- La vertiente de la izquierda allendista, representada por su madre Mónica Quezada.
- El pensamiento crítico y analítico, con formación matemática, representada por su padre y madre.
- La corriente Punk.
- La corriente anarquista.
- La identidad ancestral y las tradiciones entregadas por su laku, abuelo paterno, Valentín Catrileo, mapuche pikunche.
- El rakiduam mapuche, adquirido en un proceso, acaso de varias vertientes en que confluyen las ideas y vivencias transmitidas por sus padres, el colegio Puelche, amigos mapuche y sus parientes políticos Mariman Catrileo, sus compañeros del curso de mapuzugun del profesor Juan Minchiqueo en 2002.
- El pensamiento crítico y ambientalista anticapitalista, entregado por su profesor Rubén Carrillo, ex-mapucista, director de la Escuela de Agronomía de la Universidad de La Frontera, 2005.
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lunes, 13 de agosto de 2018
Matías Catrileo y el MAPU
Fuente de la imagen: www.unidadmpt.wordpress.com
El pensamiento social y
político de Matías Catrileo, podemos pensar que se formó a partir de varias
vertientes, según se puede seguir en la biografía que escribió Fernando
Pairicán:
“El pensamiento ácrata fue
otra de las matrices de las cuales bebió Matías durante su adolescencia. Como dice
Víctor Muñoz, a partir de la década de los 90’ comenzó ‘un nuevo anarquismo’,
el que se nutrió de diversas fuentes, como las subculturas y el mundo punk, los
grupos armados como MIR, FPMR, MJL, movimientos indigenistas y ecologistas”[1].
“Rubén Carrillo era el
director de la Escuela de Agronomía de la Universidad de La Frontera en el año
2005, impartía el curso Recursos Naturales y Desarrollo Sustentable durante el
primer semestre, convirtiéndose en un curso troncal y casi el manifiesto social
dela carrera. Para sus cercanos, fue uno de los profesores que marcó a Matías
durante esos primeros meses en Temuco. Ex militante del Movimiento de Acción
Popular Unitaria (MAPU), Carrillo era un pedagogo crítico al modelo económico y
sobre todo al modelo extractivista implementado por las forestales bajo la
dictadura militar. Bajo los gobiernos de la Concertación, no tan solo se
prolongó este modelo, sino también se expandió hacia nuevos espacios
territoriales”[2].
“La subordinación de la
naturaleza al desarrollo económico fue uno de los principales temas que se
abordaban en sus clases, complementadas por terrenos en granjas experimentales
de la Universidad de La Frontera. Mario Catrileo, plantea que esto último fue
lo que inclinó a Matías por optar a la UFRO en vez de la Universidad Católica
de Chile, la puesta en práctica de la teoría universitaria desde el primer año.
El docente no quedaba suscrito solamente a la teoría universitaria, su historia
de militante, seguramente atrajo a Matías. Carrillo perteneció a la fracción más
rupturista al interior del MAPU, encabezada por Óscar Guillermo Garretón, que
luego del quiebre de 1971, agregó el subtítulo de Obrero y Campesino. Con la
misma convicción que defendió el ala rupturista de la revolución chilena al
socialismo, discrepa con el camino que tomaron algunos de los liderazgos de su
partido, en especial Garretón, José Miguel Insulza y Enrique Correa. El primero
renovado al punto de ser uno de los empresarios más exitoso luego de la
revolución capitalista decretada por la dictadura militar, el segundo, Ministro
del Interior del gobierno de Ricardo Lagos, y el tercero un lobbyista”[3].
“Para muchos no era
entendible ese giro, más allá de que esa opción sea reprochable, es que muchos
murieron con las banderas del MAPU siendo torturados para defender otro tipo de
discursos”, señaló Carrillo a Pairican. Sigue éste, “No obstante, rescata la
formación intelectual de los miembros del MAPU como una de las características
de este partido de cuadros”[4].
“Uno de los aspectos que
sorprendió a Carrillo de Catrileo eran sus capacidades intelectuales, su
perspectiva crítica, así como sus reflexiones sobre la sociedad, algo novedosas
en la carrera y en la generación de Matías, ‘una postura crítica pero que iba
más allá de lo que eran los partidos políticos’, dice su docente. Esto generaba
discrepancias en sus compañeros e inclusive en algunos profesores dela carrera
que encontraban a Matías ‘radical’”[5].
Pairican comete errores al
reseñar al MAPU. El quiebre del MAPU en dos fracciones tuvo lugar en marzo de
1973, y Garretón se mantuvo al mando del sector que conservó el nombre
original, siendo el otro sector, conducido por Jaime Gazmuri, el que habiendo perdido
el conflicto judicial por el nombre del Partido, llevado ante el servicio
Electoral, tuvo que modificar el nombre, al que agregaron “Obrero y Campesino”.
Este aditivo aun en el presente genera confusión entre la gente, que cree que
el PMOC, por ser “Obrero y Campesino”, sea más radicalizado y proletarizado que
el MAPU.
El autor de la biografía de
Matías analizó correctamente la influencia que tuvo un mapucista en la opción
revolucionaria del joven mapuche. Tiene el mérito de que no invisibiliza al MAPU,
sino que lo menciona con todas sus letras, a diferencia de lo que hace la
seudointelectualidad postdictatorial, que omite hablar del MAPU. Hay sólidos
indicios de que hay una censura tácita de los poderes fácticos en contra del
hecho de mencionar a este Partido: una acción planificada para intentar
borrarlo de la memoria de las clases y de los pueblos oprimidos por el
capitalismo.
Podemos imaginar que el
nombre del Partido, con su doble significado y su historial de lucha por la
tierra, por los indígenas y por el campesinado, y su figura icónica, Lautaro,
han sido para varias generaciones de jóvenes populares, un símbolo de
resistencia y de lucha contra la figura de un imperio opresor. Lamentablemente,
la reconstrucción del MAPU, emprendida en un primer ciclo, 1999-2001, y
reemprendida en forma sostenida desde noviembre de 2007, llegó demasiado tarde
para haberse constituido en alternativa de militancia para un joven como Matías
Catrileo, quien asumió su participación en la Coordinadora Arauco Malleko en el
mismo año 2007.
Han pasado más de diez años
desde la muerte de Matías y desde el inicio de la reconstrucción del MAPU.
