicen que son ‘agentes de la CIA’. Pero yo les digo que no nos preocupa su presencia. Por el contrario: celebramos que estén aquí y nos vean. Este es el pueblo reunido. Somos personas libres. Así aprenderán ellos también a ser hombres libres.
3. Lenguaje directo y rechazo rotundo a la adulación y a la hipocresía. Nos hemos referido a este rasgo en páginas anteriores. No insistiremos al respecto.
4. Fidelidad a los principios por respeto a la propia persona y a los demás. Rodrigo no sólo sentía respeto por los demás, sino también consigo mismo. Era fiel a sus principios por la rectitud de su vida y por respeto a la vida de los demás. Era parte de toda una sociedad que confiaba en su persona y en la que confiaba él mismo.
5. El servicio a la causa popular como única forma de dar sentido a la vida, labor primordial de todo revolucionario. Tal vez era éste uno de los rasgos más distintivos en la personalidad moral de Rodrigo. Su vida era la causa popular. En este sentido, era un verdadero revolucionario. Tenía el carácter productivo del que hablaba Fromm.
Como elemento de su época, Rodrigo pertenece al pasado, a nuestro pasado, a ese pasado que a muchos llena de rubor y a otros nos enorgullece. Su figura posee la virtud de recordar lo que fuimos y lo que somos; nos permite, en suma, situarnos como jueces de nuestras propias acciones y compararnos no con otro u otros sino con nosotros mismos para descubrir en nuestro interior si acaso hemos perdido nuestra capacidad de entrega o si hemos cedido al sistema, que antes aborrecíamos, ese inmenso territorio que conforman nuestros sentimientos y nuestras ideas.
Pero Rodrigo pertenece, además, a la Unidad Popular, al Gobierno Popular, a esa época caracterizada por el ascenso sostenido del protagonismo de las masas en los hechos históricos. Como hombre del pasado, como producto histórico de su época, de su tiempo, Rodrigo fue marxista, leninista, castrista, defensor inclaudicable de las revoluciones coreana, china y vietnamita. Esto no era casual. Defendíamos la vigencia del ‘socialismo real’ no en calidad de modelo sino por el simple hecho de constituir el único desafío exitoso de oposición al sistema capitalista mundial y un primer intento de construir cierto tipo de sociedad diferente al propugnado por el modelo norteamericano. Viet Nam y Cuba (¿cómo no defenderlos?) personificaron la lucha mítica, prometeica, del débil ante el poderoso, el valor increíble de los humildes alzándose contra el abuso del poder imperial y su constante intervención en la política mundial. Apoyando las demandas del ‘socialismo real’, nos oponíamos al avance siempre creciente de la dominación norteamericana.
Personalmente, hasta me atrevería a asegurar que, muy pocos, dentro de la Unidad Popular, conocían la verdadera naturaleza de las sociedades ‘socialistas’. Pienso, además, que, conociéndola, muy pocos se hubieren atrevido a defender la vigencia de semejante modelo pues no éramos liberticidas. La fuerza del paradigma social era enorme, ciertamente; pero no lo suficientemente grande como para hacernos abdicar de nuestros principios esencialmente libertarios. Estábamos al margen de la perversidad; buscábamos instaurar nuevos valores, distribuir el ingreso de manera igualitaria, crear una sociedad inmensamente humana y de ello jamás podríamos avergonzarnos. El MAPU era aquello: esperanzas, alegrías, confianza, solidaridad, empatía, libertad, dignidad, fraternidad. La bandera del MAPU, verde, con la estrella roja clavada en el centro de ese campo, no era sino la bandera del Partido Comunista de Corea y un homenaje a la triunfante Revolución Cubana. Rodrigo no vacilaba en reconocerlo y decirlo:
“A la sombra de estas banderas verde oliva, que representan desde siempre la vida y la fecundidad, a la sombra de estas banderas verde oliva que nos recuerdan Cuba revolucionaria y la lucha de los pueblos de América Latina..., a la sombra de estas banderas que representan la esperanza y la lucha de todos los pueblos del mundo, a la sombra de estas banderas que llevan en su corazón una inmensa estrella roja, proletaria, que recuerda la sangre vertida en los combates de obreros, de campesinos y de pueblos de todo el mundo, a la sombra de estas banderas vengan todos los que quieren, han querido y querrán que el MAPU sea desde hoy, en Chile y en la clase obrera, partido para ayudar ¡a convertir la victoria en poder y el poder en construcción socialista!”.
Es cierto: más tarde, cuando el MAPU se identificó con la voz “tierra” ―en lengua aborigen ‘mapu’―, la estrella roja empezó a asumir crecientemente la naturaleza de la estrella mapuche, la “guñülve”, rutilante guía celestial de los dueños originarios de Chile y de Argentina.