Creemos que el tiempo seguirá corriendo en contra del proyecto de organización
del anticapitalismo en la perspectiva de dejar la defensiva y pasar a la
ofensiva, si no hay una fuerza anticapitalista con voluntad de hacerlo y además
con suficiente arraigo en las clases populares y movimientos sociales
contrarios al modelo capitalista y dependiente, que impera en el país. El MAPU
debe ser parte protagónica de ese proceso, debe considerarse un destacamento
proletario con raíces originarias y multiculturales, integrado al conjunto de
fuerzas que tienen un objetivo común, el mismo por el que cayeron antes de ayer
Lefxaru y Miñchemapulongko, ayer Lincoyan Huenul y en nuestros días Lemun y
Kaxilew.
Las madres de Ariel Antonioletti, de los hermanos Vergara Toledo y de Matías.
Son un ejemplo para much*s compañer*s
que a los 50 se van a sus cuarteles de invierno y "no quieren más guerra".
Fuente de la imagen: www.unidadmpt.wordpress.com
[1]
Pairican, p. 87. Cita a Víctor Muñoz Cortés, Sin Dios ni patrones. Historia,
diversidad y conflictos del anarquismo en la región chilena (1890-1990).
Ediciones Mar y Tierra, pp. 6 y 87.
[2]
Pairican, p. 116.
[3]
Ibíd., 116-117.
[4]
Ibíd., 117. En la cita de Carrillo, transcrita por Pairican, parece haber algún
error de sintaxis, pero se entiende la idea de la inconsecuencia entre los
traidores, agravada por la consecuencia de los que murieron por defender las
mismas ideas.
[5]
Id., ibíd.
sábado, 9 de mayo de 2015
MADRE, EN TU DÍA
Día inventado por el comercio, para mercantilizar el aniversario justo, debido y honesto de l*s hij*s a sus madres.
En décadas anteriores, cuando el neoliberalismo no se experimentaba en Chile, el Día de la Madre era en primavera, como parte de la Semana del Niño.
No avalamos el negocio, pero ya que much*s hij*s están expresando su cariño a las mamás (y a las hijas-mamás, hermanas-mamás, amigas-mamás) nosotros también aquí pensamos en la mamá de Ariel, la mamá de Pancho, de los Carlos (Carrasco, Godoy), de los y las Maureiras, Alcayagas, Recabarren, Vergara Toledo; en las pu ñuke de Lemun, Katrilew, Wentekura, Mendoza Kolliw, por nombrar algunas de tantas compañeras, pu lamgen, pu ñuke, mamakuna, kullakanaka, que fueron madres en la adversidad, en la soledad, en la angustia, pero no en el olvido. Aquí están, aquí estamos, aquí seguiremos en la lucha: por la Mapu, por la Ñuke Mapu, y por todos sus hijos e hijas.
Saludo llegado:
Mañana es el día de la madre y a través tuyo les
hago llegar a las madres de los desaparecidos, presos y ejecutados
mi respeto y gratitud por haber dado a luz a héroes
de nuestra historia de libertad y dignidad.
Un abrazo a esas madres que se angustian al no
poder darle el pan diario a sus hijos;
a esa madre maltratada y que ve a sus peques
sin ayuda sanitaria, sin escolaridad. A esas chilenas que siguen revelándose
ante la injusticia
y que salen a las calles exigiendo derechos
pisoteados y leyes más justas.
Un abrazo grande y solidario,
Victoria
![]() |
| Elena Muñoz de Maureira con algunos de sus hijos |
| Madres que luchan toda una vida |
| Guillermina Zepeda de Alcayaga, hijas y familiares |
![]() |
| Ana González de Recabarren |
![]() |
| Ana María Antonioletti, Luisa Toledo y Mónica Quezada, madres de Marcos Ariel Antonioletti, hermanos Vergara Toledo y Matías Catrileo Quezada (Foto: Unidad MPT) |
![]() |
| Laurisa Rosales, madre de Jenny Barra, y compañeras de la AFDD |
![]() |
| Cecilia Bahamonde, madre de Silvio Francisco Bettancourt |
![]() |
| Norma Matus, madre de Carlos Carrasco Matus |
![]() |
| Elena Muñoz de Maureira (Foto Rodolfo Palominos, flickr.com) |
![]() |
| Paulette, madre de Héctor Alejandro Venegas Gauthier (Jano) |
domingo, 14 de septiembre de 2014
El terrorismo en perspectiva histórica y regional
LUIS THIELEMANN H.
12 de septiembre de 2014
En una columna publicada por El
Mostrador el día 10 de septiembre, Roberto Meza intenta dar con una explicación
del discurso del terror o del terrorista (que para él son lo mismo). Comienza
con un argumento de autoridad (“Se afirma que…”) y a lo largo de todo el
escrito cita a “los estudiosos”, pero sin indicar a ninguno de ellos, sin citar
fuente alguna para construir su argumento sobre el terrorismo. Además de esta
carencia de fuentes teóricas o primarias, a lo largo de todo el texto se habla
del terrorismo como un genérico actor social que viene de ninguna parte, de un
afuera no identificable, y que por su psicología particular, está fuera también
de toda sociedad. Para el señor Meza: “Se trata de un fenómeno epocal, que se
ha instalado en todo el mundo y que Chile había venido experimentando en forma
larvaria, hasta este punto de inflexión del 8 de septiembre, cuando el
monstruo, parido desde las entrañas de la insatisfacción vital, ha dado
infaustamente su primer y espantoso vagido”. Me parece que este escrito, y
similares posicionamientos de actores y políticos locales, además de una
melodramática floristería lírica, presentan varios errores, exageraciones y
desajustes con lo que ha sido el terrorismo en Chile y América Latina. El
objetivo principal de este texto, más allá de discutir algunos puntos menores
con el señor Meza, es situar el terrorismo en el justo lugar y dimensión que
tiene en la historia y sociedad chilena y latinoamericana.
I
Comencemos por la pregunta: ¿qué
ha sido el terrorismo en la historia? Hay dos formas de responder a esa
pregunta. La primera responde a las categorías de distinción en la historia de
la violencia política. La segunda, con el uso político de la categoría
terrorismo. Desde la primera forma, terrorismo es un tipo de violencia
destinada a obtener ganancias de fuerza política mediante la intimidación de la
población civil. Esta definición implica dos elementos que es importante
explicar bien: a) el que la violencia obedece a razones; y b) que
necesariamente los objetivos del acto deben ser civiles.
a) Decimos que en el terrorismo la violencia
es racional pues implica un uso adecuado a fines. Esto puede ser difícil de
tragar, pero con toda la brutalidad y el desquiciamiento que implica, por
ejemplo, volar un auto en plena calle o quemar vivos a dos jóvenes en Estación
Central, eso no es una volición presa de la locura desatada de un demente, sino
un acto que busca fines precisos: intimidar a un colectivo humano, anunciarle
que la muerte, o actos peores, acecha desde cualquier lugar y a toda hora, pero
siempre y cuando no se cumplan los deseos del actor que intimida. En un libro
sobre el nazi Adolf Eichmann y su juicio en Jerusalén en 1960-61, Hannah Arendt
reflexionó sobre el burócrata, el agente, el funcionario de la violencia
terrorista. El Eichmann que describió Hannah Arendt es un tipo “normal”, no un
sanguinario psicópata ni un fanático nazi, sino una pieza, “banal”, de una
maquinaria de exterminio cuyos fines estaban determinados por objetivos, por
intereses directos y generales, de colectivos humanos identificables (los
industriales y la nobleza alemana, en ese caso). En resumen, el terrorista no
es un loco, o bien puede serlo y no ser importante, su acción no es una locura,
sino que un acto racional, que se adecúa a esos fines, y que por muy terrible
que sea, le sirve a un interés determinado. Establecer ello es muy importante a
la hora de analizar la violencia, pues el atribuir un estado especial de maldad
al funcionario de la violencia, termina por perdonar la maquinaria
institucional de la violencia y el sector social que la organiza para sí.
b) Que los objetivos deben ser
civiles es algo fundamental en el uso de la categoría terrorismo, pues si los
objetivos fuesen determinados personajes políticos beligerantes o grupos que
han asumido la categoría de beligerante, estamos ante violencia política en
cualquiera de sus grados. Si la violencia política es entre grupos que se
disputan el control del Estado y los objetivos del acto buscan alcanzar esa
meta, directamente, por la vía de someter al enemigo y sin necesidad de
convencer a mayorías electorales o efectivas en una lucha ciudadana o social,
entonces eso es una guerra civil. El terrorismo, para ser tal, implica que sea
contra objetivos civiles. El terror es precisamente para afectar el estado de
ánimo de la población civil o para usarla como costo para los gobiernos, de
cualquiera de las dos formas su objetivo no es hacer daño, sino que mediante el
daño alcanzar un objetivo (ya dijimos que es racional). Es por ello que
Robespierre, Marat y los Jacobinos entendieron que debía morir Luis XVI, no
para reemplazarlo, sino para mostrarles a los franceses que era posible
cortarle la cabeza al rey, y a muchos otros nobles, y que no iba a venir dios
alguno a la tierra a vengar la revocación de su voluntad. Lo mismo en el acto
de los bolcheviques al cortar toda semilla de los Romanov: no se busca
aterrorizar a los nobles, sino a los rusos, declarando que ya no había vuelta
atrás en la revolución después de matar a la familia designada por dios y la
sangre para gobernarlos. Con el asesinato de las familias reales y de otros
colaboradores de los regímenes depuestos, civiles, el terror revolucionario
dejó en claro que estaba dispuesto a todo.
La segunda forma de definir
terrorismo es como un epíteto. Toda violencia política que nos sensibilice
demasiado es tachada de “terrorismo”: desde una bomba de ruido hecha por
adolescentes hasta una portada de un diario. Es claro que no debemos
profundizar en este uso, salvo para decir que si la categoría no discrimina los
hechos de violencia política, unos de otros, entonces no sirve. A menos que se
use, como ha sido estos días, como arma arrojadiza a cualquier rebeldía o a
cualquier insubordinación.
II.
Pero detengámonos un momento en
lo dicho por el señor Meza, en la construcción misma de su idea de terrorismo,
ya que es importante hacerlo en estos días de una interesada confusión dirigida
por la gran prensa. Dejemos a un lado los rudimentos de sicología que se
ofrecen en el texto y centrémonos en la teoría política. ¿De dónde obtienen
–Meza y los demás– esa definición de lo que es y ha sido el terrorismo? Pues
hay dos formas de definir un fenómeno social: por las generalidades de su
comportamiento pasado (lo que ha sido) y por las formas de su comportamiento
presente (lo que es). Como casi nadie, tampoco el señor Meza, indica de dónde
proviene su teoría y explicación de qué es y qué ha sido el terrorismo en Chile
y el continente, es difícil saber a qué lugar y tiempo se refieren. Entonces, partamos
por una hipótesis al respecto: casi todo lo dicho sobre el terrorismo desde el
8 de septiembre, sobre todo en el texto de Meza, está basado en una definición
genérica de terrorismo, dada por los hechos ocurridos en Europa y Estados
Unidos, a lo más Oriente Medio, pero no calzan en la historia de Latinoamérica,
no en su historia moderna. En los dos siglos de historia republicana del
continente casi no ha habido terrorismo desde los grupos subalternos, no han
existido grupos que hayan tenido “impulsos suicidas” a los que les “place
coquetear con la muerte”, por lo tanto, no sé a qué terrorismo se refiere Meza
cuando habla de él con tanta experticia.
III.
Porque, y entremos a lo
importante, en este continente ha existido mayoritariamente sólo un tipo de
terrorismo (sí, hay más de un tipo, algo más complejo que “el terrorista”, así,
en singular), el Terrorismo de Estado. En Sudamérica los momentos de mayor
violencia tuvieron que ver con el sometimiento de poblaciones indígenas por el
Estado (o sea, las instituciones civiles y armadas del orden social específico,
que en la región ha sido dominantemente oligárquico), las guerras civiles (por
lo tanto, entre fracciones del Estado), y la represión a las organizaciones de
izquierda y sociales populares en los largos años 60 del siglo XX. Casi no se
cuentan en este período ataques a civiles de parte de organizaciones armadas no
estatales, y es claro entre quienes han estudiado ese tema que nunca fue ese su
objetivo. Ni siquiera es un tema claro para la organización típica a la hora de
buscar terrorismo en el continente, a saber, las FARC en Colombia. Sólo los
países de la órbita norteamericana se han allanado, desde 2008, a otorgarle un
estatus político de “terrorista” a dicho grupo, y, con justicia para los hechos,
el gobierno de Chile no se cuenta entre los mismos. Sendero Luminoso, tal vez
el grupo más violento que haya existido entre las organizaciones armadas del
continente, es definido como “terrorista” por el Informe final de la Comisión
de la Verdad y Reconciliación del Perú, aunque haciendo la salvaguarda
importante de que ese terrorismo se escondía en un discurso de violencia
revolucionaria (algo muy distinto a lo mencionado por el señor Meza), y que se
dio en una situación de guerra civil. Allí se destaca que en el enfrentamiento
del Estado a Sendero Luminoso se “produjeron masivas violaciones a los derechos
humanos por parte de agentes del Estado”. Otros grupos políticos armados del
continente, como el ELN en Colombia, los Tupamaros en Uruguay, los Montoneros y
el ERP en Argentina, no han sido considerados terroristas por los politólogos e
historiadores. Más bien son identificados con vanguardias armadas, guerrillas
urbanas o incluso, para el caso de los Tupamaros, un grupo de arte político
como indicó el artista e intelectual Luis Camnitzer.