Rodrigo representa nuestra juventud, nuestros ideales, lo que en esos años consideramos nuestros objetivos. Pero representa, además, todo lo que éramos capaces de hacer, la entrega total, la capacidad inagotable que poseíamos de dar sin esperar nada a cambio, esa capacidad que es la voluntad de servir a los demás, regalarles, entregarles sin esperar, por ello, retribución alguna. Desde este punto de vista, Rodrigo Ambrosio —como muchos otros dirigentes de los movimientos populares— representa la moral que orientara a los movimientos de esa época y que hoy, bajo el imperio del mercado, es "estupidez", "tontería", "ingenuidad". El mercado, para expandirse, necesita prostituir a las masas, alterar el sentido de las palabras, transformar los conceptos e imponer la moral del lucro y la avaricia por sobre todos los valores. ¿No es esto, acaso, a lo que Arthur Machen se refería, por boca del profesor Lipsius, cuando hablaba de
“las mezquinas reglas y disposiciones que una sociedad corrompida dicta para defender sus propios intereses egoístas y nos presenta como decretos inmutables de lo eterno”?
(Machen, Arthur: “Los tres impostores”, Hyspamérica Editores Argentina S.A., Buenos Aires, 1985, pág. 193).
Rodrigo es segmento temporal de una época, parte de una institución y de un proceso. Para desgracia de quienes buscan, hoy, establecer analogías anacrónicas entre las conductas de la casta gobernante y la suya, Rodrigo murió convencido de sus ideas, que fueron las ideas de Allende, las ideas de la Unidad Popular, las ideas que abogaban por el establecimiento a nivel mundial de una sociedad nueva fundada sobre los valores del ser humano. Falleció en ese retazo de tiempo que acunó todas las esperanzas de un pueblo, con sus pensamientos, con sus sentimientos, con su obra; falleció defendiendo ese “Gobierno de mierda” que fue nuestro Gobierno Popular, defendiendo el derecho de autodeterminación de los pueblos —especialmente, del cubano— y soñando con una legión de trabajadores, empeñados en construir esa nueva sociedad que todos anhelábamos...
Santiago, 19 de mayo 2010
Con excepción de un libro homenaje, escrito hace algunos años, intitulado ‘In Memoriam. Rodrigo Ambrosio, constructor del MAPU’, y cuya segunda edición, corregida y aumentada saldrá publicada en Suecia, Estocolmo, durante el curso del mes de agosto, jamás he redactado un artículo en memoria suya ni he recurrido al empleo de sus palabras para argumentar en contra de las posiciones que caracterizaran a los miembros de esa organización, personajes destacados en los sucesivos gobiernos de la Concertación. Menos, aún, escribir acerca de su legado teórico, materia cuyo trato a muchos avergonzaría. Dos razones avalan esta conducta mía.
Una es, por supuesto, el hecho que Rodrigo, a pesar de ser un escritor infatigable, dejó pocos documentos suyos, la mayoría de los cuales pasó a constituir la línea teórica y programática de su partido. Los escritos de Rodrigo y su partido, pues, se confunden en una obra única al extremo que solamente avezados investigadores podrían distinguir donde empieza y termina tanto el trabajo colectivo como el suyo.
Hay, no obstante, una razón más importante que me ha hecho guardar silencio ante su figura. Esta no es otra que la misma que me obliga a callar frente al legado que deja la presencia rutilante y conmovedora del presidente Salvador Allende. Ambos son personajes históricos. No se caracterizaron por dejar un legado teórico de proporciones. Fueron líderes que construyeron patria y organización al compás de los acontecimientos. Pertenecen, por consiguiente, a su tiempo y a su historia, y obligan a formular inevitables comparaciones. Sin embargo, nada puede presumirse de ellos que no sea lo que verdaderamente fueron; la muerte, que interrumpió el flujo de sus vidas, impide suponerles conductas que no adoptaron ni podrán adoptar jamás. La muerte, por consiguiente, impide manipular sus memorias. Fueron grandes en su tiempo porque lucharon por sus convicciones y fueron capaces de crear nuevas formas de concebir la organización social con los instrumentos teóricos que poseían. No se les puede criticar porque nacieron en una época que no se corresponde con la nuestra. Al contrario: precisamente por eso ha de considerárseles grandes. Porque sin contar con el instrumental que la moderna sociedad nos entrega fueron capaces de señalar un camino y una tarea para las generaciones que habían de sucederles.
Rodrigo estudió en Francia, nación en la que ya destacaban Charles Betthelheim, Nicos Poulantzas, Étienne Balivar, Louis Althusser, entre otros, cuyas críticas al ‘socialismo real’ comenzaban a hacerse públicas, en tanto dentro de Italia y España realizaban similar labor Umberto Cerroni, Eduardo Fioravanti, Manuel Castells, también entre otros. Era una época en que se buscaba la posibilidad de instaurar un modelo socialista distinto al pregonado por la URSS, cuyas bondades muchos comenzaban a poner en duda. No por algo esos autores eran observados con sospecha por la militancia comunista, poco proclive al análisis y muy inclinada a tener fe en la sapiencia de sus líderes, defensora inclaudicable de las bondades de un modelo cuya verdadera esencia desconocía. Y es que la propaganda de la URSS era poderosa en ese entonces porque mostraba una experiencia real, un resultado (una ‘gestión’ exitosa, si empleamos las palabras de los ministros piñeristas), y no una simple elaboración teórica: podía, por consiguiente, no sólo atribuirse ser la heredera de las tesis de Lenin (que, verdaderamente, lo era), sino además de Karl Marx.