Así, salvo el caso de Sendero
Luminoso y con las enmiendas mencionadas, el terrorismo en América Latina hay
que buscarlo no entre los grupos de la izquierda armada, no entre ese tipo
ideal que dibuja el señor Meza y tantos otros, llenos de esa necesidad
provinciana de tener una historia parecida a la de los países del norte (o más
bien, a la que cuentan las películas de allí, con terroristas y ‘John McClane’
por doquier). Así, podemos decir algo aceptado entre los cientistas sociales e
historiadores del continente: el terrorismo en América Latina ha sido
mayoritaria y abrumadoramente estatal.
IV
A esta definición del terrorismo
como principalmente estatal en el continente, debemos agregar que no ha sido en
cualquier momento del Estado, sino que en ciertos momentos donde éste reafirma
su carácter de clase, su afinidad y funcionalidad para un grupo social
privilegiado, a la vez que contra otros grupos sociales subalternos. No sólo ha
sido mayoritaria y abrumadoramente estatal, sino que además ha sido propio de
los gobiernos, de hecho o de derecho, apoyados o sostenidos por la oligarquía.
Este carácter social del terrorismo de Estado es sostenible además desde la
constatación de que los objetivos han sido siempre grupos subalternos y que han
cuestionado dicha dominación oligárquica: indígenas, sindicalistas, pobres del
campo y la ciudad, militantes de izquierda, minorías sexuales, sacerdotes
obreristas, etc. Basten algunos ejemplos: en toda su historia el ejército
chileno ha matado más trabajadores chilenos que soldados peruanos, argentinos y
bolivianos juntos. La Fuerza Aérea de Chile sólo ha tenido dos acciones armadas
reales: el ataque a la escuadra sublevada en 1932 y el bombardeo a La Moneda en
1973. Al parecer Gustavo Leigh quiso realizar una tercera: bombardear la
población La Legua, en el sur de Santiago. Afortunadamente no pudo Leigh
agrandar tan lustroso registro. El terror en Chile, el uso de la violencia, no
buscó exterminar a la izquierda, sino mediante el asesinato de casi toda la
primera línea de dirigentes del Movimiento Popular, se buscó amedrentar al
resto del país, a ese millón y seiscientos mil votantes que tuvo la izquierda
en 1973. Lo mismo puede decirse en todo el cono sur: la figura del militante
era atacada como lo peor del país, un cáncer a extirpar con violencia brutal, y
tan víctimas como aquellos que fueron lanzados dentro de barriles con cemento
al Río de La Plata, son sus amigos y familiares que sintieron la desaparición
como un sinfín de posibilidades horrorosas a modo de advertencia sobre lo que
podía ocurrirle a quien intentase luchar. El Estado, mediante el terror, disciplinó
las rebeldías sudamericanas de los 60.
Esta explicación no es un relato
que haga síntesis a posteriori, sino que era una idea consciente antes incluso
que se desataran las dictaduras en el Cono Sur. En la Conferencia de los
Ejércitos Americanos realizada en Buenos Aires, en 1966, el dictador trasandino
Juan Carlos Onganía propuso crear formalmente una fuerza permanente
interamericana de defensa, con capacidad de actuar contra el enemigo
subversivo. Quien impidió esto fue el general René Schneider, que aún no asumía
como jefe del Ejército chileno, y que sería asesinado en 1970 por agentes
ligados a la ultraderecha, a la CIA y al mismo ejército. Esta idea venía dada
por los aprendizajes de la Escuela de las Américas, institución norteamericana
formadora de terroristas de Estado, torturadores y agentes especializados
contra la izquierda radical y los luchadores sociales, donde pasaron muchos
oficiales sudamericanos desde 1946 y especialmente en la década de 1960. El
terrorismo de Estado en Sudamérica fue, además de oligárquico, organizado
conscientemente como tal, y la tortura, desaparición y asesinato como método de
aterrorización de la población civil fueron organizadas con premeditación. No
vale pensar tales acciones como locuras o demencias, tampoco como fanatismos
ideológicos propios de un contexto, sino como crímenes útiles a civiles que los
financiaron y organizaron y que hoy permanecen sin recibir sanción social o
judicial por ello.
Ante ello, el intento de crear
guerrillas urbanas, grupos armados de ataque o de autodefensa, parece como una
leve resistencia. En el enfrentamiento armado a la dictadura, en los Tupamaros
del Uruguay o en el intento de guerra civil emprendido por la izquierda y el
peronismo en la Argentina, no hay un objetivo de intimidar a la población
civil. Lo que hay allí es una violencia política directa, antagonista, que
buscó derrotar militarmente (o político-militarmente) a sus enemigos. Así,
cualquiera que hable de “el terrorista” o de su “discurso” o “psicología”, debe
definir a qué terrorismo se refiere, y en el caso de Sudamérica, asumir bajo el
peso de los hechos reales que el terrorismo ha sido mayormente de este tipo:
oligárquico y estatal.
V
En el específico caso chileno, el
terrorismo se ha generado en el Estado con una exclusividad superior a casi
todos los demás países del continente. De la misma forma, el carácter
oligárquico de ese terrorismo de Estado es el más marcado. La lucha armada
generada por grupos de izquierda radical, como el MIR, o la autodefensa armada
del FPMR no alcanzan para ser catalogadas de terrorismo.
Según Gabriel Salazar,
han habido sólo tres actos dignos de ser catalogados de terroristas y que
vengan desde la sociedad civil en la historia de Chile: el asesinato de Edmundo
Pérez Zujovic, en 1971, el asesinato de Carol Urzúa, en 1983, y el asesinato de
Jaime Guzmán, en 1991.