Puedo asegurar que Rodrigo no sucumbió ante la propaganda del modelo soviético; de otra manera hubiere reconocido filas en el partido comunista chileno. Pero era profundo admirador de las luchas populares, de las grandes epopeyas que hablaban de sociedades tomando para sí el control de su propio destino. Y eso era lo que había descubierto en determinados movimientos comunistas. No la forma de gobierno propiciada por ellos ni su estilo de organización social, sino el permanente ejercicio del poder de las masas, de toda una formación social en marcha hacia el encuentro consigo misma. Por eso sus tesis rebozan de confianza en las personas, en las masas, en sus organizaciones, lugares en los cuales debía radicar el verdadero poder, el control social.
No puede suponerse que seguiría Rodrigo siendo hoy lo que fue; tampoco puede presumirse que abjuraría de todo su pasado, como la generalidad de la membrecía del MAPU lo hizo para abrazar la causa del mercado. Rodrigo está muerto. Suponer conductas políticas actuales en quienes han fallecido es política ficción. Las personas pertenecen a un tiempo y lugar determinados, a una sociedad y a una época.
Puede, sin embargo, hacerse una breve reflexión. Rodrigo fue un sujeto autoritario; al menos, así se manifestaba. El autoritarismo es una enfermedad psíquica. Fromm la considera, junto con el conformismo y la autodestrucción, uno de los tantos ‘mecanismos de evasión’ que emplea el ser humano para superar la angustia de encontrarse inmerso en una sociedad que lo doblega. Constituye, por ende, una conducta anómala, aunque se dé en forma frecuente. El autoritarismo es típico del líder político que se impone a gritos, y emplea el desprecio y la descalificación como arma política. Es una conducta típica en el Chile de hoy.
El autoritarismo de Rodrigo era, no obstante, bastante especial. Yo no estoy seguro si puede considerársele como tal o si era una forma de imponerse a quienes mostraban claras tendencias al autoritarismo y al ejercicio del mando. Un hecho interesante que avala esta sospecha es que, durante el tiempo en que Rodrigo ejerció la Secretaría General del MAPU, la cohesión del partido adquirió rasgos monolíticos, al extremo que, cuando se retiraron las figuras más emblemáticas del partido (Alberto Jerez, Julio Silva Solar, Jacques Chonchol y Rafael Agustín Gumucio) para formar la Izquierda Cristiana, todos ellos se fueron solos, sin apoyo alguno de las bases. El autoritarismo de Rodrigo pareciera ser que se ejercía como forma de cohesionar a una base extremadamente autoritaria. Lo cual hace concluir que Rodrigo, a diferencia de quienes lo reemplazaron más tarde en la dirección de las fracciones mapucistas organizadas tras su muerte, estaba consciente de lo que hacía. Es decir, que cumplía su rol de factor de unidad. En términos vinculados a la ‘teoría de la complejidad’ (‘caos’), Rodrigo era el ‘atractor’ del movimiento social. Su factor de cohesión. Ello explica, además, que a su muerte se dividiese el MAPU, casi inmediatamente, en dos fracciones acaudilladas, respectivamente, por Oscar Guillermo Garretón (MAPU) y Jaime Gazmuri (MAPU Obrero y Campesino MOC), y que, luego del golpe militar, la primera de éstas se subdividiese en otras tres que fueron el MAPU oficial, el MAPU Partido de los Trabajadores y el MAPU Comité Central. El MAPU Obrero y Campesino, liderado por Gazmuri, no se dividió porque allí se reunieron todos los que se consideraban ‘dueños del MAPU’, los ‘patrones’, los que dieron lo que podría denominarse como ‘perfil del dirigente del MAPU’; no se dividieron, además, porque, como lo expresara brillantemente Adriana Delpiano, tenían vocación de servidores del Estado; se preparaban para asumir el gobierno del país.
Las divisiones del MAPU terminaron, finalmente, en un reencuentro de personalidades, de dirigentes que, por fin, veían aflorar sus respectivos caracteres individuales, subsumidos hasta ese momento bajo el recuerdo de la fuerte personalidad de Rodrigo. Si en algunas oportunidades emplearon la excusa de las diferencias teóricas para justificar tales divisiones, lo cierto es que, al advenir la democracia, gran parte de ellos se habían vuelto a unir, en el carácter de militantes socialistas (tanto en la llamada Convergencia Socialista como en algunas de las diversas fracciones que presentaba el Partido Socialista PS) o del Partido Por la Democracia PPD, para asumir el reto de dirigir al país. Atrás quedaban las luchas por el poder popular o por la profundización de la democracia. Obnubilados por la marea centelleante del mercado, convencidos de haber recibido la divina misión de ‘guiar al pueblo hacia su destino histórico’ sustituyeron sus principios socialistas ‘estatistas’ por el ‘socialismo de mercado’. Al amparo del Estado estaban las buenas rentas fijadas por la dictadura para tentar a los empresarios en la labor de dirigir la nación y la posibilidad de crear nuevos empresarios, nuevos negocios, nuevos lobbies. La tarea que emprendieron no fue distinta a la que guió a Pinochet en su asonada golpista: sólo haciendo más ricos a los ricos se harían ricos, también, los pobres. Como si el capital no fuese el engendro que es. Como si el capital no existiese tan sólo para acrecentarse. Semejante concepción solamente había de poner al descubierto la espantosa indigencia teórica de sus sostenedores, personajes inclinados a practicar la ‘ingeniería política’ por sobre el análisis teórico.
No debe sorprender, por consiguiente, que todos quienes se erigen hoy como organizadores del MAPU pocas veces quieran reivindicar la figura de Ambrosio y, antes bien, sientan un poco de recelo en hacerlo. Es obvio que así suceda. La figura de Rodrigo avergüenza a sus sucesores. Tal vez por eso prefieren separarse de aquella, reivindicar su rol de constructores del Chile post dictatorial y atribuir las ideas que hicieron posible la organización de ese movimiento a ‘pecados de juventud’.
Y es que Rodrigo, con todo, dejó un legado político que puede descubrirse en los documentos que escribió, en sus discursos e intervenciones públicas. De todo ese arsenal de documentos, que no es muy abundante, tal cual se ha dicho, hemos querido extraer algunas de sus ideas, tal cual lo señalamos en nuestra obra anunciada al comienzo.
Digamos, no obstante, algo previo. El basamento teórico de Rodrigo fueron las tesis propuestas por Karl Heinrich Marx y Friedrich Engels. Fue en la época que recién había Louis Althusser publicado su obra “Para leer ‘El Capital’” (1967) y Nicos Poulantzas preparaba la suya (“Poder político y clases sociales en el Estado capitalista”, 1968). Era una época en que, si bien algunos autores vislumbraban algunas innovaciones de relevancia, no era usada la interdisciplinariedad como instrumento de análisis ni, mucho menos, los espectaculares aportes de la biología, la semiótica y las matemáticas. Por el contrario. Bajo el fuerte influjo de la Unión Soviética, las tesis de Marx y Engels pasaban, necesariamente, por la exégesis leninista, stalinista, maoísta, trotskista, kimilsungista, etc. Los teóricos habían sido sustituidos por conductores sociales o estrategas; el empirismo de éstos era la teoría. Los modelos ‘socialistas’ que aparecían como triunfantes determinaban las líneas de los partidos. Marx y su teoría acerca del acopio de las disciplinas, sus concepciones acerca de la globalidad, estaban olvidadas. Y era un milagro que, en un país distante como Chile, hubiere personas como Rodrigo que se atreviesen a formular tesis que fuesen más allá de los estrechos marcos que brindaban los modelos existentes.
Concepción del Estado.
La concepción de Rodrigo acerca del Estado era, a no dudarlo, ‘instrumental’. Si bien prevenía acerca de la necesidad de distinguir entre Estado, gobierno y poder, sus ideas acerca del Estado no eran diferentes de las que sostenían las demás organizaciones políticas. Las clases postergadas debían apoderarse de esa “llave maestra del poder político”. O, empleando sus propias palabras, el Estado había de convertirse “de instrumento de dominación de la burguesía en el instrumento al servicio de los intereses de las clases populares”. Esta concepción ‘instrumentalista’ desarrollada, entre otros, por el malogrado teórico italiano Antonio Gramsci, hacía suponer que la estructura social era como un edificio o un vehículo al cual bastaba ingresar para dirigirlo u orientarlo en cualquier sentido. La teoría ‘relacionista’ del Estado, desarrollada más tarde por Nicos Poulantzas, vino a ajustarse con mayor fidelidad a las enseñanzas, no siempre claras en ese sentido, del maestro de Tréveris. Y no está claro si en el pensamiento de Ambrosio influyó o no la concepción ‘instrumentalista’ que, hasta la edición de 1985 de su obra más célebre (“Los conceptos elementales del materialismo histórico”), sostuvo la excelente teórica chilena Marta Harnecker.
Estatuto de las clases sociales.
Rodrigo redactó un verdadero estatuto de las clases sociales chilenas. Tomó en sus manos todos los conocimientos que existían en aquellos años y los plasmó en un estudio que incorporó, como ya se ha dicho, un nuevo término en el estamento proletario y que denominó ‘proletariado de cuello y corbata’, segmento social que comprendía al sector de empleados bancarios, personal administrativo de las industrias y servicios y empleados o vendedores del comercio. Todos ellos, considerados en su calidad de vendedores de fuerza o capacidad de trabajo pasaban a integrar el proletariado chileno o ‘trabajadores’, a diferencia de otros estudios que los denominaban despectivamente ‘pequeña burguesía’. Ignoro si en esta contribución estuvo presente, también, la influencia de la que fuese compañera suya durante los años de estudio, en Francia, Marta Harnecker. Lo cierto es que en la más conocida de sus obras, esta notable investigadora chilena escribe, al respecto, lo siguiente:
“[…] ello ha conducido a que muchos teóricos marxistas no incluyan en el concepto de proletariado a los trabajadores del comercio y de la banca, que son entonces considerados como ‘empleados’ (grupo social que se incluiría en el ambiguo concepto de ‘clases medias’)”.
(Harnecker, Marta: “Los conceptos elementales del materialismo histórico”, Siglo XXI Editores de España S.A., Madrid, 1985, pág. 229).
No obstante tal innovación, el propio Rodrigo incurrió al respecto en contradicciones aparentemente manifiestas. No sucedió ello en pocas oportunidades. Pero es posible suponer que esta asimilación de la ‘pequeña burguesía’ al estamento de ‘empleados’ fue hecha en referencia al denominado ‘alto personal administrativo’ de las empresas públicas, privadas o mixtas. No obstante, esta es una interpretación. No existe base ni seguridad alguna para sostenerla con certeza.