La bomba del 8 de septiembre de 2014 no puede
considerarse el cuarto, pues no sabemos quién lo hizo ni por qué. En cambio,
por parte del Estado oligárquico, el mismo Salazar parte con un larguísimo
conteo de acciones terroristas: el asesinato de Manuel Rodríguez; los
fusilamientos por parte de Portales a los jóvenes de Curicó; el asesinato a
hachazos a los oficiales prisioneros en la batalla de Lircay, por orden de
Joaquín Prieto; el descuartizamiento de los oficiales demócratas que se
rebelaron en Quillota contra Portales; los fusilamientos a opositores en el
gobierno de Manuel Montt; las ocho masacres de trabajadores de comienzos del
siglo XX, hasta 1930 (especialmente la de Santa María de Iquique, donde el
ejército mató en tres minutos igual cantidad de trabajadores que soldados
chilenos muertos en toda la Guerra del Pacífico); las masacres del siglo XX,
como las de Copiapó, Ranquil, del Seguro Obrero, Plaza Bulnes, Santiago en 1957,
de la Población José María Caro, de los obreros de El Salvador, de Pampa
Irigoin, todas en los 60, y para qué mencionar las decenas de miles de
torturados, los miles de ejecutados y desaparecidos bajo la dictadura de
Pinochet y de la oligarquía. Sumemos a ellos a Daniel Menco, asesinado por la
policía en 1999, a Matías Catrileo, bajo iguales victimarios en 2008, y al
crimen terrorista más horroroso ocurrido en democracia: el asesinato de Manuel
Gutiérrez, un niño de 14 años, víctima de las balas disparadas por carabineros
la noche el 24 de agosto de 2011. ¿Habrá algo más terrorista que asesinar a un
niño con balas disparadas a modo “de advertencia”?
Como dice el mismo Salazar: “En
doscientos años de historia, no han sido las autoridades del Estado (o del
Mercado) las que han sido víctimas notorias de la violación de derechos humanos
por parte de ‘la soberanía’ popular, sino por miles y miles, el mismo
pueblo-ciudadano de Chile a manos de estas autoridades”.
En el uso puntual de bombas
contra blancos civiles, la asimetría entre acciones civiles y acciones del
Estado se vuelve aún más radical. El FPMR, el Lautaro y el MIR llevaron a cabo
este expediente como instrumento de ataque directo a las fuerzas armadas y de
orden, por lo que se asumen como fuerzas beligerantes y no terroristas. Las
bombas reivindicadas por los anarquistas insurreccionalistas han sido siempre
contra blancos deshabitados, y por mucha lírica de la violencia liberadora que
pudiera haber en sus panfletos, están más cerca de constituir una vanguardia
estética que una organización terrorista. Es más, tristemente, sus únicos
blancos han sido ellos mismos, en una ocasión con consecuencias de muerte. Por
el lado del Estado, la dictadura tiene varios ejemplos: los asesinatos de Prats
y de Letelier organizados por la DINA y Manuel Contreras, usando el mismo tipo
de bomba. El intento de asesinato por el aparato internacional de la DINA y con
colaboración de fascistas italianos, de Bernardo Leighton y su esposa.
Probablemente uno de los usos de bomba más macabros por parte de agentes del
Estado ocurrió el 12 de diciembre de 1984, cuando la estudiante de Psicología
de la UC y militante del MIR, Alicia Ríos Crocco, fue asesinada con una bomba
instalada por la CNI en su bicicleta y que estalló mientras ella pedaleaba. Los
días siguientes sus compañeros fueron detenidos, allanados e interrogados,
también por agentes del Estado.
Esta asimetría en el uso del
terrorismo entre el Estado y las organizaciones de la sociedad civil,
específicamente las de la izquierda y el movimiento popular, es expresiva a su
vez de una asimetría mayor, la del uso de la violencia política en Chile. En
otra oportunidad hemos hecho revisión al disciplinamiento histórico de la
violencia desde las clases propietarias, la ausencia de toda tradición de
“pueblo armado” entre los sectores populares en Chile y el terror de la élite
ante fenómenos de soberanía desde los sectores populares, al que históricamente
ha respondido con terrorismo estatal, de su Estado.
VI
De esta forma, creemos que hay
mejores formas de reflexionar sobre la violencia política y el terrorismo en
Chile. No es correcto ni educativo ni comunicador el festín alarmista y
tendencioso que ha realizado la gran prensa a partir del bombazo del 8 de
septiembre en el Metro de Santiago. Tampoco una vinculación rápida de los
hechos con el terrorismo como tipo de violencia política, sin saber aún qué y
quiénes están detrás de la bomba. La historia concreta de la violencia en Chile
está lejos de darles la razón a quienes han achacado burda e interesadamente
toda violencia posible a la izquierda radical o los movimientos sociales en
lucha. Más bien, cabría preguntarse, serenamente, desde qué sectores del Estado
y la sociedad ha venido la peor de las violencias y su uso disciplinador mediante
el terror. También, preguntarnos con sinceridad qué razones ha tenido la
violencia política en nuestra historia, a quién ha beneficiado y, ya que
sabemos mucho de los anarquistas y fantasmas varios, cabe hacerse una última
pregunta que da escalofríos de sólo pensarla: qué han hecho en estos
veinticuatro años de gobiernos civiles los miles y miles de agentes del Estado
especializados en terrorismo y fanatizados de anticomunismo. Sea como sea, el
terrorismo debe ser medido sobre la base de la historia real de la región y de
Chile. Con definiciones en abstracto, sicologizantes, o usando el concepto como
bala de cañón, sólo se confunde en momentos en que se debe ser claros para no
allanar el camino al autoritarismo y la violencia represiva. Así, debemos ser
claros en nuestra historia concreta: el terrorismo en Chile ha sido
principalmente de Estado, y ese Estado no es un significante vacío en la
historia, pues su violencia ha tenido predominantemente una sola dirección, a
saber, sobre la izquierda y las clases populares y sus organizaciones.
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sábado, 4 de enero de 2014
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jueves, 24 de enero de 2013
Velatón por la causa mapuche
Luego de leer la carta suscrita por numerosas organizaciones populares de la Región Metropolitana, y algunas intervenciones de representantes y público presente, se realizó una velatón por las demandas planteadas.
Declaración organizaciones sociales sobre Conflicto en la Araucanía
Las organizaciones abajo firmantes, ante el recrudecimiento de la violencia ejercida por el estado chileno en contra de las comunidades y el territorio Mapuche, declaramos:
1) Históricamente, desde que se constituyó el Estado chileno, el eje vertebral de su política hacia los pueblos originarios ha sido el genocidio, el despojo y la negación.
2) En el caso específico del pueblo Mapuche, la implementación de las políticas neoliberales ha significado la agudización del despojo de este pueblo para instalar proyectos de explotación de los recursos naturales del territorio Mapuche, a través de empresas forestales, energéticas, mineras y pesqueras, entre otras.
3) El modelo neoliberal ha sido sostenido por una institucionalidad elaborada en dictadura y perfeccionada por los gobiernos post dictadura.
4) Frente a esta realidad, la legítima resistencia al modelo y la institucionalidad por parte de las organizaciones Mapuche ha tenido por respuesta por parte del Estado el incremento de la represión, la militarización del territorio, asesinatos, prisión y torturas.
Frente a este escenario, debemos movilizarnos y sensibilizarnos como sociedad, entendiendo que la solución es “política” y no “policial, militar ni jurídica”. Para ello proponemos:
- Dejar sin efecto la aplicación de la Ley Antiterrorista
- Dejar sin efecto los juicios y encarcelamientos de todos los presos políticos
- Frenar la implementación de nuevas políticas represivas como la ley llamada “Hinzpeter” y el retiro inmediato de las fuerzas policiales, militares y de inteligencia del territorio mapuche, terminando con el estado de sitio de facto.
- Aplicación de todos los convenios y tratados internacionales firmados por Chile en materia de derechos humanos, aplicación de la justicia y término de la impunidad
- De manera especial, exigimos la aplicación plena del convenio 169 de la OIT, ratificada por el Estado chileno
- Generar las condiciones para un diálogo permanente con el Pueblo-nación mapuche con la participación de la sociedad civil,historiadores, observadores internacionales, entre otros, que avance hacia el pleno respeto y ejercicio de sus derechos en la perspectiva de un Chile plurinacional
- Hacemos nuestro el llamado humanitario, para contribuir al término de la Huelga de hambre de Héctor Llaitul y Ramón Llanquileo, del grupo de 12 personalidades académicas y sociales de público reconocimiento
- Solicitamos de manera enfática la vista urgente del relator de las Naciones Unidas para los Pueblos originarios James Anaya, así como de organizaciones internacionales de carácter humanitario como la Cruz Roja Internacional, a quien le pedimos instalar un puesto de trabajo en Wallmapu, territorio Mapuche
- Demandamos el término de la intervención política de personeros de gobierno y del parlamento que a través de los medios de comunicación estimulan y promueven la acción armada de grupos paramilitares, la movilización ilegítima de grupos de presión empresariales como la realizada por los camioneros, y el indebido y permanente emplazamiento al poder judicial para que abandone su independencia y rol garante de los derechos humanos
Finalmente, llamamos al pueblo de Chile a solidarizar activamente con el Pueblo Mapuche, rompiendo la insensibilidad y el individualismo en favor de la vida.

FIRMAN:
Federación de Estudiantes Universidad de Chile
Federación de Estudiantes Universidad Católica
Federación de Estudiantes de la Universidad Santa María Campus Santiago
Federación de Estudiantes Universidad del Bío Bío Concepción
Federación de Estudiantes Universidad de Santiago
Federación de Estudiantes Universidad de Concepción
Federación de Estudiantes Universidad de La Serena
Federación de Estudiantes Universidad Alberto Hurtado
Federación de Estudiantes Universidad de Valparaíso
Federación de Estudiantes Universidad Bernardo O’higgins
Federación de Estudiantes Universidad Santo Tomás Viña del Mar
Asamblea Coordinadora de Estudiantes Secundarios
Coordinadora Nacional de Estudiantes Secundarios
Comité Iniciativa 40 años de Resistencia, Lucha y construcción
Comisión Ética contra la Tortura
Colectivo 119, Familiares y compañeros
Corporación 3 y 4 Alamos
Casa Memoria José Domingo Cañas
Memoria Feminista
Memorial Nido 20
Movimiento Contra la Tortura Sebastián Acevedo
Sindicato de la ACHS
Lonko Kilapán
Izquierda Comunista
Brigada Salvador Allende BRISA
Colectivo Teoría y Lucha BRISA
Colectivo EPU BRISA
Colectivo Raco BRISA
Colectivo Plomo BRISA
Colectivo BRISA Talca
G80 / Generación 80
Agrupación Nacional de Ex-Presos Políticos
Comunidad Ecuménica Martin Luther King
Coordinadora Nacional de Ex-Presos Político
domingo, 20 de enero de 2013
CUARTA DECLARACIÓN DE HISTORIADORES RESPECTO DE LA CUESTIÓN NACIONAL MAPUCHE
Al igual que en enero de 2008,
agosto de 2009 y septiembre de 2010, cuando emitimos sendas declaraciones a
propósito de los asesinatos por la espalda de los comuneros mapuches Matías
Catrileo y Jaime Mendoza Collío perpetrados por las fuerzas policiales del
Estado y de la prolongada huelga de hambre realizada por presos políticos
mapuches, respectivamente, los historiadores e historiadoras que suscribimos esta
declaración queremos expresar nuestra preocupación y punto de vista por los últimos
hechos de violencia ocurridos en
1. Los hechos de violencia en
esa región, que corresponde a una parte del Wallmapu, territorio ancestral del
pueblo mapuche, tienen su punto de partida en la mal llamada “pacificación de la Araucanía ” realizada por
el Estado chileno entre las décadas de 1860 y 1880, en violación de los
acuerdos concluidos con los mapuches después de lograda la Independencia
(1825). Mediante una prolongada campaña militar, el Estado de Chile ocupó a
sangre y fuego la Araucanía
y, utilizando los métodos más violentos y crueles, usurpó grandes extensiones
de tierra indígena que subastó a bajo precio o regaló a colonos chilenos y
extranjeros, confinando a los mapuches en pequeñas y míseras reducciones. La
violencia actual, es el fruto de la expropiación e intento de sometimiento de
los mapuches por parte del Estado chileno y de los latifundistas nacionales y
extranjeros que se beneficiaron del despojo de ese pueblo originario. También
es el resultado de la ceguera política de las autoridades del Estado que han
hecho oídos sordos a las reivindicaciones mapuches o han implementado políticas
meramente asistenciales que no apuntan a corregir las injusticias estructurales
de la que son víctimas los mapuches. La violencia actual es el resultado de más
de 130 años de injusticias, despojos y negación de derechos.