El estudio de Rodrigo, bastante más completo que los escasos intentos de los otros sectores por construir una teoría de las clases, determinaba estructuralmente tales grupos sociales. No era extraño que así sucediese. Por una parte, los estudios más acabados que existían en esa época eran los realizados por Georg Lukács. Por otra, la teoría en boga de esos años era el ‘estructuralismo’ y, aunque Rodrigo no la aceptaba, los influjos de esa tendencia se dejaban sentir fuertemente en todas las disciplinas.
En Nicos Poulantzas, las clases sociales poseen un sentido dinámico. Se organizan en la lucha de clases, en la oposición a otras clases y/o fracciones de otras clases. Son estructuras, sí, pero tienen un carácter disipativo (si recurrimos a las expresiones de Ilya Prigogine); se organizan y reorganizan constantemente, cambian de forma y de sujetos (no de intereses).
El Frente Revolucionario.
La adaptación de una forma de vida que ha de sustituir a la actual se realiza a través de la construcción de otro sistema social que, en los escritos de Rodrigo, se llama precisamente ‘nueva sociedad’. No quiere decir eso que el dirigente mapucista abominase el término ‘comunismo’. De ninguna manera. Tan sólo buscaba distanciarse de una denominación que ya tenía una connotación ideológica. No sólo la Unión Soviética se había apropiado de aquel vocablo, sino también lo hacían aquellas otras sociedades que se habían organizado luego de alcanzar el triunfo merced a luchas populares o guerras prolongadas. Esa nueva sociedad se conquistaba a través de una estrategia que Rodrigo denominó ‘Frente Revolucionario’ o unión de las organizaciones sociales y políticas bajo la conducción de la clase trabajadora. Se apartaba Rodrigo de las concepciones vigentes en esos años del ‘Frente Popular’ (sostenida por el Partido Comunista), de la ‘guerra popular y prolongada’ (de los sectores maoístas) y de la ‘estrategia guerrillera’, apoyada por el MIR.
Etapas en la construcción de la nueva sociedad.
En la construcción de la nueva sociedad, sostenía Rodrigo la existencia de tres etapas claramente diferenciadas:
1. La conquista del poder político, que correspondería al triunfo electoral, la fase de toma del gobierno de la nación. A partir de allí había que conquistar el poder del Estado. No de otra manera se explica que sus discursos terminaran siempre con la consigna de ‘A convertir la victoria en poder y el poder en construcción socialista’.
2. La consolidación del poder revolucionario, a través de una amplia movilización popular. Y,
3. La construcción revolucionaria o Nueva sociedad.
Tareas previas a la conquista del poder.
Pensaba Rodrigo que, para llevar a cabo esa tarea, previo era la realización de dos grandes tareas políticas, a saber:
1. Política social: En esta parte proponía la organización de una Central Única de Trabajadores CUT fuerte, con todos los trabajadores integrados a ella, un Frente Campesino Único al cual confluyese todos los trabajadores del campo y una Unión Nacional de Estudiantes tanto universitarios como secundarios, y
2. Política sindical. En la concepción de nueva sociedad de Ambrosio, el poder de los trabajadores era lo fundamental. Por lo mismo, su atención siempre estuvo puesta en el fortalecimiento de la clase trabajadora y de sus organizaciones. Para ello, proponía la creación de sindicatos únicos o Federaciones por rama de actividad y su inmediata afiliación a la CUT, la presentación de pliegos únicos de peticiones y la unión de los trabajadores de las pequeñas empresas en sindicatos fuertes y cada vez más grandes.
Concepción de partido.
La concepción de partido que tenía Rodrigo era un tanto diferente a la tradicional, aunque no siempre estaba bien explicitada. Por una parte —y esa tarea la inició ya como Presidente de la Juventud Demócrata Cristiana—, quería articular un partido de cuadros. Rodrigo confiaba en la ‘clase dirigente’ y, extrañamente, buscaba la organización de un partido que no suplantase a la clase trabajadora en su rol de conductora del proceso de construcción de la nueva sociedad. Era aquella una concepción muy poco clara pues, mientras defendía la existencia de un partido ‘vanguardia’, manifestaba, al mismo tiempo su voluntad de construir una organización al servicio de las clases postergadas.
Moralidad política.
Rodrigo fue una persona fiel a cinco grandes principios en materia de moralidad revolucionaria:
1. Por una parte, austeridad en la vida privada. La vida personal de un dirigente debía caracterizarse por su extrema austeridad, una forma de existir exenta de lujos, sencilla, modesta, ejemplar. Este particular rasgo del dirigente mapucista lo llevaría a la inmolación. No insistiremos sobre el particular.