2. No obstante esta comprensión
de las causas estructurales de la violencia en la Araucanía , lamentamos la
muerte de esta pareja de empresarios agrícolas, del mismo modo como lamentamos
toda pérdida humana, pero advertimos a la opinión pública que no es justo
criminalizar a todo un pueblo por un hecho cuyos autores aún no se conocen y
que, además ha sido condenado por todas las organizaciones representativas de
dicho pueblo. En este sentido, coincidimos plenamente con una reciente
Declaración emitida por un grupo de destacados investigadores mapuches
especialistas en Ciencias Sociales y Humanidades cuando señalan: “Creemos que
las muertes en un conflicto son siempre lamentables. Refuerzan la intensidad de
la violencia o la naturalizan como medio de abordaje de los problemas,
contribuyen a la radicalización y polarización de las posiciones políticas e
ideológicas o conllevan al desarrollo de actos irracionales. Observamos con
preocupación las señales emitidas por el gobierno, políticos y gremios
empresariales y ciudadanos comunes, en cuyos juicios y opiniones aflora un
racismo desde el cual se justifica la aplicación de legislaciones que vulneran
los derechos humanos y legitiman e incentivan la violencia policial o
paramilitar en contra de los mapuches. La convergencia que manifiestan sectores
empresariales, latifundistas y el gobierno en asumir la represión como vía de
tratamiento del conflicto no es otra cosa que la actualización de la violencia
histórica cuyo origen se encuentra en la imposición del Estado colonial chileno
en nuestro territorio mapuche”.
3. Consideramos que solo un
cambio radical de la posición del Estado y del conjunto de la sociedad chilena
frente a la “cuestión mapuche” podrá dar solución efectiva a este conflicto más
que centenario. Es necesario erradicar de raíz la discriminación y el racismo
del que es víctima este pueblo originario apuntando a las causas de fondo de su
malestar. Es preciso, en primer lugar, avanzar hacia un rápido reconocimiento
constitucional del pueblo mapuche y de todos los pueblos originarios que
pueblan desde hace muchos siglos el territorio de la actual República de Chile.
También es preciso construir junto a esos pueblos una fórmula consensuada con
el pueblo chileno de autonomía política en el marco de un Estado que debe
declararse como plurinacional y pluricultural.
4. Manifestamos, una vez más,
nuestro apoyo a las demandas del pueblo mapuche porque se sostienen en el
legítimo derecho de reclamar del Estado la devolución de las tierras que le
fueron expropiadas, el reconocimiento que merece como un pueblo con sentido de
identidad propia y el derecho a lograr una mayor participación en la gestación
de las políticas que consideren apropiadas para impulsar su desarrollo.
5. Estamos firmemente
convencidos que la instauración de un diálogo democrático e igualitario entre
todas las partes involucradas en el conflicto que opone al Estado de Chile y
los empresarios de la
Araucanía , por un lado, y el pueblo mapuche, por el otro,
solo puede ser abordado desde el reconocimiento de hechos históricos
indesmentibles como son los del violento despojo y violación de derechos del
que ha sido víctima el pueblo mapuche desde hace mucho tiempo. Negar, soslayar
o minimizar estas verdades históricas solo hará más difícil y doloroso el
proceso para la solución de este drama histórico.
Sergio Grez Toso, académico de la Universidad de Chile.
Igor Goicovic Donoso, Director
del Departamento de Historia de la Universidad de Santiago de Chile.
Jorge Pinto Rodríguez, académico
de la Universidad
de La Frontera
(UFRO), Temuco, Premio Nacional de Historia
2012.
Pedro Canales Tapia, académico
de la Universidad
de Santiago de Chile.
Julio Pinto Vallejos, académico
de la Universidad
de Santiago de Chile.
Augusto Samaniego Mesías, Decano
de la Facultad
de Humanidades de la
Universidad de Santiago de Chile.
Luis Galdames Rosas, Director
del Departamento de Ciencias Históricas y Geográficas
de la Universidad de
Tarapacá, Arica.
Fabián Almonacid, Director del
Instituto de Historia y Ciencias Sociales de la Universidad Austral de Chile,
Valdivia.
Alejandra Brito Peña, Directora
del Departamento de Sociología y Antropología de la Universidad de Concepción.
Patrick Puigmal, Director del
Programa de Estudios y Documentación en Ciencias Humanas, Universidad de Los
Lagos, Osorno.
Beatriz Areyuna Ibarra, Jefa de la Carrera de Pedagogía en
Historia de la Universidad Academia de Humanismo Cristiano.
Pedro Rosas Aravena, Director de
la Escuela de
Historia y Ciencias Sociales de la Universidad ARCIS.
Mario Garcés Duran, académico de
la Universidad
de Santiago de Chile, Director de ECO, Educación y Comunicaciones.
Nelson Castro Flores, Jefe Carrera
Pedagogía en Historia y Ciencias Sociales, Escuela de Educación, Universidad Viña
del Mar.
Juan Ñanculef Huaiquinao, Jefe
Unidad de Cultura y Educación CONADI Dirección Nacional –Temuco.
Carlos Gutiérrez P., Director
del Centro de Estudios Estratégicos (CEE-Chile).
Florencia E. Mallon, académica
de University of Wisconsin-Madison, Estados Unidos.
Verónica Valdivia, académica de la Universidad Diego
Portales.
Carlos Contreras Painemal,
académico de la
Freie Universität , Berlin, Alemania.
Fernando Pairicán, Magíster ©
Universidad Santiago de Chile.
José del Pozo, académico de la Université de Québec à
Montréal (UQAM), Montreal, Canadá.
José Alejandro Marimán
Quemenado, historiador y Dr. en Ciencias Políticas.
Marcela Cubillos Poblete,
académica de la Universidad
de La Serena.
Cristina Moyano, académica de la Universidad de
Santiago de Chile.
Rolando Álvarez Vallejo,
académico de la
Universidad de Santiago de Chile.
Sergio Caniuqueo Huircapan,
Magister © Estudios Latinoamericanos, Universidad de Chile, Comunidad de Historia
Mapuche.
Jaime Massardo, académico de la Universidad de
Valparaíso.