2. Desprecio a la sospecha y a la traición. Jamás tuvo Rodrigo temor a ser traicionado o a que, dentro de las masas ―e, incluso, dentro de su propia organización―, se ocultase el elemento disociador. Al contrario de muchos, que temían a la infiltración y al espionaje y descubrían en cada gesto o ademán ‘agentes de la CIA’, tenía plena confianza en el proyecto popular. Rodrigo, al igual que Allende, estaba cierto que, tarde o temprano, las grandes mayorías nacionales terminarían apoyando esa opción y, con ello, neutralizarían toda desidia. Por eso, cuando en un acto realizado en Valparaíso se le advirtió que entre los presentes se ocultaban algunos agentes de la CIA, no pudo dejar de hacer alusión en su discurso a esas denuncias.
─Sé─ dijo, con aplomo─, que entre nosotros se encuentran algunos sujetos extraños. Dicen que son ‘agentes de la CIA’. Pero yo les digo que no nos preocupa su presencia. Por el contrario: celebramos que estén aquí y nos vean. Este es el pueblo reunido. Somos personas libres. Así aprenderán ellos también a ser hombres libres.
3. Lenguaje directo y rechazo rotundo a la adulación y a la hipocresía. Nos hemos referido a este rasgo en páginas anteriores. No insistiremos al respecto.
4. Fidelidad a los principios por respeto a la propia persona y a los demás. Rodrigo no sólo sentía respeto por los demás, sino también consigo mismo. Era fiel a sus principios por la rectitud de su vida y por respeto a la vida de los demás. Era parte de toda una sociedad que confiaba en su persona y en la que confiaba él mismo.
5. El servicio a la causa popular como única forma de dar sentido a la vida, labor primordial de todo revolucionario. Tal vez era éste uno de los rasgos más distintivos en la personalidad moral de Rodrigo. Su vida era la causa popular. En este sentido, era un verdadero revolucionario. Tenía el carácter productivo del que hablaba Fromm.
Como elemento de su época, Rodrigo pertenece al pasado, a nuestro pasado, a ese pasado que a muchos llena de rubor y a otros nos enorgullece. Su figura posee la virtud de recordar lo que fuimos y lo que somos; nos permite, en suma, situarnos como jueces de nuestras propias acciones y compararnos no con otro u otros sino con nosotros mismos para descubrir en nuestro interior si acaso hemos perdido nuestra capacidad de entrega o si hemos cedido al sistema, que antes aborrecíamos, ese inmenso territorio que conforman nuestros sentimientos y nuestras ideas.
Pero Rodrigo pertenece, además, a la Unidad Popular, al Gobierno Popular, a esa época caracterizada por el ascenso sostenido del protagonismo de las masas en los hechos históricos. Como hombre del pasado, como producto histórico de su época, de su tiempo, Rodrigo fue marxista, leninista, castrista, defensor inclaudicable de las revoluciones coreana, china y vietnamita. Esto no era casual. Defendíamos la vigencia del ‘socialismo real’ no en calidad de modelo sino por el simple hecho de constituir el único desafío exitoso de oposición al sistema capitalista mundial y un primer intento de construir cierto tipo de sociedad diferente al propugnado por el modelo norteamericano. Viet Nam y Cuba (¿cómo no defenderlos?) personificaron la lucha mítica, prometeica, del débil ante el poderoso, el valor increíble de los humildes alzándose contra el abuso del poder imperial y su constante intervención en la política mundial. Apoyando las demandas del ‘socialismo real’, nos oponíamos al avance siempre creciente de la dominación norteamericana.
Personalmente, hasta me atrevería a asegurar que, muy pocos, dentro de la Unidad Popular, conocían la verdadera naturaleza de las sociedades ‘socialistas’. Pienso, además, que, conociéndola, muy pocos se hubieren atrevido a defender la vigencia de semejante modelo pues no éramos liberticidas. La fuerza del paradigma social era enorme, ciertamente; pero no lo suficientemente grande como para hacernos abdicar de nuestros principios esencialmente libertarios. Estábamos al margen de la perversidad; buscábamos instaurar nuevos valores, distribuir el ingreso de manera igualitaria, crear una sociedad inmensamente humana y de ello jamás podríamos avergonzarnos. El MAPU era aquello: esperanzas, alegrías, confianza, solidaridad, empatía, libertad, dignidad, fraternidad. La bandera del MAPU, verde, con la estrella roja clavada en el centro de ese campo, no era sino la bandera del Partido Comunista de Corea y un homenaje a la triunfante Revolución Cubana. Rodrigo no vacilaba en reconocerlo y decirlo:
“A la sombra de estas banderas verde oliva, que representan desde siempre la vida y la fecundidad, a la sombra de estas banderas verde oliva que nos recuerdan Cuba revolucionaria y la lucha de los pueblos de América Latina..., a la sombra de estas banderas que representan la esperanza y la lucha de todos los pueblos del mundo, a la sombra de estas banderas que llevan en su corazón una inmensa estrella roja, proletaria, que recuerda la sangre vertida en los combates de obreros, de campesinos y de pueblos de todo el mundo, a la sombra de estas banderas vengan todos los que quieren, han querido y querrán que el MAPU sea desde hoy, en Chile y en la clase obrera, partido para ayudar ¡a convertir la victoria en poder y el poder en construcción socialista!”.
Es cierto: más tarde, cuando el MAPU se identificó con la voz “tierra” ―en lengua aborigen ‘mapu’―, la estrella roja empezó a asumir crecientemente la naturaleza de la estrella mapuche, la “guñülve”, rutilante guía celestial de los dueños originarios de Chile y de Argentina.
Rodrigo representa nuestra juventud, nuestros ideales, lo que en esos años consideramos nuestros objetivos. Pero representa, además, todo lo que éramos capaces de hacer, la entrega total, la capacidad inagotable que poseíamos de dar sin esperar nada a cambio, esa capacidad que es la voluntad de servir a los demás, regalarles, entregarles sin esperar, por ello, retribución alguna. Desde este punto de vista, Rodrigo Ambrosio —como muchos otros dirigentes de los movimientos populares— representa la moral que orientara a los movimientos de esa época y que hoy, bajo el imperio del mercado, es "estupidez", "tontería", "ingenuidad". El mercado, para expandirse, necesita prostituir a las masas, alterar el sentido de las palabras, transformar los conceptos e imponer la moral del lucro y la avaricia por sobre todos los valores. ¿No es esto, acaso, a lo que Arthur Machen se refería, por boca del profesor Lipsius, cuando hablaba de
“las mezquinas reglas y disposiciones que una sociedad corrompida dicta para defender sus propios intereses egoístas y nos presenta como decretos inmutables de lo eterno”?
(Machen, Arthur: “Los tres impostores”, Hyspamérica Editores Argentina S.A., Buenos Aires, 1985, pág. 193).
Rodrigo es segmento temporal de una época, parte de una institución y de un proceso. Para desgracia de quienes buscan, hoy, establecer analogías anacrónicas entre las conductas de la casta gobernante y la suya, Rodrigo murió convencido de sus ideas, que fueron las ideas de Allende, las ideas de la Unidad Popular, las ideas que abogaban por el establecimiento a nivel mundial de una sociedad nueva fundada sobre los valores del ser humano. Falleció en ese retazo de tiempo que acunó todas las esperanzas de un pueblo, con sus pensamientos, con sus sentimientos, con su obra; falleció defendiendo ese “Gobierno de mierda” que fue nuestro Gobierno Popular, defendiendo el derecho de autodeterminación de los pueblos —especialmente, del cubano— y soñando con una legión de trabajadores, empeñados en construir esa nueva sociedad que todos anhelábamos...
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domingo, 2 de mayo de 2010
41 años de vida luchando
El MAPU nació en mayo de 1969, en medio del ascenso de las luchas del pueblo chileno hacia una sociedad más justa. En 1970 contribuyó a crear la Unidad Popular y a conseguir la victoria del compañero Salvador Allende.
En el I Congreso, en noviembre de 1970, resolvió constituirse en partido proletario, en lucha por la construcción de una sociedad socialista. Trabajamos con lealtad a favor del Gobierno Popular, en el campo y la ciudad, entre jóvenes y poblador@s, demandando agilizar el proceso de cambios y el traspaso de Poder para el Pueblo, y a la vez fortaleciendo la institucionalidad popular.
El 19 de mayo de 1972 muere nuestro Secretario General, Rodrigo Ambrosio, “el mejor de todos nosotros”. La lucidez de sus planteamientos nos sigue iluminando. En 1973 nos dividimos en MAPU y MAPU Obrero Campesino, pero hoy en la práctica estamos reconstruyendo el MAPU de nuestro fundador, Rodrigo.
El golpe criminal de 1973 destruyó las conquistas políticas y sociales de nuestros pueblos, pero no nos destruyó la esperanza. Nos asesinaron a militantes y dirigentes, a trabajadores del campo y la ciudad, jóvenes y adultos mayores. L@s 43 mapucistas asesinados y su ejemplo siguen vivos en nosotros.
El MAPU estuvo en las barricadas y en las luchas sindicales y estudiantiles hasta que cayó la dictadura. Desde fines de los años 80 no ha habido una organización que represente nuestros fundamentos, nuestra antigua militancia ha quedado dividida en diferentes opciones. Creemos llegado el momento de reflexionar y darnos una orgánica, una estrategia y una táctica para lograr los objetivos históricos de las clases populares.
Creemos vigente el legado de Ambrosio: necesitamos un partido para las clases populares, que luche con la fuerza de los pueblos organizados. Por eso el MAPU está vivo y no piensa dejar de existir. Queremos reconstruir una organización política de carácter proletario, que una a los trabajadores y a sectores progresistas de la sociedad, para luchar por construir una sociedad sociedad sin clases, sin explotadores ni explotados, en la cual las mujeres y los hombres puedan vivir en mejores condiciones de vida y en un ambiente de libertad, igualdad y justicia.
Hoy, la dispersión de orgánicas y de actividades no ayuda a una lucha frontal, como la que nos da el sistema. Hemos exigido hacer justicia a las clases populares, cuyas conquistas de otros años de lucha siguen sin ser repuestas. Hoy se necesita una nueva alianza estratégica de los sectores populares. La Concertación, que alguna vez representó esperanzas para algunos, ya se agotó. Somos much@s más l@s que creemos que hay que levantar un nuevo referente unitario.
La tarea por alcanzar una democracia verdaderamente popular no se ha completado. Hoy el desafío es avanzar hacia la democratización de un país aún dominado por leyes y estructuras dictatoriales, administradas por un régimen capitalista neoliberal y represivo.