Alberto Díaz Araya, académico de
la Universidad
de Tarapacá, Arica.
Margaret Power, académica del Illinois Institute of Technology, Chicago,
Estados Unidos.
Pablo Aravena Núñez, académico
de las universidades de Valparaíso y Viña del Mar.
Ángela Vergara Marshall,
académica California State University. Los Angeles, Estados Unidos.
Consuelo Figueroa Garavagno,
académica de la
Universidad Diego Portales.
Manuel Loyola, Director de
Ariadna Ediciones.
Carlos Molina Bustos, académico
de la Universidad
Viña del Mar.
Rodrigo Ruz Sagal, académico de la Universidad de
Tarapacá, Arica.
Jorge Magasich, académico del
Institut des Hautes Études des Communications Sociales (IHECS) de Bruselas,
Bélgica.
Bernardo Subercaseaux, académico
de la Universidad
de Chile.
Carlos Ruiz Rodríguez, académico
del Instituto Profesional Chile, Carrera de Educación General Básica, Campus San
Joaquín.
Margarita Iglesias Saldaña,
Directora de Relaciones Internacionales de la Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad de Chile.
Milton Godoy Orellana, académico
de la Universidad
Academia de Humanismo Cristiano.
Ivette Lozoya López, académica
de la Universidad
de Santiago de Chile.
Claudia F. Rojas Mira, Dra © en
Estudios Americanos especialidad Historia, IDEA,
Universidad de Santiago de
Chile.
Claudio Pérez, académico de la Universidad Academia
de Humanismo Cristiano.
Juan Rodrigo Ortiz Retamal,
historiador Evangélico.
Francis Goicovich, académico de la Universidad de Chile.
Luis Castro Castro, académico de
la Universidad
de Valparaíso.
Horacio Gutiérrez, académico de la Universidad de Sao
Paulo, Brasil.
María Eugenia Albornoz Vásquez,
Dra. © de la École des Hautes Études en Sciences Sociales de Paris.
Enrique Fernández Darraz,
académico de la
Universidad de Tarapacá, Santiago.
Robinson Silva Paredes,
académico de la
Universidad Austral de Chile.
Fernando Venegas Espinoza,
académico de la
Universidad de Concepción.
Carlos Mondaca Rojas, académico
de la Universidad
de Tarapacá, Arica.
César Cerda Albarracín,
académico de la
Universidad Tecnológica Metropolitana.
Daniel Palma Alvarado, académico
de la Universidad
Alberto Hurtado.
Pedro Bravo Elizondo, académico
de Wichita State University, Wichita, Kansas, Estados Unidos.
Mario Valdés Vera, académico de la Universidad de
Concepción.
Ricardo López, académico de la Universidad Alberto
Hurtado.
Francisca Giner Mellado,
académica de la
Universidad de las Américas.
Jorge Iturriaga, Dr. en Historia
Pontificia Universidad Católica.
Alfredo Lastra Norambuena,
Instituto de Historia de la
Academia de Ciencias de Polonia.
Luis Corvalán Márquez, académico
de la Universidad
de Valparaíso.
Luis Cruz Salas, investigador
independiente.
Viviana Gallardo Porras,
académica de la
Universidad Academia de Humanismo Cristiano.
Mathias Ordenes Delgado,
académico de la
Universidad Católica de Temuco.
Carlos Gabriel Alfaro Hidalgo,
académico de la
Universidad Católica del Norte.
Jorge Rivas Medina, académico de
las Universidades ARCIS y UCINF.
Michael Reynolds, académico de la Universidad de Chile.
María Soledad Jiménez Morales,
académica de la
Universidad Alberto Hurtado.
Ricardo Vargas Morales,
académico de la
Universidad ARCIS Sede Concepción.
Viviana Bravo Vargas, académica
de la Universidad
Autónoma de México, México.
Gina Inostroza Retamal,
académica de la
Universidad ARCIS , Sede Concepción, integrante Corporación
Instituto Mujeres del Sur (ONG).
José Luis Cifuentes Toledo,
Taller de Ciencias Sociales Luis Vitale Cometa, Concepción.
Danny Marcelo Ahumada Vargas,
académico de la
Universidad de Santiago de Chile.
Pablo Artaza, académico de la Universidad de Chile.
Carolina Andaur Marín, académica
de la Universidad
Viña del Mar.
Patricio Herrera González,
Doctorando en Historia de El Colegio de Michoacán, México.
Martín Correa Cabrera,
investigador independiente.
José Luis Tasso Valdés,
académico de la
Universidad UCINF.
Manuel Andrade Valenzuela,
Comisión Ética Contra la
Tortura.
Eduardo Godoy Sepúlveda,
Programa de Magíster en Historia de la Universidad de Santiago de Chile.
Rodrigo Henríquez Vásquez,
académico de la
Pontificia Universidad Católica de Chile.
Paulina Peralta, Editora de
textos escolares de Historia y Ciencias Sociales.
Bárbara Chiu Stange, profesora
de Historia.
Juan Guillermo Muñoz Correa,
académico de la
Universidad de Santiago de Chile.
Víctor Muñoz Cortés, Santiago,
investigador independiente.
Germán Adolfo Morong Reyes,
Doctor © en Estudios Americanos IDEA-Universidad de Santiago de Chile, Becario
CONICYT.
Hernán Delgado, académico de la Universidad de Los
Lagos, Osorno.
Lucía Valencia Castañeda,
académica Universidad de Santiago de Chile.
Isabel Jara, académica de la Universidad de Chile.
Xochitl Inostroza, Dra. © en
Historia, Universidad de Chile.
Alberto Harambour Ross,
académico de la
Universidad Diego Portales.
Isabel Möller, académica de la Universidad de
Santiago de Chile.
Daniel Madariaga Arias, profesor
de Historia.
Gustavo Martin Montenegro, professor del Holy Spirit College de
Wollongong, NSW, Sidney, Australia.
Luis Azúa, Licenciado en
Historia, París, Francia.
Dina V. Picotti, académica de la Universidad Nacional
de General Sarmiento, Argentina.
Mario Matus González, académico
de la Universidad
de Chile.
Armando Chaguaceda, académico de
la Universidad
Veracruzana (México) y Coordinador de Grupo de Trabajo de
CLACSO.
James Cockcroft, académico
jubilado de la State
University of New York, Estados Unidos.
Claudia
Zapata Silva, académica de la
Universidad de Chile.
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