Solo con la unidad y el fortalecimiento de las clases populares y sus organizaciones, podremos poner atajo a las políticas neoliberales y cambiar las leyes que mantienen las desigualdades. Nuestra gran tarea es lograr una Nueva Constitución.
El Chile de hoy necesita democracia, justicia social, respeto a la diversidad cultural, equidad y reparación. Fin al autoritarismo, a la injusticia del régimen binominal, a la corrupción. Recuperar para el pueblo nuestras riquezas básicas.
Hoy somos parte de los movimientos sociales: somos sindicalistas obreros y campesinos, exonerados, indígenas, defensor@s de los derechos humanos y de los derechos de la Madre Tierra, Pacha Mama, Ñuke Mapu.
Si fuiste MAPU ayer, y estás por la sociedad sin clases, ya eres un@ de nosotr@s.
Si nos quieres conocer, toma contacto con nosotr@s.
Escríbenos: mapusantiago@gmail.com
CONMEMORACIONES ANIVERSARIO 41:
MIÉRCOLES 19 DE MAYO, 12 HORAS, desde Metro Cementerio, Línea 2:
Romería a tumba de Rodrigo Ambrosio y Memorial MAPU en Cementerio General de Santiago.
DOMINGO 23 DE MAYO, 13 HORAS:
Almuerzo y convivencia de camaradería, previa inscripción: mapusantiago@gmail.com
En el I Congreso, en noviembre de 1970, resolvió constituirse en partido proletario, en lucha por la construcción de una sociedad socialista. Trabajamos con lealtad a favor del Gobierno Popular, en el campo y la ciudad, entre jóvenes y poblador@s, demandando agilizar el proceso de cambios y el traspaso de Poder para el Pueblo, y a la vez fortaleciendo la institucionalidad popular.
El 19 de mayo de 1972 muere nuestro Secretario General, Rodrigo Ambrosio, “el mejor de todos nosotros”. La lucidez de sus planteamientos nos sigue iluminando. En 1973 nos dividimos en MAPU y MAPU Obrero Campesino, pero hoy en la práctica estamos reconstruyendo el MAPU de nuestro fundador, Rodrigo.
El golpe criminal de 1973 destruyó las conquistas políticas y sociales de nuestros pueblos, pero no nos destruyó la esperanza. Nos asesinaron a militantes y dirigentes, a trabajadores del campo y la ciudad, jóvenes y adultos mayores. L@s 43 mapucistas asesinados y su ejemplo siguen vivos en nosotros.
El MAPU estuvo en las barricadas y en las luchas sindicales y estudiantiles hasta que cayó la dictadura. Desde fines de los años 80 no ha habido una organización que represente nuestros fundamentos, nuestra antigua militancia ha quedado dividida en diferentes opciones. Creemos llegado el momento de reflexionar y darnos una orgánica, una estrategia y una táctica para lograr los objetivos históricos de las clases populares.
Creemos vigente el legado de Ambrosio: necesitamos un partido para las clases populares, que luche con la fuerza de los pueblos organizados. Por eso el MAPU está vivo y no piensa dejar de existir. Queremos reconstruir una organización política de carácter proletario, que una a los trabajadores y a sectores progresistas de la sociedad, para luchar por construir una sociedad sociedad sin clases, sin explotadores ni explotados, en la cual las mujeres y los hombres puedan vivir en mejores condiciones de vida y en un ambiente de libertad, igualdad y justicia.
Hoy, la dispersión de orgánicas y de actividades no ayuda a una lucha frontal, como la que nos da el sistema. Hemos exigido hacer justicia a las clases populares, cuyas conquistas de otros años de lucha siguen sin ser repuestas. Hoy se necesita una nueva alianza estratégica de los sectores populares. La Concertación, que alguna vez representó esperanzas para algunos, ya se agotó. Somos much@s más l@s que creemos que hay que levantar un nuevo referente unitario.
La tarea por alcanzar una democracia verdaderamente popular no se ha completado. Hoy el desafío es avanzar hacia la democratización de un país aún dominado por leyes y estructuras dictatoriales, administradas por un régimen capitalista neoliberal y represivo.
Solo con la unidad y el fortalecimiento de las clases populares y sus organizaciones, podremos poner atajo a las políticas neoliberales y cambiar las leyes que mantienen las desigualdades. Nuestra gran tarea es lograr una Nueva Constitución.
El Chile de hoy necesita democracia, justicia social, respeto a la diversidad cultural, equidad y reparación. Fin al autoritarismo, a la injusticia del régimen binominal, a la corrupción. Recuperar para el pueblo nuestras riquezas básicas.
Hoy somos parte de los movimientos sociales: somos sindicalistas obreros y campesinos, exonerados, indígenas, defensor@s de los derechos humanos y de los derechos de la Madre Tierra, Pacha Mama, Ñuke Mapu.
Si fuiste MAPU ayer, y estás por la sociedad sin clases, ya eres un@ de nosotr@s.
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MIÉRCOLES 19 DE MAYO, 12 HORAS, desde Metro Cementerio, Línea 2:
Romería a tumba de Rodrigo Ambrosio y Memorial MAPU en Cementerio General de Santiago.
DOMINGO 23 DE MAYO, 13 HORAS:
Almuerzo y convivencia de camaradería, previa inscripción: mapusantiago@gmail.com
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